Prosas y cuentos
Prosas de Julie Sopetrán
1
SIN RAZA
A tu pueblo hecho de adobe se le caen los dientes. Cuatro piedras mordisquean el viento que silva sin importarle la despoblación. Germán se fue a la ciudad en busca de pescado. Dejó la bicicleta en el portal de su casa y por las ruedas ya oxidadas, suben las arañas tejiendo luminosidades.Germán vendía sardinas de pueblo en pueblo, las llevaba tapaditas con un paño mugriento y pedaleaba los caminos para ganar una peseta sucia. Se paraba en la esquina de mi casa y me parecían esmeraldas sus ojos. Me decía cuatro cosas bonitas que hacían ola en mi falda y así muchos días esperando olor a puerto. Queda Genaro, el molinero, y sólo por dos meses en el pueblo para irse con su hija la Consu. No aguanta más las soledades ni los silencios de la harina. A tu pueblo, le quedan dos suspiros para morir de sueños que son hambre. Le faltan niños que jueguen verdes. Labradores que traigan cosechas a los graneros desquebrajados. Sacerdotes que mientan mundos mágicos en el pulpito en ruinas. A tu pueblo se le abre la piel a canal y los cuervos destripan costumbres. Hoy me adentré en sus calles y me perdí en el cementerio, mientras Germán se fumaba un puro en su mansión de plata en “Sardina Door” dueño y señor de una cadena pesquera. Entre las ruedas de su bicicleta las arañas tejen mortajas de olvido.
2
MARIPOSAS DE OTOÑO
Estaba viendo el mundo con los ojos cerrados y yo no lo sabía. Les hablaba de un árbol seco que parecía brotar en otoño. Todos sonreían, pero les expliqué que era un árbol diferente. Él seguía con los ojos cerrados, se había guardado los oídos en el bolsillo. Quise despertarlo, y todos se reían. Me asusté ¿se habrían vuelto locas mis manos? dejé de hablar y seguí los movimientos como si de otra lengua se tratara. Todos movieron sus manos sin hablar y vimos muchos dibujos en el aire. El silencio le hizo abrir los ojos y todos aplaudimos. Del árbol salieron mariposas volando hacia el oeste.
Foto: JSopetrán
EL CALOR DE LA SOMBRA
Era él.Se anudó los zapatos con las cintas rosadas del amanecer. Las legañas le hicieron tirabuzones en la mirada y no tuvo más remedio que restregarse la pereza por la cara. Bajó las escaleras descalzo con el pijama al hombro, algunas muchachas miraban por la ventana y la imagen mezclada de una cara y un pene tartamudeaba en el cristal que quería ser espejo. Él sabía que el agua artificial no es la lluvia, pero le gustaba el pequeño masaje que como una mano grande le surcaba la piel de la espalda… dejándole casi dormido en posición vertical. La recordó un instante, quería sentir sus manos, no era el momento de los goces. Cerró el agua. Secó las dudas. Afeitó los besos. Peinó las esperanzas. Tartamudeó las emociones y se abrochó las responsabilidades. Sabía que le sobraba el tiempo para soñar y le faltaba decisión para decir no al trabajo. Antes de salir a la calle volvió a anudarse los zapatos con cintas luz del amanecer. Supo… que hacía calor en la sombra.
4
ESTABAMOS ALLÍ, AMOR
En la oscura taberna, nuestros cuerpos se adentran en el laberinto, somos dibujo en ritmo de pasos cortos, prolongados… Nos paramos para ver en los ojos el mundo que nos rodea, cómo se inmovilizan los indígenas de África para oír el mensaje de los tambores que piden lluvia en su clamor. Escribimos con los pies la tristeza del silencio, un trazo que se pierde en el aire de la noche rítmica. Somos la luz que nos envuelve. Sentimos cómo fluye la belleza en la calidez de las manos, es como una fuente que no cesa de hablar, que se derrama sobre la tierra de los sueños. Seguimos el ritmo, enrojecemos, volvemos a la infancia, nos dejamos crecer entre las mariposas que revuelan alrededor del pequeño reflejo. Nuestras sombras se enredan entre los perfiles de las cajas de los altavoces. Nuestras figuras se rompen, se alargan, se contraen, danzan risas calladas, mueven el mundo, crean. El tiempo guarda nuestras horas mágicas, la luna nos desviste, la música nos arropa, la luz recrea alma.

Iglesia de San Pedro - Hita (Guadalajara) España
5
¿ES USTED SAN PEDRO?
Me duele el viento que se lleva mi mente al otro lado de la Bahía no me hace daño, cruzo andando entre las tripas anaranjadas, ventosean los hierros el oro, bajo mis pies de goma roja. La niebla cruza el puente por los ojos, las estrellas se van metiendo en mi cuerpo, me llaman, volaré hacia el fondo.Mis amigos se han quedado durmiendo junto a las puertas del bell canto, rapeo músicas, las voces son una casa para ellos.¿Para qué quieren techo, si la música es el soporte de su evolución?No les destruye el crimen, ni la inclemencia de los hombres, son tan felices como yo, apoyamos lo inútil, somos el rito supremo, destruimos el mundo antes que Dios, me siento feliz en la totalidad de la consecuencia que nos obliga a vivir… Necesito suprimir lo que fui, sueño, divago, me columpio en los brazos del puente.Van a dar las doce, parece que no hay guardias, el agua está muy fría no me importa, voy a morder las fallas andresinas, les quitaré la costra del miedo con mis dientes para que tiemblen los acomodados, me quemaré en la llama del movimiento, todo me produce un placer extraño, que bebo a sorbos, me seduce el destino…Los guardias vigilan, como cada noche, los pintores dan otra mano al hierro del puente para que no se oxide. Ven caer un cuerpo. Se oye una sirena. No sé más… Me despierto.Un guardia abre mis ojos. Lleva en sus manos una linterna. Lo miro. He traspasado el mundo. Le pregunto:¿Es usted San Pedro?
El viento sigue doliendo asombros que no hacen daño…
6
RITO DEL MOVIMIENTO
Hay moscas que no saben volar de frente. Vuelan de lado y cuando caen al suelo, se pegan a la suela del zapato, están cansadas, deambulan, es como una protesta de las horas que pasan buscando carne dulce. Suben al tren de vapor y, viajan en segunda o tercera. Se dejan mecer, miran por la ventana los paisajes y se quedan dormidas sobre las rodillas de Cipriano que, viajero de tercera, masturba posibilidades. Los pensamientos de Cipriano se alejan, se sacian, se realizan en el aire veloz que desdibuja el humo de la locomotora mientras pasa el puente. Él es un campesino fuerte y en los pliegues de su piel es donde más azúcar encuentra la intrusa mosca. Cipriano se sorprende y le da un manotazo con fuerza, con tanta fuerza que casi se rompe el dedo gordo. La mosca burladora hace eses frente a sus ojos y Cipriano se inquieta, se remueve en el asiento, busca su pañuelo del moco para sacudirlo al aire y ver si puede acabar con la sobornadora masoquista. Pero he aquí que el revisor venía justo cuando el pañuelo de Cipriano se quedó en las narices del revisor. Cipriano no sabía qué hacer, cómo disculparse y el revisor sin más respuesta que la de pasarse la mano por la cara con asco, miró de mala gana al viajero.
-Por favor el billete.
Cipriano gastó tiempo buscándolo sin encontrarlo. Mientras la mosca bailaba muerta de risa sobre su cabeza.
-Pues mire usté que lo llevaba aquí…
-Tiene que pagar el billete y la multa por no llevarlo.
Cipriano avergonzado, le pagó el billete y la multa y lo que hubiera hecho falta y se guardó el pañuelo del moco en el bolsillo, todo avergonzado.
Le salieron colores a su piel de labriego. Posó su mano sobre su rodilla y la mosca encontró nuevamente su jardín de azúcar-piel. Cipriano sintió un cosquilleo y alborotó de nuevo a la mosca que, en su pueblo la llaman cojonera. Así llego dos paradas más a su lugar de destino que, le había costado más del doble aquel día. Al levantarse vio en el suelo del asiento de enfrente el billete tirado. Sin duda al sacar el pañuelo del moco se le había caído sin verlo.
Sintió rabia, sabía que lo negativo era siempre movimiento. La mosca lo siguió no se sabe donde, seguramente se cansó de seguirlo por el camino de la estación hasta su huerta. Pero como era una mosca que no sabía volar de frente, en uno de esos vuelos de sobresalto, cayó de lado al río. Cipriano no pudo oír cómo pedía auxilio mientras ella se ahogaba.
7
LAURO
Aquella mañana le picaba demasiado la cabeza. No. No tenía caspa, una ligera escamilla, casi polvo, quedaba entre sus uñas rapadas a tijera. No dejaba de rascarse una y otra vez buscando en la raíz de los cabellos algún tropezón de costra seca. Le producía sueño. Era como un placer extraño, cómodo, tocarse los cabellos sin ser observado por los compañeros. No había dormido lo suficiente. La niña había llorado casi toda la noche. Había llegado tarde a la oficina. La ducha había sido demasiado corta y su mesa-escritorio, estaba llena de papeles. No. No sabía por dónde comenzar su trabajo.
Marcó un número de teléfono:
- Espere un momento por favor. Si desea hablar con… marque uno. Si desea… marque dos… si… marque tres. Si no desea, espere.
Lauro esperaba paciente la respuesta mientras una voz melodiosa cantaba en inglés: “I will always love you, I will always love you” …
- Espere un momento por favor. Si desea… espere. Espere… espere por favor… “I will always love you, I will always love you…”
Su mano izquierda había recorrido cada palmo de cabello mientras la derecha mantenía el auricular en el oído, por el receptor Lauro escuchaba la canción de nuevo: “I will always love you…” Entre la música y el placer de rascarse, parecía que entraba en uno de los más dulces trances de su vida o mejor dicho, de la primera hora laboral de aquel día, uno más, en lo que debería ser una jornada productiva, eficaz y de un desarrollo profesional adecuado, en el entorno de sus grandes posibilidades o en el proceso de tomar decisiones de alto mando. Y aquel tenía que ser indudablemente, un día de expectativa de trabajo, de rendimiento personal, de productividad y reflejos de marketing.
La verdad es que a Lauro le había seducido la canción, pero siempre la cortaban y era repetitiva. Se sentía orgulloso de su inglés interrumpido y roto en el desván de sus recuerdos. Experimentaba un gran placer porque entendía lo que cantaba Whitney Houston, “I will always love you, I will always love you”. Qué pena que siempre lo cortaban, sentía deseos de seguir practicando las amorosas frases de la canción. Y en esa postura cómica, diferente, rara, con una mano en la cabeza y otra en el oído, terminó tarareando el mismo estribillo aunque con acento latino “I will always love you…”.
- Si desea hablar con… Espere por favor “I will always…”
- ¡No! No y no! Ya está bien de tomadura de pelo.
Lauro colgó el teléfono indignado y de malas maneras, miró el reloj y ya habían pasado cuarenta y cinco minutos queriendo hablar con aquella oficina central de eme…
No le había dado tiempo a nada, ni siquiera a tomar un café en aquella mañana negra. Y menos mal que su exesposa se había llevado a la niña a la guardería. Lauro sacó su peine secreto, volvió a cerrar el cajón, y muy suavemente se dejó el cabello tal como debía estar. Se sacudió la caspa de la solapa y se fue a la cafetería más cercana. Encendió un cigarrillo y tomó un café negro, bien cargado, sentía un sabor amargo en la boca, pero quería despejarse un poco. Los acordes de la Banda Sonora Original de “El Guardaespaldas” seguía vibrando en su cabeza.
“I will always love you… I will always love you” Era lo único que había hecho durante esa hora de llegada a la oficina, sólo la música había transformado el trasfondo de su ocupada vida laboral. Sólo esa frase había sido agradable, le rozaba la piel muy suavemente y trastocaba su condición física e intelectual. Mientras perdía su mirada a través de los cristales de la cafetería, se preguntaba pensativo si él amaba realmente a alguien o si alguien le había amado alguna vez. No. No era el momento de planteárselo ahora. El camarero lo sacó de la reflexión.
- ¿Qué te pasa Lauro? Estás hoy jodido.
- No. No. He pasado mala noche con la niña.
Lauro miró el reloj y habían pasado otros cuarenta y cinco minutos. Tenía que terminar la contabilidad, debía hacer más llamadas y hasta organizar su mesa. El trabajo estaba muy, muy atrasado. El café no había sido suficiente,
Lauro se veía a sí mismo casi con lástima, como si de repente hubiera descubierto que él era su propio espía observándose, informando a su esencia existencial de la propia locura que lo envolvía, locura no; apatía, caos, estupidez, soledad, añoranza. Nada lo dejaba llegar a la meta deseada, su estado vital era desechable y aquello lo sumía en la más absoluta inactividad.
Regresó a su silla cómoda, flexible, volvió a marcar, esta vez apoyando los codos sobre su escritorio, dispuesto a preguntarle al Director General por el proceso a seguir con los números que había que cambiar para ajustar las cuentas del departamento financiero.
Y se encontró con la misma respuesta: “Espere un momento por favor. Espere… Espere… Si desea… Marque dos. Hablar… con… espere. Y Lauro esperaba paciente la respuesta, y la sensual voz de Whitney Houston repetía lo mismo, “I will always love you”
Con gesto de fastidio Lauro colgó de nuevo. Si al menos tuviera quien le amara, pensó. Su oficina se asemejaba a un laberinto y él se había quedado como en espera de algo, de alguien que nunca llegaba. Lauro suspiró hondamente y pensó que sería bueno abrir los ventanales que daban a la gran ciudad, que entrara un poco de aire fresco, estiró sus brazos y miró sin mirar y voló sin volar, y suspiró sin saber por qué o por quién. Su exmujer estaría perdida en una de esas calles después de haber dejado a Carla en la guardería.
De repente… Lauro se sintió invadido por los ruidos de los automóviles, las sirenas, los repentinos frenazos, las voces de la gente, el ir y venir de los murmullos y la condensación de un aire pesado en el ambiente. Ni siquiera se distinguían las torres de la Iglesia de Los Jerónimos por la densa contaminación. Y así en un estado místico-burocrático, pasaron otros cuarenta y cinco minutos. Cerró las ventanas y encendió el ordenador, había decidido enviar un correo electrónico al Director General ya que era imposible hablar con él. Lo encendió, pero ¡Oh desdicha! No había línea.
Mientras buscaba los balances entre su desordenado escritorio pasaron otros cuarenta y cinco minutos. Y otros cuarenta y cinco en ponerlos en orden. Afortunadamente los compañeros se encontraban haciendo inventarios y aquella mañana estaba solo.
¿Solo? No. El electricista estaba en el despacho vecino instalando unos cables. La taladradora agudizaba sus gritos y en la pequeña distancia que los separaba, Lauro, sentía que unas veces el martilleo era como un llanto de velatorio, otras, parecían los gritos de una mala soprano con la garganta irritada. Por momentos, Lauro quiso ponerse tapones en los oídos y hasta sintió que alguien le estaba gritando. Habían pasado una, dos tres horas, cuarenta y cinco minutos de ruidos. No podía concentrarse. Encendió un cigarrillo, hincó los codos sobre el escritorio y volvió a marcar el número que le llevaba en directo a Whitney Houston, quería volver a escucharla. Aunque fuera una frase, el tono de su voz era lo único que inquietaba su afán, su personalidad cambiaba de semblante escuchándola a ella, era la definición de sí mismo, porque él había sido un hombre abierto, agradable, amable, detallista y todo eso estaba impreso en la voz de Whitney Houston. Sí. Él sabía amar y podía amar siempre, el “will…” es lo que se le atragantaba. El always le parecía una fantasía. Y el you no sabía todavía quién era. Lauro, en uno de esos lapsus, se sintió como Robinson Crusoe, en su isla desierta, en su océano Pacífico. Lauro, perdido en su día laboral, tenía que ingeniárselas para sobrellevar su apatía y ni siquiera sus necesidades que eran muchas, podía calmarlas. Pero no, no hay abismo entre el siglo XVII y el XXI, ningún abismo para Daniel Defoe si tuviera que volver a escribir la odisea de un solitario en medio del desierto de cosas que envuelve a la sociedad moderna, la isla es la metáfora del cazador y del pescador, sin agua, sin aire, sin bosque, sin aves.
Un desierto de números, donde la economía es la reina, la clave para resolver las tensiones de esas necesidades. Pero a Lauro se le iba el alma por otros bienes casi olvidados. La organización, la distribución del trabajo, el consumo de energía vital era de un tiempo inútil. Pasaron una, tres horas más. Estaba a punto de finalizar sus ocho horas, pero no podría salir de la oficina sin conectar con aquel maldito despacho, se quedó inevitablemente dormido. Cuando despertó habían pasado dos horas extras que ya serían extraordinarias en su nómina. Sin esperanza, volvió a marcar el mismo número. Los dedos le temblaban, ni siquiera se había comido un bocadillo. Al abrir los ojos sintió el vacío de aquellas palabras increíblemente seductoras… “I will always love you”. Nadie podría amarle nunca…
Se decía a sí mismo mientras metía su dedo corazón en el orificio del disco selector de llamadas; cuando la corona llegaba al tope, Lauro se paraba absorto en alguna otra galaxia, así marcó dos, tres, cinco veces sin escuchar señal alguna. Por fin una voz disonante y distante anuló toda canción romántica.
- Secretaría General. ¿En qué puedo servirle?
- Soy Lauro Amorós. Quería hablar con el Director General.
- ¡Lauro! El Director se fue hace una hora. Estaba muy irritado porque Vd. no se dignó llamar en todo el día.
©Julie Sopetrán
8
DESDE EL SILENCIO
Estoy oyendo el paso de la luna por tus ojos negros y las hojas de mis geranios me regalan el verdor ácido de la noche.
Huele a cantueso, el olor me viene de los montes, me lo trae la brisa calladamente hasta mi ventana. Las estrellas entran a mi regazo alborotando luces en mis ojos. Afuera, los gatos tienen frío, pero no protestan, se acurrucan en círculo junto a su propio rabo inamovible, sueñan como yo, las bienaventuranzas. Ni siquiera los búhos hablan. Dejo pasar mi estima por las cosas, apreciar lo que tengo, acariciar un libro de la infancia, buscar una palabra, cuidar el pensamiento, estallar un suspiro, soñar, hacer un hueco a lo posible… leer, soñar, sentir, estar… Y me quedo pensando en todo aquello que no le dije a nadie y tú sabes un poco a medias. De repente se alborota la llama en el pabilo de la vela, como si quisiera gritar su enfado, le gusta que la mire sin pensar en nada, fijamente, me sonrío, hoy me recuerda aquel otro momento, aquella cena, aquel detalle, aquel gesto que no necesita palabras. Tantas cosas bonitas que tal vez nunca pasaron pero que se crearon al azar, sin tiempo, y son vestigios de otras vidas, o tal vez no, es tan sólo la coincidencia que se manifiesta en el misterio, o el misterio que nos elige para hacernos únicos.
Escribo, apenas se oye el lápiz a pesar del movimiento de mi mano, y los contactos con el papel se aguantan las voces de la página en blanco. Me voy metiendo al fondo de mis sueños, se han dormido las quejas, disimulo las ganas de hablarte en voz alta, no quiero que se enteren las sierpes que puedo amar tan hondo.
Y el corazón no deja de latirme, de conectarse con el cosmos. Cómo disfruto los sosiegos, las pausas, el entramado del ritmo en la garganta, la soledad de mi silencio, el mío… en el espacio de mi esencia o en la esencia de un espacio tan próspero y placentero.
Me gustan estos ruidos tranquilos de la noche que van tan a la par con mi vivencia. Apago mi vela, veo cómo allá al fondo, las tinieblas se estremecen. Cierro los ojos, los abro entremezclo mi día con mi sombra, el placer de verte me arrulla la conciencia como si fuera nana, tus brazos me recogen en el aire de un beso, todo me habla en colores, me voy, me voy, te espero, volveré en la mañana para decirte, que si, claro que si, gracias a este silencio, todos estamos vivos.
©Julie
Esta historia me la contaron un día. Es posible que sea cierta. He cambiado los nombres, los lugares… me impresionó. Es posible que esta persona exista y que su historia sea un ejemplo de vida. Lo he convertido en cuento. Pero toda coincidencia es ajena a mi voluntad.
js
SOR LEANDRO
7
LAURO
Aquella mañana le picaba demasiado la cabeza. No. No tenía caspa, una ligera escamilla, casi polvo, quedaba entre sus uñas rapadas a tijera. No dejaba de rascarse una y otra vez buscando en la raíz de los cabellos algún tropezón de costra seca. Le producía sueño. Era como un placer extraño, cómodo, tocarse los cabellos sin ser observado por los compañeros. No había dormido lo suficiente. La niña había llorado casi toda la noche. Había llegado tarde a la oficina. La ducha había sido demasiado corta y su mesa-escritorio, estaba llena de papeles. No. No sabía por dónde comenzar su trabajo.
Marcó un número de teléfono:
- Espere un momento por favor. Si desea hablar con… marque uno. Si desea… marque dos… si… marque tres. Si no desea, espere.
Lauro esperaba paciente la respuesta mientras una voz melodiosa cantaba en inglés: “I will always love you, I will always love you” …
- Espere un momento por favor. Si desea… espere. Espere… espere por favor… “I will always love you, I will always love you…”
Su mano izquierda había recorrido cada palmo de cabello mientras la derecha mantenía el auricular en el oído, por el receptor Lauro escuchaba la canción de nuevo: “I will always love you…” Entre la música y el placer de rascarse, parecía que entraba en uno de los más dulces trances de su vida o mejor dicho, de la primera hora laboral de aquel día, uno más, en lo que debería ser una jornada productiva, eficaz y de un desarrollo profesional adecuado, en el entorno de sus grandes posibilidades o en el proceso de tomar decisiones de alto mando. Y aquel tenía que ser indudablemente, un día de expectativa de trabajo, de rendimiento personal, de productividad y reflejos de marketing.
La verdad es que a Lauro le había seducido la canción, pero siempre la cortaban y era repetitiva. Se sentía orgulloso de su inglés interrumpido y roto en el desván de sus recuerdos. Experimentaba un gran placer porque entendía lo que cantaba Whitney Houston, “I will always love you, I will always love you”. Qué pena que siempre lo cortaban, sentía deseos de seguir practicando las amorosas frases de la canción. Y en esa postura cómica, diferente, rara, con una mano en la cabeza y otra en el oído, terminó tarareando el mismo estribillo aunque con acento latino “I will always love you…”.
- Si desea hablar con… Espere por favor “I will always…”
- ¡No! No y no! Ya está bien de tomadura de pelo.
Lauro colgó el teléfono indignado y de malas maneras, miró el reloj y ya habían pasado cuarenta y cinco minutos queriendo hablar con aquella oficina central de eme…
No le había dado tiempo a nada, ni siquiera a tomar un café en aquella mañana negra. Y menos mal que su exesposa se había llevado a la niña a la guardería. Lauro sacó su peine secreto, volvió a cerrar el cajón, y muy suavemente se dejó el cabello tal como debía estar. Se sacudió la caspa de la solapa y se fue a la cafetería más cercana. Encendió un cigarrillo y tomó un café negro, bien cargado, sentía un sabor amargo en la boca, pero quería despejarse un poco. Los acordes de la Banda Sonora Original de “El Guardaespaldas” seguía vibrando en su cabeza.
“I will always love you… I will always love you” Era lo único que había hecho durante esa hora de llegada a la oficina, sólo la música había transformado el trasfondo de su ocupada vida laboral. Sólo esa frase había sido agradable, le rozaba la piel muy suavemente y trastocaba su condición física e intelectual. Mientras perdía su mirada a través de los cristales de la cafetería, se preguntaba pensativo si él amaba realmente a alguien o si alguien le había amado alguna vez. No. No era el momento de planteárselo ahora. El camarero lo sacó de la reflexión.
- ¿Qué te pasa Lauro? Estás hoy jodido.
- No. No. He pasado mala noche con la niña.
Lauro miró el reloj y habían pasado otros cuarenta y cinco minutos. Tenía que terminar la contabilidad, debía hacer más llamadas y hasta organizar su mesa. El trabajo estaba muy, muy atrasado. El café no había sido suficiente,
Lauro se veía a sí mismo casi con lástima, como si de repente hubiera descubierto que él era su propio espía observándose, informando a su esencia existencial de la propia locura que lo envolvía, locura no; apatía, caos, estupidez, soledad, añoranza. Nada lo dejaba llegar a la meta deseada, su estado vital era desechable y aquello lo sumía en la más absoluta inactividad.
Regresó a su silla cómoda, flexible, volvió a marcar, esta vez apoyando los codos sobre su escritorio, dispuesto a preguntarle al Director General por el proceso a seguir con los números que había que cambiar para ajustar las cuentas del departamento financiero.
Y se encontró con la misma respuesta: “Espere un momento por favor. Espere… Espere… Si desea… Marque dos. Hablar… con… espere. Y Lauro esperaba paciente la respuesta, y la sensual voz de Whitney Houston repetía lo mismo, “I will always love you”
Con gesto de fastidio Lauro colgó de nuevo. Si al menos tuviera quien le amara, pensó. Su oficina se asemejaba a un laberinto y él se había quedado como en espera de algo, de alguien que nunca llegaba. Lauro suspiró hondamente y pensó que sería bueno abrir los ventanales que daban a la gran ciudad, que entrara un poco de aire fresco, estiró sus brazos y miró sin mirar y voló sin volar, y suspiró sin saber por qué o por quién. Su exmujer estaría perdida en una de esas calles después de haber dejado a Carla en la guardería.
De repente… Lauro se sintió invadido por los ruidos de los automóviles, las sirenas, los repentinos frenazos, las voces de la gente, el ir y venir de los murmullos y la condensación de un aire pesado en el ambiente. Ni siquiera se distinguían las torres de la Iglesia de Los Jerónimos por la densa contaminación. Y así en un estado místico-burocrático, pasaron otros cuarenta y cinco minutos. Cerró las ventanas y encendió el ordenador, había decidido enviar un correo electrónico al Director General ya que era imposible hablar con él. Lo encendió, pero ¡Oh desdicha! No había línea.
Mientras buscaba los balances entre su desordenado escritorio pasaron otros cuarenta y cinco minutos. Y otros cuarenta y cinco en ponerlos en orden. Afortunadamente los compañeros se encontraban haciendo inventarios y aquella mañana estaba solo.
¿Solo? No. El electricista estaba en el despacho vecino instalando unos cables. La taladradora agudizaba sus gritos y en la pequeña distancia que los separaba, Lauro, sentía que unas veces el martilleo era como un llanto de velatorio, otras, parecían los gritos de una mala soprano con la garganta irritada. Por momentos, Lauro quiso ponerse tapones en los oídos y hasta sintió que alguien le estaba gritando. Habían pasado una, dos tres horas, cuarenta y cinco minutos de ruidos. No podía concentrarse. Encendió un cigarrillo, hincó los codos sobre el escritorio y volvió a marcar el número que le llevaba en directo a Whitney Houston, quería volver a escucharla. Aunque fuera una frase, el tono de su voz era lo único que inquietaba su afán, su personalidad cambiaba de semblante escuchándola a ella, era la definición de sí mismo, porque él había sido un hombre abierto, agradable, amable, detallista y todo eso estaba impreso en la voz de Whitney Houston. Sí. Él sabía amar y podía amar siempre, el “will…” es lo que se le atragantaba. El always le parecía una fantasía. Y el you no sabía todavía quién era. Lauro, en uno de esos lapsus, se sintió como Robinson Crusoe, en su isla desierta, en su océano Pacífico. Lauro, perdido en su día laboral, tenía que ingeniárselas para sobrellevar su apatía y ni siquiera sus necesidades que eran muchas, podía calmarlas. Pero no, no hay abismo entre el siglo XVII y el XXI, ningún abismo para Daniel Defoe si tuviera que volver a escribir la odisea de un solitario en medio del desierto de cosas que envuelve a la sociedad moderna, la isla es la metáfora del cazador y del pescador, sin agua, sin aire, sin bosque, sin aves.
Un desierto de números, donde la economía es la reina, la clave para resolver las tensiones de esas necesidades. Pero a Lauro se le iba el alma por otros bienes casi olvidados. La organización, la distribución del trabajo, el consumo de energía vital era de un tiempo inútil. Pasaron una, tres horas más. Estaba a punto de finalizar sus ocho horas, pero no podría salir de la oficina sin conectar con aquel maldito despacho, se quedó inevitablemente dormido. Cuando despertó habían pasado dos horas extras que ya serían extraordinarias en su nómina. Sin esperanza, volvió a marcar el mismo número. Los dedos le temblaban, ni siquiera se había comido un bocadillo. Al abrir los ojos sintió el vacío de aquellas palabras increíblemente seductoras… “I will always love you”. Nadie podría amarle nunca…
Se decía a sí mismo mientras metía su dedo corazón en el orificio del disco selector de llamadas; cuando la corona llegaba al tope, Lauro se paraba absorto en alguna otra galaxia, así marcó dos, tres, cinco veces sin escuchar señal alguna. Por fin una voz disonante y distante anuló toda canción romántica.
- Secretaría General. ¿En qué puedo servirle?
- Soy Lauro Amorós. Quería hablar con el Director General.
- ¡Lauro! El Director se fue hace una hora. Estaba muy irritado porque Vd. no se dignó llamar en todo el día.
©Julie Sopetrán
Huele a cantueso, el olor me viene de los montes, me lo trae la brisa calladamente hasta mi ventana. Las estrellas entran a mi regazo alborotando luces en mis ojos. Afuera, los gatos tienen frío, pero no protestan, se acurrucan en círculo junto a su propio rabo inamovible, sueñan como yo, las bienaventuranzas. Ni siquiera los búhos hablan. Dejo pasar mi estima por las cosas, apreciar lo que tengo, acariciar un libro de la infancia, buscar una palabra, cuidar el pensamiento, estallar un suspiro, soñar, hacer un hueco a lo posible… leer, soñar, sentir, estar… Y me quedo pensando en todo aquello que no le dije a nadie y tú sabes un poco a medias. De repente se alborota la llama en el pabilo de la vela, como si quisiera gritar su enfado, le gusta que la mire sin pensar en nada, fijamente, me sonrío, hoy me recuerda aquel otro momento, aquella cena, aquel detalle, aquel gesto que no necesita palabras. Tantas cosas bonitas que tal vez nunca pasaron pero que se crearon al azar, sin tiempo, y son vestigios de otras vidas, o tal vez no, es tan sólo la coincidencia que se manifiesta en el misterio, o el misterio que nos elige para hacernos únicos.
Escribo, apenas se oye el lápiz a pesar del movimiento de mi mano, y los contactos con el papel se aguantan las voces de la página en blanco. Me voy metiendo al fondo de mis sueños, se han dormido las quejas, disimulo las ganas de hablarte en voz alta, no quiero que se enteren las sierpes que puedo amar tan hondo.
Y el corazón no deja de latirme, de conectarse con el cosmos. Cómo disfruto los sosiegos, las pausas, el entramado del ritmo en la garganta, la soledad de mi silencio, el mío… en el espacio de mi esencia o en la esencia de un espacio tan próspero y placentero.
Me gustan estos ruidos tranquilos de la noche que van tan a la par con mi vivencia. Apago mi vela, veo cómo allá al fondo, las tinieblas se estremecen. Cierro los ojos, los abro entremezclo mi día con mi sombra, el placer de verte me arrulla la conciencia como si fuera nana, tus brazos me recogen en el aire de un beso, todo me habla en colores, me voy, me voy, te espero, volveré en la mañana para decirte, que si, claro que si, gracias a este silencio, todos estamos vivos.
Esta historia me la contaron un día. Es posible que sea cierta. He cambiado los nombres, los lugares… me impresionó. Es posible que esta persona exista y que su historia sea un ejemplo de vida. Lo he convertido en cuento. Pero toda coincidencia es ajena a mi voluntad.
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jsSOR LEANDRO
Por Julie Sopetrán
Pensaba mucho en él. En Leandro. Todo había sido tan rápido. Tan horrible y a la vez tan claro que no pudo hacer nada. Sólo recuperarse. Vivir y revivir momentos tan hermosos como trágicos. Sor Leandro, que así se llamaba la Hermana, se metía en el dolor y en la felicidad intermitentemente sabiendo que tenía que afrontar su destino con una gran decisión. Pero nada era fácil aunque el psicólogo decía que lo iba superando y notaba cómo las fuerzas se iban incorporando a sus manos, en esa voluntad debilitada que no la dejaba dar un paso hacia adelante. Llevaba días sin poder rezar. Ella no era una monja de rezos sino de acción. Se acusaba de ello ante la Madre Superiora una y otra vez. Aunque aquello era normal después del accidente, rezar o no rezar no tenía importancia en ese momento.
- Es normal hija mía, después de lo sucedido, su vida es ya una oración.
- Sí. Han sido demasiadas cosas en dos años, Madre.
- Ahora sólo debo pensar en ponerme bien y en salir adelante.
- Estoy mucho mejor.
Muchas tardes, se iban en la furgoneta hasta el Cerro del Fortín. Desde allí, Sor Leandro, podía contemplar la belleza de los valles centrales de Oaxaca. La Congregación tenía instalada en la ciudad una Casa de Reposo para las monjas más ancianas y para las más enfermas, algunas venían de África con graves enfermedades obtenidas en las misiones. Todos le habían ordenado reposo a Sor Leandro, descanso absoluto, lectura, distracción. Y era así como el Gran Hacedor quería que Sor Leandro afianzase más su vocación religiosa y la voluntad de Dios se hacía patente en su vida. Pero era difícil afrontar la situación. Sor Leandro daba repaso a su vida y extrañaba el pasado…
Muchas veces extraño mi casa, mi abuela, mis sobrinos, todos. Todo queda lejos allá muy cerca de Higueruelas, de La Olmeda y Las Rinconadas, nací, crecí en Santa Cruz de Moya, un pueblo de la provincia de Cuenca., mi pueblo divide lo que fue el reino de Valencia con el de Castilla y Aragón. Aquellas llanuras de Landete y Manzaneruela, aquel horizonte tan profundo, y el río Turia, mi río, provocando armoniosamente la estrecha y fértil vega donde se cosechaban la gran variedad de frutas, gracias al micro-clima de la hondonada. Aquellas retorcidas carreteras vienen a mi mente con las copas de los pinos y las sabinas bordeando los ricos bancales de trigo y de viñas. Y los almendros en flor y los espliegos y los tomillos y el romero… Todo aún impregna mi alma del místico escenario de mi infancia y de mi pueblo. ¿Cómo estará mi casa? Y La Manuela, que es mi madre y Alberto y Manuel y yo… Que nací con la ayuda de Ramón “El Practicante”, mi madre dice que pesé cuatro kilos. Fui la única chica de la familia. Y mi padre, Andrés, tan dedicado al campo. Las piñas, los polvorones, las fiestas de San Blas, las ruinas romanas de Ercávica y el embalse de Buendía que ofrece un paisaje espectacular en la Alcarria Amiga, donde el color dorado de los mimbres y las mieles se mezcla con el sabor dulce de la familia. Llevo tantos años deambulando fuera, que ya apenas recuerdo y, tanto ellos, como yo, estamos habituados a la mutua ausencia… Viene a mi mente aquel cerrito del Monte Calvario y la llamada Peña del Castillo, un risco elevado de millones de toneladas de piedra viva, desde su loma dominaba todo el paisaje y quería siempre echar a volar… Aquella cuesta de la Atalaya y Rambla del Almendrolero y el cementerio, con los cipreses y las cercanas higueras, viñas, albaricoqueros y el miedo que me daba pensar en la Cueva de las Cabras, allá por el alto del Pelelló. Mi infancia, mis recuerdos del Turia, sangre vital de la vega del pueblo encerrado por las cuestas de La Solana, el desfiladero, y los frutales, los manzanos, los perales que florecen dos veces por año. Las ovejas, las gallinas, los conejos… Salí de casa con el afán de estudiar medicina. Siempre fui muy inquieta. Me interesa el ser humano. Soy muy curiosa. La enfermedad me sorprende. La muerte me intriga…Pero aquellos momentos en mi pueblo son raíces tan profundas como los olivares o ese cantar de los jilgueros y los pardillos que nunca ya se va de las entrañas. Las baladas de los rebaños. Las inmaculadas aguas de los arroyos, los cascos de los mulos sonando por las calles empedradas o el murmullo de las dicharacheras gentes del pueblo en la plaza.
Sor Leandro, se quedaba pensando largos ratos sobre las vivencias de su pueblo, y no podía evitarlo traía a su mente los juegos de la infancia, tan claros, tan vivos todavía en el recuerdo, y aquellas personas de su familia que formaban un todo en su vida.
Y empezó a pensar en las fiestas, en los chicos que la habían pretendido, en las amigas, en el colegio, sus profesores, sus clases de anatomía, aquellas primeras clases que tanto le decían y habían influido en su decisión de estudiar medicina, pensaba también en su profesora, Doña Lucila, tan anciana y sabia. No podía olvidar ningún detalle de aquella niñez, de aquella adolescencia que había formado su carácter fuerte y controversial.Sobre todo recordaba las matanzas, esa fue su primera lección de anatomía que recuerda, era algo muy fuerte, salvaje, pero que lo veía al trasluz de la distancia y las emociones.
Vienen a mi mente aquellos labradores que para poder abrir el pedazo de terreno era preciso rescatar de los terraplenes y laderas, de las atalayas, sustentadas por inmensas paredes de piedra, un puñado de tierra; recuerdo lo que me contaba mi abuelo, que tenían que deshacer con el pico y el mazo los riscos y las piedras. Eran los garlitos, esos pequeños pedazos de terreno que no superaban los cinco metros cuadrados, los que se convertían en huecos fructíferos de olivos, almendros, higueras, cerezos, huertos. En el garlito, el frutal se colocaba sobre la pared, ribazo o linde, que aún permitiera arar y sembrar la minúscula tierra para poder cosechar los manojos de trigo, cebada, alfalfa, garbanzos o patatas Así yo tengo que hacer de mi vida un garlito. Y aquellas más de cien ovejas de ganado que llevaba el pastor, los juntaban todos, cada vecino tenía unas ocho o díez ovejas, así entre todas formaban un rebaño y los hombres tenían turnos diarios para dirigirlos… ¡Qué recuerdos! Apenas me costó salir de casa, me fui a Salamanca…
Sara, su amiga del alma. La conoció en el hospital. Donde trabajaban de enfermeras diplomadas, hacían prácticas juntas y vivían en la misma casa. Era en aquella época de los sesenta, Salamanca era una ciudad tranquila, bella y también muy fría. Sara además de amiga, fue su compañera, su hermana de juegos y polémicas. Discutían por todo lo que abarcaban sus ojos en el día a día. Eran muy felices indagando sobre el ser humano, sus desgracias, sus sueños, sus secretos. Sólo se separaban en vacaciones. Sara viajaba a Bilbao para visitar a su familia y ella, Roberta, en la vida real, se iba a Cuenca a pasar unos días con la suya.
En uno de esos viajes, al pasar por Madrid, Roberta se encontró con César, Pilar y Raquel, amigos de la infancia, instalados en la capital de España. El encuentro fue muy agradable, querían estar juntos, enseñarle a Roberta, Madrid, llevarla a comer ciervo o conejo al Pardo, situado a unos trece kilómetros de la capital. Entre parada y parada, se detuvieron en un lugar llamado El Cristo de El Pardo. Entraron a la iglesia semioscura, regida por franciscanos. A la derecha, subieron unas escaleritas y allí se encontró Roberta por primera vez con Él, con Cristo yacente, herido, le impresionó tanto que sus amigos se sorprendieron. Estaba emocionada y Roberta pidió a sus amigos que la esperaran fuera, quería estar a solas con aquel Cristo, rompió a llorar inexplicablemente sin saber por qué. Su espíritu flotaba, sentía como una voz en su alma, como una llamada al mundo espiritual. Y aquel encuentro transformó la vida de esta mujer que casi nunca había entrado a la iglesia. Cambió su forma de pensar, de ser, de estar en el Universo. Fue algo fascinante, único en su vida.
A Roberta o Sor Leandro, luego, Dios le fue poniendo cosas en el camino, buscó a un grupo misionero que había en Salamanca, pues era fácil encontrar una salida en una ciudad de conventos, iglesias, gente devota. Había pensado pedir un año o dos de excedencia en su trabajo del hospital y se lanzaría a la aventura. Aquel fin de semana Sara y Roberta se encontraron de nuevo en casa, dispuestas a enfrentarse al trabajo y a la vida cotidiana, pero ya nada sería igual entre las dos. Roberta le contó a Sara su visita al Pardo y la importancia que tuvo para ella encontrarse con aquel Cristo yacente. Sara abrió los ojos como si no la creyera, como si le estuviera hablando de otra persona.
- Tú hablándome de iglesias.
- Sí. Aquel lugar es diferente.
- Te lo inventaste todo. Es sólo una escultura.
- No. Estaba vivo. Me hablaba.
- No me hagas reír.
- Ríete lo que quieras Sara. Tal vez es además una obra de arte. El artista dejó su huella en Él. Para para mí es más, mucho más, es la transformación de mi ser nuevo, es como si todo lo existente tuviera otra luz desde que lo conocí.
- Parece que hubieras tenido un orgasmo chiquilla…
- Mucho más fuerte. Es ahora parte de mi realidad conectada a no sé qué fibra del espíritu. Es algo trascendente, muy divino, muy dulce.
- ¿Espiritual dices?
- Si. Como el soplo que nos anima. Es lo humano y lo divino juntos, lo que me sucede desde entonces no podría explicártelo. Fue como si se despertada la compasión en mi. La ternura. El amor, todo eso que tenía dormido.
- La verdad es que nunca te había oído hablar así.
- Porque nunca había sentido a Dios.
- ¿Pero en qué quedamos era Dios o Jesús yacente o Cristo. Mira me hago un lío en mi cabeza.
- ¿Qué más da? Eran todos a la vez.
- ¿No sería la oscuridad de la iglesia que te impresionó? En las penumbras hay cosas muy raras.
- Era mi conversión. Mi verdad. Con la que ahora te hablo sin artilugios.
- Te veo tan segura que me das miedo. Pero a la vez no te veo. A ti te gusta vivir, gozar, comer bien, beber un buen vino, fumar… y sin embargo me estás hablando de Dios…
Roberta aseguraba a Sara que todo aquello era lo mejor que había sentido en su vida y tenía que seguirlo, saber adónde la llevaba hasta qué esplendor o vivencia. Decía que en toda esa sensación hallaba el sentido lúdico de la muerte. La muerte que era el tema de conversación más apasionante entre las dos amigas. La veían en el hospital a diario, la tocaban sin ser vista, se escondía entre sus uniformes, las sorprendía a cada paso que daban. Notaban su presencia, la veían a medias, era lo inmediato entre sus manos. Y conversaban sobre el vacío que dejaba, el sin sentido, el dolor entre las familia. Ya de tanto verla se sentían impasibles a ella. La muerte había resucitado en aquel Cristo y Roberta no dejaba de querer convencerla incluso quería que Sara se convirtiera a la vez. Ningún enfermo era tan fuerte como aquella escultura. La impresionó más mucho más que las matanzas que veía elaborar a su familia cuando era niña. Eran las manos del artista, su sensibilidad, los matices, la expresión del rostro, su forma de decir lo imaginario, era Él, seguía siendo ÉL desde entonces…
Siento hoy la misma reverencia el mismo tacto la misma luz, la voz, el desbordamiento de mi alma entre las lágrimas, la emoción, el sentimiento. No, la escultura no es el mero objeto, es lo profundo para mí, es algo que va más lejos del tiempo y del espacio. Sara no me entendía. Es normal no me había visto entrar en la iglesia, hablar de esas cosas. Ella sabía cómo me gustaban los hombres. Ella sabía que salí con Carlos dos años seguidos. No era una niñata ingenua. Y tampoco había crecido en una familia religiosa…En aquella riqueza del campo, mi abuela me había enseñado a rezar el Padrenuestro. Intenté recordar el Credo, pero no me fue posible terminarlo. ¿Qué habría de hacer con mi vida si ni siquiera sabía rezar?
Se acercaba Semana Santa, cuando las procesiones y cultos de su tierra le gustaban a Roberta, más por el vino y las amistades, que por el verdadero significado del rito religioso. Reconocía que apenas le interesaba la religión. Eran muchas las veces que discutía sobre la existencia de Dios con Sara, pero nunca había entrado a una iglesia a rezar. Tenía sus dudas acerca de la conducta de muchos sacerdotes y siempre creyó que había un abismo entre lo que se llama Iglesia, como tal institución y lo que se llama Dios. Sin duda aquella Semana Santa fue distinta, le sirvió a Roberta, para contactar con los recuerdos más hondos de su infancia, para meditar acerca de su formación como mujer y para saber lo que quería en el futuro. Los recuerdos de su niñez eran tan decisivos que no podía evitarlo, era el momento de su vida en el que sabía lo que quería hacer. .
Mi familia era práctica, buscaba lo que necesitaba. No sé por qué me vienen imágenes de cuando era niña, hacíamos cada año la matanza como en cada casa de vecino de Santa Cruz, allí lo llamaban “mata gorrinos” el cerdo era la comida diaria y se mataban hasta cuatro o cinco gorrinos y hasta el señor cura tenía su mata gorrino, curiosa y ancestral costumbre. Por el día de San Antón un vecino le regalaba al cura un lechón, recién destetado, que diariamente y por riguroso turno, entre todos los vecinos del pueblo se engordaba hasta la matanza. Lo recuerdo y veo cómo fue la última vez que estuve en la matanza, el veintiocho de diciembre se celebró el mata gorrino, me despertaron muy temprano para que fuera testigo del evento, me despertó mi tío Pedro, le llamaban el Juan-Zorras y le acompañaba su hijo Joaquín y el yerno Antonio El Borde que era el matarife del gorrino. Acudió su tío Andrés El Pelao y su primo Alejandro, que ayudaba a la tarea de dar muerte al puerco.Es la costumbre de poner motes a todo el mundo. Ponían una mesa larga de madera negra en el centro de la pequeña cuadra, el “Mulo Chato” había dejado el preciso hueco y lo habían atado, fuera de la casa, en la verja de la ventana. El cuchillo-machete de doce centímetros de hoja, recién afilado, estaba ya fuera de la barza, el bolso hecho con esparto, con su correspondiente correa, para guardar los cuchillos y útiles de la matanza, todo estaba envuelto en un trapo con la pleita, que es una pieza trenzada de esparto que servía para confeccionar diversos enseres y aperos de los agricultores. En la barza esperaban las cuchillas envueltas también en trapos muy bien afiladas que servirían para afeitar los pelos que quedaran al cochino, los tres cuchillos más viejos para pelar y las tres piedras redondas de tosca para lavar el cerdo. Pero antes había que beber aguardiente en el porrón y aquellas galletas Marías. Los cuatro hombres, seguidos de mis hermanos Alberto y Manuel, y con mi primo Alejandro, bajaban a la cuadra sin llamar la atención. Pero yo me acomodé cerca del serón de los burros con expectantes ojos. Oí el gruñido desgarrador del cochino que anunciaba el sacrificio.
Mi padre, asomó la cabeza a la gorrinera y comprobó que los inquietos cerdos estaban limpios, echó un poco de paja para que restregaran la porquería de su piel y así estuvieran dispuestos para el ritual. Aquel marrano pesó 180 kilos Antonio el Borde y su cuñado Joaquín, cogieron de las orejas al puerco, Alberto cogía la pata delantera izquierda, Alejandro tiraba de la pata trasera derecha y Manuel que ya presumía de ser muy fuerte, cogió al cerdo del rabo, mientras tanto Andrés sujetaba la mesa para impedir que se volcara cuando se elevara el cochino. Recuerdo que cundo ya se intentaba subir el gorrino a la mesa, éste de una fuerte sacudida de cabeza, logró tirar de culo a Antonio El Borde, que no tuvo más remedio que soltar la oreja, la dentellada que lanzó el aguerrido animal fue tremenda, exhibía sus cuarenta y cuatro afilados dientes, asustó tanto a Alberto, que despavorido soltó la pata del animal, se refugió junto a su padre detrás de la mesa. Con otro meneo de cabeza hacia la derecha logró zafarse de Joaquín y de Alejandro, remolcando a Manuel a su placer que era el único que todavía sujetaba al gorrino del rabo…
Me dijeron que me estuviera quieta que no me moviera del pesebre y lo que estaba es asustada. El gorrino se hacía el fuerte en el corral y no había quien lo sujetara. Antonio El Borde sugirió echar el gancho de hierro, en forma de anzuelo y terminado en afilada punta, al cochino, para evitar algún bocado del animal, -como ya le había ocurrido hace unos días a Juan El Hostasio.-Manuela, mi madre, dejó el lebrillo de la sangre y fue hasta el gorrino y le acarició rascándole el lomo. Se volvieron los hombres a preparar la estrategia. Andrés, cogió la oreja izquierda, Joaquín, la oreja derecha, Antonio, la pata izquierda, Alberto, el rabo y cuando ya estaba el gorrino en la mesa ,Manuel sujetaba la pata trasera izquierda y Alejandro la trasera derecha, le cruzaron las patas y Antonio le clavó el cuchillo, pero no, qué va! El cochino se puso de pie. Y así estuvieron un montón de tiempo, porque el animal corría por todo el corral y no se le podía poner en la mesa para matarle. Lo intentaron de nuevo y por fin después de mucho tiempo lo cogieron en volandas y lo pusieron en la mesa. No olvidaré nunca aquella certera cuchillada que le atravesó al animal la yugular, desparramando su cálida sangre roja roja de cerdo. Los gruñidos del animal herido de muerte se oían por toda la casa, mi madre se afanaba en recoger el lebrillo, para no perder la mínima gota de sangre que luego se utilizaría para hacer las morcillas. El cuello del gorrino parecía una fuente que manaba sangre, a la vez que las manos de mi madre se agitaban velozmente para evitar que la sangre se coagulara, antes de ser mezclada con la cebolla y harina, vi como el último hilillo líquido dejó de caer al barreño. Antonio taponó con un trapo limpio la herida del cerdo y luego lo arrastró inerte su cuerpo, al centro de la mesa. Salí de mi agujero y me acerqué tímidamente a tocarle la cabeza al animal. El cuerpo del animal se estremecía y le hacía dar un salto atrás. Joaquín prendió fuego a la primera mata de aliaga, arbusto de pinchos que abundan en Santa Cruz, es ideal para quemar el abundante pelo del cerdo, lo siguió Alejandro y Manuel que con sendas aliagas, formaban encima del animal la gran hoguera purificadora. Después del socarrado, Andrés, Joaquín y Alberto, con los cuchillos viejos, rascaron la piel tostada, y sacaron las pezuñas al animal, cuando estaban bien calientes. Luego, cuando el agua del caldero estaba a punto de hervir, siguió el lavado del cuerpo del cerdo. Alejandro y Alberto con los pucheros de barro vertían el agua hirviendo sobre la piel del cerdo, era un reguero humeante que hacía saltar las escamas de la piel. Joaquín, como de costumbre, le tocó la desagradable tarea de meter la mano por el agujero del culo del animal para extraer el resto de las boñigas que pese al ayuno, aún albergaba aquella criatura en sus intestinos…pero no, no quiero recordar más, cómo limpiaban el rabo y las orejas, cómo seccionaban las pezuñas y patas, cómo le cortaron la cabeza al animal, Antonio El Borde era un verdadero cirujano, Alberto subió la cabeza a la cámara para depositarla en el lebrillo de las morcillas, cómo cortaban el lomo hasta llegar a la columna vertebral, con un hacha partían y cortaban las costillas, todo el cuerpo del animal estaba desgajado y con aquella carne se sustentaba toda la familia todo un año,¿me vendría de ahí mi afición a la medicina? todo se cortaba se le ponía sal y extendían las ascuas de la lumbre para inmediatamente asarlo y comerlo, o probarlo.
En algunos lugares lo ponían el cerdo colgado ya sin partes interiores para que se oreara. Recuerdo cómo pieza a pieza todo se descuartizaba, los pulmones, el corazón, los riñones, la asadurilla, el tocino, la parte del cuello, la careta, las especias, la maquina de hacer chorizos, las cuchillas la manivela… Los jamones y las paletillas, los huesos, la columna…el espinazo… Todos los niños y niñas del pueblo conocíamos a la perfección la anatomía del cerdo. Sabíamos cómo se salaba, cómo se limpiaba el estómago del cerdo como se guardaba todo para hacer cocido y las tripas del intestino, todos los conductos bien lavados en el arroyo del Regajo. Las mujeres que hacían todo esto se las llamaba “las mondongueras” que trabajaban como burras en la molienda de las carnes. Y me viene a la mente las gachas que toda la familia degustaba en el almuerzo, o las migas, se hacían con harina de maíz o de almortas, se las acompañaba con el magro y asaduriílla también con uvas o torreznos y éramos más de treinta personas y también se hacía un poco de todo, somarro, careta, morcilla, picadillo…De postre teníamos las manzanas espedriegas y migüelas, de la vega del Turia y el turrón casero, elaborado con nueces, almendras, palomitas, pan rallado y miel, todo producto de la casa. Eran tiempos distintos, llenos de otra vida que ha pasado al olvido en menos de cuarenta años…
Cuando regresé a Salamanca ya sabía lo que tenía que hacer, lo iba pensando en el tren, lo vi todo más claro me marcharía libremente a América para ayudar a tantos niños pobres y enfermos que necesitan medicinas, cuidados y luego… Sara le había dicho que esperara más tiempo a estar convencida de su vocación religiosa. Que no la veía con los hábitos puestos. Pero a Roberta lo de los hábitos le daba igual. Había mucha gente necesitada en el mundo. Quería irse a misiones, quería ayudar a los niños, a los enfermos, a los pobres, quería entregarse a un ideal sin recibir nada a cambio, sólo le interesaba hacer el bien y esa sería la forma en que daría sentido a su vida.Pero Sara la atacaba en directo, le decía que todo eso era pura comodidad y pretexto para poder viajar. Le comentaba que a su alrededor había cantidad de gente con problemas y sin misioneros, gente que la necesitaba incluso en su trabajo donde todo el mundo la quería. Llegó a llamarla aventurera, deseosa de salir de una monotonía en la que veía morir a la gente a cada instante.Roberta incluso le daba la razón con tal de salirse con la suya. Pero se sentía muy bien interiormente al tener una confidente a quién contarle sus ideales de vida religiosa. Sara dudaba de ella, creía que fantaseaba, quería pensar que no se separarían nunca. Esto la ponía muy inquieta a Sara. Cuando Roberta le dijo que había encontrado a un grupo misionero, Sara estuvo tres días sin hablarla. Sin comer. De mal genio. Sara incluso le dijo a Roberta que se estaba metiendo en una secta. Pero Roberta sabía que su amiga la quería mucho, que ella era, había sido durante años su mejor amiga y tendrían que separarse. Sara se vino abajo, comenzó a llorar una tarde cuando estaban sentadas en el salón de la casa. Y todavía hoy Roberta, desde Oaxaca, la lleva en su corazón, su amistad persiste allí donde va.
Oaxaca me trae recuerdos tan íntimos de España… aunque es otra identidad más compleja y diversa, sin embargo posee ese poder de introducir en el ánimo la nostalgia y también me calma las vivencias. Es su clima suave, sus selvas, sus valles, sus ríos, sus cañadas. Son llanos en flor, montañas que poseen el embrujo de algo muy rico que me asombra. Sí. México es el mundo porque lo tiene todo. La dulzura transparente de su brisa. La hospitalidad tan acogedora. La serenidad de su semblante… No sabría decir qué me gusta más de este lugar…
Sor Nati, no sabía qué hacerse para agradar a Roberta. Sor Nati es una monja oaxaqueña, especializada en depresiones. La galanura de su acento, de sus gestos, flotaba en el ambiente cada vez que ella se acercaba, humilde, servicial, sonriente, sana de alma y corazón. Todas las tardes ponía en marcha la furgoneta para llevar a Roberta hasta El Cerro, hacía sus encargos y luego la recogía. Así Roberta podía respirar fuera del convento un aire sano que la reconfortaba y también avivaba su memoria, era una brisa zapoteca o mixteca o mexica o tal vez española. El río Otoyac, el Monte Albán, sus ruina, los colores de los valles, las casas coloniales, los mercados, la solemnidad de las calles, el color verde de las casas, por eso llaman a la ciudad la Verde Antequera, todo contribuía a renovar el espíritu abatido de Roberta. Y la llamaban la atención las ermitas, los conventos, las iglesias, los templos de los Hermanos Dominicos, tan importantes en la historia de Oaxaca. Santo Domingo, hoy, museo. Santa Catalina y tantas congregaciones que aquí se afincaron como los Juaninos, los Jesuitas, los Franciscanos, los Agustinos, los Filipenses, los Carmelitas… La iglesia dejando su rastro, mezclándose con la riqueza prehispánica. A Roberta le llamaban poderosamente la atención las mujeres indígenas, mostrando una belleza natural, incomparable. Sus trajes regionales bordados por ellas mismas. Los hüipillis, que van mucho más allá de los hábitos religiosos. El rebozo, tan variado, tan bello. ¿Adónde van estas mujeres portando cestos llenos de flores y colores sobre sus cabezas? Roberta admiraba el equilibrio impreso en sus miradas, las profundidades de sus gestos tan auténticas. Casi había conseguido olvidarse de ella misma al mirar la ciudad, una ciudad jardín, una ciudad llena de gente integrada, asida a sus calles y zócalos, una etnia que es herencia de siglos y Patrimonio de la Humanidad.Sor Nati siempre quería saber más de Roberta, a veces no se atrevía a preguntar. Ella era zapoteca del Istmo de Tehuantepec, aunque presume de que su abuelo era tamate de la costa, de ahí su color casi negro.
- ¿Cómo lo ha pasado hermana?
- Estoy muy tranquila.
- Pues claro. Se la ve mucho mejor hoy.
- ¿Ya hizo sus compras?
- Si. Llevo atrás dos guajolotes. Me los regalaron al verme con los hábitos. Pues ni modo, a veces tiene sus ventajas el ser religiosa.
Sor Nati hizo reír a carcajadas a Roberta y esto fue una noticia en todo el convento. De regreso Sor Nati había parado la furgoneta en La Alameda de León, lo que antes llamaban la Plaza de Cántaros. Se le había olvidado algo a Sor Nati, y es que tenía que comprar chile para la hermana de la cocina. Mientras la esperaba, Roberta contempló la estatua de bronce en honor al héroe de la Independencia Don Antonio de León. Siguieron por la calle de la Independencia hasta Crespo. Y desde allí les era más fácil llegar hasta el convento y por el camino Sor Nati, por fin, se atrevió a preguntarle a Roberta.
- ¿Es verdad Hermana que se casó? Roberta se quedó sorprendida, tartamudeó un poco y por fin contestó…
- ¡Ah! Pueee…esss sí, sí, sólo estuve casada unas horas. Con una sorpresa incontenible en sus ojos, Sor Nati frenó la furgoneta. Apoyó sus manos sobre el volante y miró a Roberta intensamente sin decir palabra. Luego reaccionó…
- ¿Tantito se divorció como en las películas? Esta vez la risa de Roberta fue tan estrepitosa que una mujer desde la calle se las quedó mirando.
- A ver Hermana Nati. ¿Ve muchas películas en el convento o es que ha estado en Las Vegas?
Las dos se rieron a carcajadas y Sor Nati se sintió muy feliz de ver a Roberta reír así pues ya se le había olvidado hasta por qué reían. Parece como si la depresión hubiera desaparecido por arte de magia. Roberta le prometió a Sor Nati contarle la historia, pero con la condición que ella no se lo contaría a nadie. Sor Nati, hizo la promesa y puso la furgoneta en marcha hasta llegar al patio ajardinado del convento. Sor Nati instaló a Roberta en su habitación y regresó a por los guajolotes que pesarían unos doce kilos cada uno, con sus cabezas redondas y pequeñas, con sus alas grandes y cóncavas, de colores variados y metálicos, con sus hermosas plumas…
Aquella noche Roberta descansó mejor que ningún día, sentía una especie de alivio en el alma. El psicólogo le había retirado una medicina y aún así durmió una hora más de lo normal y se despertó con gratos recuerdos. Aquella noche había soñado con Sara. Un olor a jazmines entró a su habitación cuando abrió la ventana. Recordaba su sueño con ella, aunque era bastante confuso. Sara seguía trabajando en el hospital, en Salamanca. Recordaba su tristeza cuando se despidieron. Fue un verdadero caos para ella.Y fue en Salamanca donde Roberta conoció al Padre Víctor, que le preparó el camino hacia Bolivia. Fue un año y medio de experiencias, de cambios, de congregaciones. Roberta se había entregado a los niños, a los ancianos, a las comunidades de los aymarás.
Las costumbre de ese país la enriquecieron, sus creencias se fundieron y asimilaron lentamente, ya que el pueblo indígena trata de ocultar su verdadero origen. Eran desconfiados y esquivos y a la vez muy ceremoniosos. Roberta les tomó un gran cariño, especialmente a los campesinos, todos vestidos con sus trajes blancos, el hombre lleva un cinturón de cuero, en ese cinturón portan con orgullo el trazo o machete. La mujer, sin embargo aún usa el tipoy que es como una bata larga, escotada y muy adornada en la parte del cuello. Se la ajustan a la cintura. La gente de los valles usa distinta ropa. Los niños usan las capa polleras, a los siete años les cambiar el traje.Era como una ceremonia, no llevan pantalones, llevan una camisa larga de bayeta o de lienzo, según qué clima habiten, es muy ajustada en el cuello y las mangas largas. Sobre esta camisa ajustan una faja tejida a la cintura del niño y encima, le ponen la capa pollera. –una capa amplia que lleva dos hileras en los extremos con los que envuelven la cintura. Su calzado es como abarcas de cuero. Recuerdo los vestidos fabricados por ellos mismos, vienen ahora a mi mente como algo mágico. Aprendí tanto de ellos… Seguro que mucho más que ellos de mí. Aprendí a hilar la lana, aprendí algo, muy poco, su idioma, tan difícil como hermoso podía imaginarlo. Su riqueza era más grandiosa que la mía. Yo no podía caminar descalza como ellos. Yo no resistía tanto el trabajo. Yo no podía seguir sus pasos en esas largas caminatas ni tampoco conocía los secretos de la naturaleza, las hierbas con que ellos se curaban… Pero reconozco que ellos eran más felices que yo. Y no necesitaban tanto como yo había pensado. Su moral se basaba en la ley de causa y efecto. El aymará es vegetariano. Aprendí tanto de sus comidas. Todo cambió mi espíritu misionero… Roberta se había dado cuenta que era ella la que necesitaba más de ellos. El indígena miserable es aquel que se va a la ciudad y no se integra. Pero el autóctono boliviano sólo es un extranjero cuando conoce a la gente de afuera en el seno de su propia tierra. ¿Quién habla su lenguaje? Roberta se dio cuenta de cómo ellos nos compadecen a nosotros. Son muy devotos de la naturaleza y viven en familia. Pocas veces se veía a una mujer sola. Hasta para bañarse ellas formaban un corro y se iban metiendo al río cogidas de la mano. Formaban un círculo y entraban despacio hasta que el agua les llegaba a la cintura. Se vestían con pollera corta, un phullu, que es como una manta de lana que tejen ellas mismas, se lo ponen sobre los hombros, y es así como disfrutan del agua.
Nadie como el aymará conoce nuestras debilidades, para vencernos, nos descalzan. Pero al mismo tiempo nos admiran, porque fuimos los españoles los que los liberamos de los kechuas, sus grandes enemigos.
Roberta pensaba en su estancia en Bolivia con mucho cariño, ella vivió allí y se le quedaron muy vivas las costumbres. Nunca llegó a entender por qué se avergonzaban de su sangre. Por qué querían cambiar sus verdaderos apellidos por otros que fueran españoles. No tomaban ningún interés por su ascendencia. Se ponían nombres de animales y de cosas. Por lo tanto allí no era importante el nombre ni la identidad individual, sino el lugar y la procedencia, y también lo que hacían en la vida. Estoicos, resignados, misteriosos… y también egoístas. Era tan difícil aprender su idioma que Roberta desistió, precisamente porque si cometes un error ellos no se molestan en corregirlo. Y la verdad es que tampoco querían que lo aprendieras. Los aymarás son los grandes guardadores de secretos. Pero al tiempo prestan mucha atención a los demás y les gusta aprender. Se ríen mucho de lo ajeno pero nunca de los suyos. Tienen su propia religión, ritos y ceremonias ancestrales. Los misioneros se afanan en enseñarles el cristianismo que luego, mezclan lo que les conviene con sus propias creencias. Todas las cosas tienen para ellos un dios creador, un dios conservador y otro destructor. …Recuerdo aquel día de mi cumpleaños, cuando conocí a Leandro, todos brindaban por mi en la comunidad, digo todos, a un grupo de trabajo; antes de brindar, derramaron un poco de alcohol sobre la tierra a la que llaman la Pacha Mama, de esta forma el bienestar era efectivo, pero antes que nadie, debe de beber la tierra que pisamos. Esto me conmovió hondamente. También me hacía mucha gracia cómo trataban a los santos. A Santiago, según su conveniencia, a veces le insultaban y a veces le agradecían favores, todo dependía del tiempo que hiciera y cómo fuera la tormenta favorable o no para sus campos. Le insultaban ole bendecían. Yo veía que muy poco o nada podían hacer los misioneros con este grupo étnico de Bolivia. Leandro quería ser sacerdote. Estaba entregado de lleno a la comunidad donde estaba Roberta y colaboraba con los misioneros de Salamanca que tenían allí su centro de actividad. Su mirada vivaz inquietaba a Roberta y finalmente la sedujo.
A Roberta, Leandro le parecía un hombre justo, equilibrado, diferente. Su gran virtud era el silencio y la acción. Él no hablaba, actuaba. Cuando Roberta daba la comida a los niños se quedaba fijamente mirándola, se paraba con una gran olla entre sus brazos y no se sabía si quería decirle algo o si estaba pensando. Todos se reían, pero todos sabían que Leandro sentía una gran admiración por Roberta. Con él a Roberta le pasaba algo parecido a lo que le ocurrió en El Pardo, nada más que la afinidad era humana, tangible, la gran diferencia es que Leandro era de carne y hueso, se movía, se insinuaba a veces con su amplia sonrisa, a la que espontáneamente Roberta correspondía. Para ella fue algo salvador conocerle, ya que había pasado por diversas congregaciones y ninguna le gustaba, en todas encontraba problemas, no se adaptaba. Pero enseguida intuyó que Leandro y ella buscaban los mismos caminos de participación, de justicia social, de encuentro comunitario, por eso actuaban con el mismo entusiasmo y en una de esas idas y venidas a la cocina por fin entablaron conversación…
- Agradezco mucho a Dios que esté aquí Hermana.
- Yo también estoy muy contenta de haberle conocido.
Roberta enrojeció, sintió algo especial, tal vez fue el tono de su voz, tal vez el significado de las palabras o la forma como las decía, o un acercamiento a la realidad que se hacía presencia, pues cuando él no estaba Roberta lo buscaba con la mirada y cuando ella faltaba, Leandro se sentía nervioso. Así estuvieron varios días trabajando juntos en la cocina y el comedor, enfermería y en las escuelas. Una tarde, hablaron más largamente de muchas cosas que tenían pendiente o en común y al cabo de seis meses los dos se habían confiado en secreto el gran amor que sentían el uno por el otro. Se habían enamorado hasta tal punto, que él estaba dispuesto a dejar el Seminario y ella a no volver a España nunca más. Y como dos seres civilizados también tenían que sopesar sus propios valores, su entrega misionera y toda esa filosofía profunda de la vocación religiosa. Aquello que parecía una amistad maravillosa, llegó a ser algo conflictivo por lo que tenía de atrayente.Ya se iba a cumplir el plazo de excedencia de Roberta en el hospital de Salamanca, y tenía que pensar qué iba a hacer, si regresar a España o quedarse en Bolivia. Ante la situación que estaba viviendo y que era nueva para ella, decidió regresar a España, pues Leandro la volvía loca, y aquello más que una felicidad era un infierno, y lo decidió por él, para que terminara su sacerdocio. Siempre me dejé llevar por la voz interior de aquel Cristo Yacente de El Pardo. Él me aconsejó que regresara a España, que reposara un poco aquel fervor desbordado por Leandro. Es cierto que este hombre tenía un poder asombroso sobre mí, y terminaba ganando las batallas de mi corazón, batallas dialécticas de nuestras lecturas, críticas y discusiones y momentos de verdadera atracción física que era difícil soportar estando juntos. Lo admiraba tanto porque sabía mucho de todo, me convencía, nos podía el amor. Pero luego siempre surgía el conflicto, el arrepentimiento, la lucha contra tantas emociones carnales, devastadoras. Y en realidad nunca me gustó asumir lo fácil por eso tomé la decisión aquella noche…
Ya había preparado su billete a España, a Roberta le costó dar el paso. Pero se sorprendió de su firmeza. Pensó que los dos estaban entorpeciendo su vocación y por ello no podían seguir juntos por más tiempo. Mientras cruzaba el Atlántico, imaginaba a Leandro en su Jacha Ajayu, que en aymará significa la parte más vital y más importante del ser humano. Metido dentro de su propia alma, leyendo la carta que Roberta le dejó en su buzón particular de la comunidad y estaba segura que la leería una y cien veces: Querido Leandro: Es mejor poner distancia a nuestros sentimientos.Lo primero es nuestra vocación religiosa. Lo nuestroes imposible. Medítalo. Verás cómo tengo razón. Talvez no volvamos a vernos nunca más. Pero nos quedael recuerdo de habernos conocido. Es mejor separarnos ahora. Lo entenderás después. No te enfades.Hasta siempre, te quiere,
Roberta la religiosa se había olvidado del tiempo transcurrido. Unos golpecitos en la puerta de su dormitorio le hicieron sobresaltarse, volver a la realidad. Era la Madre Superiora. Quería saber como se encontraba Roberta.
- ¿Ha descansado bien hija mía?
- Sí. Madre, incluso dormí una hora más.
- ¡Ah! Qué bueno, ¡hijolé! Eso quiere decir que está haciendo efecto el tratamiento.
- Eso parece.
- Le he dicho a Sor Nati, que hoy la lleve de excursión a Monte Albán, que yo creo Vd. todavía no lo conoce. Hay tanto que ver allí o si lo prefiere vayan al Tianguis de Tlacolula, que también merece la pena conocer, es caso es que esté distraída y siga teniendo así de bien la mejoría Hermana. Disfrútelo Sor Leandro, disfrútelo, que ya le vendrás después las tareas del trabajo y para ello ha de estar muy fuerte y recuperada.
- Si Madre. Me pondré en manos del Señor y de Sor Nati.
- Ándele, hija mía, cuídese, porque ella es cuate de lujo. Pero no se pierdan y vayan despacio manejando.
A Roberta la mimaban por orden del médico y esa fue la única forma de recuperarse. La Madre cerró la puerta muy suavemente, se perdían sus pasos haciendo eco y luego se podía escuchar de nuevo el silencio y algún que otro pájaro en el jardín. Roberta suspiró hondo y volvió a retomar sus pensamientos. Aún faltaban dos horas para que Sor Nati fuera a buscarla.Así aprovechó para recordar su reencuentro con Sara cuando Roberta volvió de Bolivia a Salamanca. Lo celebraron con champán como en los buenos tiempos. También fue muy acogedor el volver a ver a sus compañeros del hospital. Siempre habían pensado mal de Sara y ella, la complicidad de las dos dio lugar a habladurías de todo tipo, que si estaban liadas, que si eran lesbianas, que a saber lo que se cocía en el apartamento donde vivían… Pero no sabía la gente que la amistad de estas dos mujeres eran auténtica y nada de lo que se decía era cierto. Roberta sintió con agrado que en el fondo todo la seguían queriendo y que eran los que había conocido siempre. Retomó su vida en el mismo trabajo queriendo olvidar para siempre su encuentro con Leandro. Yo estaba feliz, pasaron dos, tres, seis meses y en el fondo me era imposible olvidarlo. Recuerdo que era junio, mi mes favorito, todas las tardes después del trabajo, pasaba un rato a la capilla del hospital, me sentía vacía, sin saber adonde dirigirme, sin vida espiritual, sin aliento. Le pedía a Dios luz, le daba gracias por tenerla, estaba confusa, no sabía qué hacer realmente fuera del trabajo. Extrañaba América y en el fondo sentía grandes deseos de volver a Bolivia con Leandro. Me mentía a mi misma para poder olvidarlo. Sí. Sólo quería olvidarlo para siempre. Pero había quedado con Sara en la Plaza Mayor para tomar unas cervezas y luego dar un paseo o ir al cine. Hablamos de trabajo, de viajes, de religión, de política, de los pacientes y también de la muerte. Me sentía cansada y decidí volver a casa sin dar el paseo, ella se fue al cine. No sé si existen los milagros, pero creo que si, que los milagros existen cuando existe el amor. Me disponía a abrir la puerta de mi casa y alguien se acercó a mí y me dijo:
- Hola. Agradezco mucho a Dios estar aquí contigo.
- ¡Leandro!
Permanecieron largo rato abrazados. No se dijeron nada. Parecía imposible verlo en España. A su lado.
- ¿Cómo es que has venido? ¿Quién te ha dicho dónde vivía? ¿Por qué lo has hecho?
- Después de recibir tu carta, no he sabido hacer otra cosa que arreglarlo todo para estar contigo. Te he buscado. El Padre Víctor me dijo dónde estabas. Qué hacías. Dónde vivías. Quiero casarme contigo. Luego dedicaremos nuestras vidas a las misiones. En América o en África donde Dios quiera.
- ¡Eres incorregible!
- Sí. No. No sé…
Roberta se quedó mirándolo. Pasearon un rato sin rumbo. Aún recuerdo sus gestos, su mirada dulce, su sentido del humor, sus manos frías, su sinceridad. Su Jacha Ajayu, su animismo indígena, su complacencia, su ofrenda, su coraje, ese coraje que su pueblo lo llama la kamasa o la sombra. El Padre Víctor le ayudó a establecerse en Salamanca por un tiempo para que estuviera cerca de mí. Sí. El daba respuestas a todas mis dudas a todos mis problemas. Empezamos a vernos todos los días. Hacíamos muchos planes para el futuro. Casarnos. Formar una familia misionera. Parece que esa era entonces la voluntad de Dios, la voluntad de Leandro y la mía. Y para eso tendríamos que ponernos a prueba. Aunque la idea no me disgustaba. Mi pensamiento se perdía en Bolivia con Leandro, allí conocí más de cerca la naturaleza, su familia aymará, sus rasgos indígenas, esbeltos, definidos, sus ojos almendrados, sus cabellos lacios, su carácter frío, pero firme, su nariz recta su voz melodiosa… Leandro le traía a Roberta los recuerdos de aquel altiplano andino, tan inclemente, tan limado por el viento de la grandiosa Puna. Su idioma tan difícil para reclamar sus propios derechos en la gran ciudad, dónde todo indígena se siente un verdadero extranjero. Roberta sabía cómo él quiere instruir a los demás, a sus hermanos, a su propia gente que se siente indefensa. Ella sabía cómo Leandro sufría por la injusticia de su país. Pero no se inmutaba ante la muerte, su educación, su filosofía estaba basada en la gran muralla del sufrimiento. Nada ni nadie le iba a hacer cambiar sus decisiones. Roberta conocía su Amor, su gran Amor a su tierra, a sus viejos ancestros. Le abrumaban los quechuas (los kichalas) y los blancos. Sin embargo se sometía a todo porque Leandro es muy creyente, él cree en su Dios abstracto, en su Cosmos, en su Naturaleza y también cree en Jesús. Por eso Leandro quería ser sacerdote, porque él en sí es un ser religioso, sincero, puro. Ha heredado la grandeza de sus abuelos (los Achachilas).
Roberta sabe que aunque es católico, sigue practicando sus ritos ancestrales, lo hace en forma individual. Su iglesia es la montaña y su corazón está siempre en contacto con la tierra, la Pacha Mama. Roberta también le hablaba a él de su pequeño pueblo y el brillo de sus ojos aumentaba cuando ella le contaba historias de su pueblo.
- ¿No te conté lo del pajar?
- No.
- Lo vi arder era el pajar de mi casa que estaba en un pequeño cerro cerca de la era. Esto ocurrió en verano. Y es uno de los recuerdos más vivos de la infancia. Un rayo traspasó el palomar y la chispa eléctrica provocó el fuego y se quemaron todos los nidos.
- ¿Y siguen teniendo ese pajar?
- Sí. Mi padre luego tuvo un rebaño de ovejas allí. Pero estaba todo quemado por la parte de arriba. Tuvieron que ir los bomberos de Cuenca a apagar el fuego.
- ¡Qué fabuloso! Tienes que decirle a tu padre que te deje ese para a ti, aunque no heredes otra cosa de él.
- ¿Por qué?
- Porque allí donde cae un rayo es un lugar sagrado para siempre. Es como un santuario, nosotros así lo veneramos, incluso hacemos allí ofrendas de flores y oraciones especiales. Es como si Dios hubiera tocado la tierra y todo el infinito se hubiera posado en ese lugar. ¿Puedes entenderlo?
- No.
- Nosotros ofrecemos incienso y mirra en estos lugares tan sagrados. Y cuando los visitamos estamos obligados a ser mejores. Cuando vaya a Cuenca tienes que mostrarme tu pajar sagrado.
- Te lo prometo, a pesar de lo ruinoso que mi familia conserva el lugar a las afueras del pueblo. Un día les presenté a mis padres. Se quedaron sorprendidos ante su respeto, su conducta, su consideración por los ancianos y con los niños. Las normas de conducta del aymará siempre me gustaron, respetan mucho la naturaleza y los animales. No creen ni practican el aborto. No roban y el adulterio está muy mal visto en la comunidad, así como el homicidio. Los jueces de su justicia son los más ancianos. Sin duda allí con mis padres.
Leandro me pareció un ser muy distinto, muy especial. Realmente seguía enamorada de él… No le daba importancia a lo material, eso es lo que más me gustaba. Su espiritualidad, su observación de la naturaleza, su mundo interior que es también lo que había mamado de su cultura.
La bocina del furgón o furgoneta cerrada de Sor Nati, sacó a Roberta de sus pensamientos, haciéndole regresar del pasado a la realidad en un sobresalto. El día estaba hermoso. Después de oír misa, la hermana había desayunado fruta fresca y se dejó llevar de un sábado prometedor en las manos de Sor Nati que la esperaba impaciente. Subieron hasta Monte Albán, las ruinas reconstruidas de los zapotecos, es un lugar dado a las confidencias ya que está situado en lo más alto para estar, si es posible, más cerca de Dios, como así lo pensaban los antiguos indígenas cuando lo construyeron. Sor Nati, había preparado una especie de cesto repleto de frutas tropicales, agua fresca y a saber qué sorpresas culinarias.
- ¿Está dispuesta a ver tumbas?
- ¿Tumbas?
- Sí. ¿Qué es Monte Albán sino eso? Yo creo que fue una ciudad dedicada a los muertos.
- Pero también habría otras cosas allí según tengo entendido. Además de un pueblo ancestral donde habría casas, cuarteles, templos ¿no?
- Bueno, ahorita todo son ruinas, escaleras, una explanada verde, muy verde. Es el recuerdo gráfico de nuestra Mesoamércia.
- ¿Quiere decir que vamos a contemplar un horizonte cultural.
- Manita. Llámelo como quiera. Eso me suena muy lírico o literario. Pudo ser desde una fortaleza a un observatorio donde también se contemplaba el cielo y se estudiaban las estrellas. Aquí viviría mucha gente, pues es grandote. Imagino las casas de carrizo, de ramas, de madera, de adobe, en las faldas de estos grandes cerros y arriba del todo, el corazón grandote, el centro religioso, la gran plaza, el palacio de los grandes señores. Lo estoy viendo todito su placer de vivir, sus conocimientos, su amor al arte y a todas las cosas.
Sor Nati ponía mucho énfasis en sus palabras, a Roberta le gustaba oírla según iban llegando a Monte Albán. Las dos hermanas revivían el pasado tan vivo y tan ausente. Por un momento, sólo se oía la furgoneta y un remanso se apoderó de ellas, Sor Leandro aprovechó para mirar hacia el paisaje y ver los valles, tan verdes, un hombre sujetaba sus puños en un arado romano tirado por dos bueyes y alguna oveja pastaba libre a su alrededor, oh! No, eran cabras… No pudo evitarlo su recuerdo se hizo más vivo. …es lo primero que hice en mi vida, llevar a pastar una cabra a la que llamé“Roya” y ella amamantaba a tres corderos Lucero, Veloz y Cacharrillo, hasta que pesaron veinte kilos, mis padres los vendieron a Atilano el Carnicero, mi padre con ese dinero de los cien duros, pagó el mulo Chato. Yo tendría ocho, nueve años, antes de ir a la escuela a las diez de la mañana y después de salir de la escuela a las cinco de la tarde, guardaba mi pequeño rebaño por las huertas. Cómo me gustaba ser pastora, me hacía sentir útil a mi familia y disfrutaba de una libertad que no he vuelto a tener en mi vida. Me tendía sobre la mullida hierba y miraba al cielo, me llevaba mi enciclopedia Álvarez, que era mi libro preferido, entre las nubes pasaban mil cosas desde el Cid Campeador con su flamante caballo blanco expulsando a los moros, hasta el mar infinito con Cristóbal Colón descubriendo América y yo triunfadora entre miles de indígenas enseñándoles el Catecismo… Qué distinto a la realidad, ahora estoy aquí viendo otras cabras y sin querer enseñar el catecismo, sino ayudar, simplemente ayudar a los más necesitamos como mi Maestra, la Madre Teresa. Pero aquel recuerdo de Roya, mi cabra, es alentador, viendo este paisaje, Roya me asustaba a veces comiéndose la piel del manzano de Vicente, el Terolano. Mi padre me decía que esas heridas ya no suelen curarse en el árbol, a veces cogía un puñado de barro y lo pegaba a los mordiscos de Roya… me pasaba la vida soñando.
- Bueno, qué, ¿le gusta este paisaje Sor Leandro?
- Sí. Sí. Me trae recuerdos de la infancia.
- Pues como le iba diciendo, éste era un pueblo muy sabio. Siempre me fascinaron las pirámides. Aquí abundan. Tal vez se comunicaban unos pueblos con otros como Teotihuacan, el Tajín, Yucatán… ¿No cree?
- Claro. La artesanía esta todavía muy definida… Pues supuestito que sí. Y cultivaban calabazas, frijoles, maíz, algodón, cacao, chile… pintarían murales, harían esculturas en la piedra, crearían cerámicas preciosas. Se conservan algunos glifos, urnas, objetos de jade, de cristal de roca, de concha, todo esto lo vamos a ver en el museo.
- Admiro este paisaje, es tan distinto al de España y al de Bolivia.
- Como puede ver hermana, aquí tenemos también montañas, a Oaxaca la cruza la Sierra Madre del Sur. En el centro se encuentran los tres valles, el de Etla, Tlacolula y el de Zimatlaán. Los zapotecas ocuparon el Valle de Oaxaca y fundaron estos lugares que ahora recorremos. Zaachila, Etla, Totitlán del Valle y Monte Albán. A este monte lo llamaban el Monte del Tigre.
Las dos religiosas entraron a uno de los pueblos del camino, les interesaba ver cómo vivía la gente, qué hacían, eran en su mayoría artesanos, practicaban la alfarería, tallaban la madera, cambiaban animales en los mercados, es gente que vive de sus pequeños puestos, de las pequeñas milpas. Sor Nati se interesó por lo que hacía la gente en España y Sor Leandro tuvo otro motivo para regresar a Santa Cruz, su pueblo de Cuenca.
- ¿En España también viven así?
- En mi pueblo, cuando yo vivía allí había mucha diferencia entre algunas familias y otras, como también ocurre todavía hoy, y aquí, supongo es igual. Por ejemplo hay familias que viven muy ajetreadas, como la de Los Sastres de mi pueblo que en nada se podía comparar a la de Damián el Remendón, en la escala social de Santa Cruz de Moya, Los Sastres, destacaban entre los más pudientes, tenían cinco fincas, treinta oliveras, un par de mulos, cinco gorrinos, cincuenta ovejas, treinta gallinas, una casa, dos corrales y un pajar más que la media vecinal. Eso quería decir que el plus de los Sastres, me refiero a posesión, les permitía vivir durante todo el año y no padecían las carencias de las orzas del frito del cerdo, aceite, patatas y algún que otro cordero, lo que la media del pueblo no tenía, que teníamos que equilibrar para llegar a la siguiente campaña. Y claro su hacienda era lo que convertía en esclavos a los demás.
- Igualito que lo que ocurre aquí Hermana, muchos españoles son dueños de la mitad del terreno y el resto, sus criados.
- Aún recuerdo a Pedro, le llamábamos el Sastrecillo, iba calzado con sus medias abarcas y su raída chaqueta de pana, acompañado de su pareja de mulos, cargados con el arado y sus aperos, para dirigirse hasta que quedara una gota de luz, iba a roturar la finca de la Muela, para poder sembrarla de trigo, provisto de la hogaza de pan relleno de tocino, y la bota de vino. Su hermano Juan se iba al ganado para todo el día y sus hermanas cuidaban la piara de cerdos, gallinas, conejos, preparaban la comida y limpiaban la casa, sin contar con que les tocara el turno de riego o se fueran a escardar algún campo, además de atender al abuelo que había perdido ya un poco la cabeza. Esta era la vida cotidiana allí Hermana Nati. Había otros que vivían en el barrio de lo que llamábamos “La Zanahoria”, un pequeño huerto anexo y con algún garlito de oliveras. Remedaban las sartenes, los pucheros y las ollas agujereadas con unas barritas de estaño, y así vivían. Damián vivía allí tenía el problema del vino empinaba demasiado el codo, le sacaban de la taberna y a su mujer la llamaban La Rumba, Magdalena ¿qué habrá sido de ella?, tenían tres hijas, y cuántas veces le acostaban a su padre a dormir la ¨moña”. Ella era una buena mujer. Todo el mundo la quería. Era una familia que aunque no tenían dinero, sabían todos disfrutar de la vida y vivían de las migajas de los demás…
- ¿No ve Sor Leandro? No es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita. Como se dice a veces…
- Si Sor Nati. Aquí y allí es todo lo mismo. Estos paisajes son diferentes pero la vida es igual en todas partes.
- Más o menos. Pero si estamos casi llegando. Esto si que es volver a la historia hermana, Aquel cerrote es Monte Albán. Adentrémonos en otro mundo y en otro tiempo el de los indígenas, el de meso América.
- Me pregunto si le hubiera gustado vivir en esa época.
- Clarito que sí. Hasta creo que usted y yo lo hemos vivido, por eso ahora vamos juntas hasta su cumbre.
- Que no la escuche la reverenda madre.- Usted pudo ser un Jefe Supremo, judicial o militar…
- Y usted Sor Nati, un Gran Sacerdote que modificaba mis decisiones…
- O sea que pertenecimos supuestamente a la clase más alta de la sociedad zapoteca…
- Quien sabe o en otras épocas





