Prosas y cuentos

azaleas

Prosas de Julie Sopetrán

SIN RAZA 

A tu pueblo hecho de adobe se le caen los dientes. Cuatro piedras mordisquean el viento que silva sin importarle la despoblación. Germán se fue a la ciudad en busca de pescado. Dejó la bicicleta en el portal de su casa y por las ruedas ya oxidadas, suben las arañas tejiendo luminosidades.Germán vendía sardinas de pueblo en pueblo, las llevaba tapaditas con un paño mugriento y pedaleaba los caminos para ganar una peseta sucia. Se paraba en la esquina de mi casa y me parecían esmeraldas sus ojos. Me decía cuatro cosas bonitas que hacían ola en mi falda y así muchos días esperando olor a puerto. Queda Genaro, el molinero, y sólo por dos meses en el pueblo para irse con su hija la Consu. No aguanta más las soledades ni los silencios de la harina. A tu pueblo, le quedan dos suspiros para morir de sueños que son hambre. Le faltan niños que jueguen verdes. Labradores que traigan cosechas a los graneros desquebrajados. Sacerdotes que mientan mundos mágicos en el pulpito en ruinas. A tu pueblo se le abre la piel a canal y los cuervos destripan costumbres. Hoy me adentré en sus calles y me perdí en el cementerio, mientras Germán se fumaba un puro en su mansión de plata en “Sardina Door” dueño y señor de una cadena pesquera. Entre las ruedas de su bicicleta las arañas tejen mortajas de olvido.

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2 

MARIPOSAS DE OTOÑO

Estaba viendo el mundo con los ojos cerrados y yo no lo sabía. Les hablaba de un árbol seco que parecía brotar en otoño. Todos sonreían, pero les expliqué que era un árbol diferente. Él seguía con los ojos cerrados, se había guardado los oídos en el bolsillo. Quise despertarlo, y todos se reían. Me asusté ¿se habrían vuelto locas mis manos? dejé de hablar y seguí los movimientos como si de otra lengua se tratara. Todos movieron sus manos sin hablar y vimos muchos dibujos en el aire. El silencio le hizo abrir los ojos y todos aplaudimos. Del árbol salieron mariposas volando hacia el oeste.
 


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Foto: JSopetrán

EL CALOR DE LA SOMBRA

Era él.Se anudó los zapatos con las cintas rosadas del amanecer. Las legañas le hicieron tirabuzones en la mirada y no tuvo más remedio que restregarse la pereza por la cara. Bajó las escaleras descalzo con el pijama al hombro, algunas muchachas miraban por la ventana y la imagen mezclada de una cara y un pene tartamudeaba en el cristal que quería ser espejo. Él sabía que el agua artificial no es la lluvia, pero le gustaba el pequeño masaje que como una mano grande le surcaba la piel de la espalda… dejándole casi dormido en posición vertical. La recordó un instante, quería sentir sus manos, no era el momento de los goces. Cerró el agua. Secó las dudas. Afeitó los besos. Peinó las esperanzas. Tartamudeó las emociones y se abrochó las responsabilidades. Sabía que le sobraba el tiempo para soñar y le faltaba decisión para decir no al trabajo. Antes de salir a la calle volvió a anudarse los zapatos con cintas luz del amanecer. Supo… que hacía calor en la sombra.

4

ESTABAMOS ALLÍ, AMOR
En la oscura taberna, nuestros cuerpos se adentran en el laberinto, somos dibujo en ritmo de pasos cortos, prolongados… Nos paramos para ver en los ojos el mundo que nos rodea, cómo se inmovilizan los indígenas de África para oír el mensaje de los tambores que piden lluvia en su clamor. Escribimos con los pies la tristeza del silencio, un trazo que se pierde en el aire de la noche rítmica. Somos la luz que nos envuelve. Sentimos cómo fluye la belleza en la calidez de las manos, es como una fuente que no cesa de hablar, que se derrama sobre la tierra de los sueños. Seguimos el ritmo, enrojecemos, volvemos a la infancia, nos dejamos crecer entre las mariposas que revuelan alrededor del pequeño reflejo. Nuestras sombras se enredan entre los perfiles de las cajas de los altavoces. Nuestras figuras se rompen, se alargan, se contraen, danzan risas calladas, mueven el mundo, crean. El tiempo guarda nuestras horas mágicas, la luna nos desviste, la música nos arropa, la luz recrea alma.
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Iglesia de San Pedro – Hita (Guadalajara) España
5

¿ES USTED SAN PEDRO?
 Me duele el viento que se lleva mi mente al otro lado de la Bahía no me hace daño, cruzo andando entre las tripas anaranjadas, ventosean los hierros el oro, bajo mis pies de goma roja. La niebla cruza el puente por los ojos, las estrellas se van metiendo en mi cuerpo, me llaman, volaré hacia el fondo.Mis amigos se han quedado durmiendo junto a las puertas del bell canto, rapeo músicas, las voces son una casa para ellos.¿Para qué quieren techo, si la música es el soporte de su evolución?No les destruye el crimen, ni la inclemencia de los hombres, son tan felices como yo, apoyamos lo inútil, somos el rito supremo, destruimos el mundo antes que Dios, me siento feliz en la totalidad de la consecuencia que nos obliga a vivir…  Necesito suprimir lo que fui, sueño, divago, me columpio en los brazos del puente.Van a dar las doce, parece que no hay guardias, el agua está muy fría no me importa, voy a morder las fallas andresinas, les quitaré la costra del miedo con mis dientes para que tiemblen los acomodados, me quemaré en la llama del movimiento, todo me produce un placer extraño, que bebo a sorbos, me seduce el destino…Los guardias vigilan, como cada noche, los pintores dan otra mano al hierro del puente para que no se oxide.  Ven caer un cuerpo. Se oye una sirena. No sé más… Me despierto.Un guardia abre mis ojos. Lleva en sus manos una linterna. Lo miro. He traspasado el mundo. Le pregunto:¿Es usted San Pedro?
El viento sigue doliendo asombros que no hacen daño…  
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6
RITO DEL MOVIMIENTO
Hay moscas que no saben volar de frente. Vuelan de lado y cuando caen al suelo, se pegan a la suela del zapato, están cansadas, deambulan, es como una protesta de las horas que pasan buscando carne dulce. Suben al tren de vapor y, viajan en segunda o tercera. Se dejan mecer, miran por la ventana los paisajes y se quedan dormidas sobre las rodillas de Cipriano que, viajero de tercera, masturba posibilidades. Los pensamientos de Cipriano se alejan, se sacian, se realizan en el aire veloz que desdibuja el humo de la locomotora mientras pasa el puente. Él es un campesino fuerte y en los pliegues de su piel es donde más azúcar encuentra la intrusa mosca. Cipriano se sorprende y le da un manotazo con fuerza, con tanta fuerza que casi se rompe el dedo gordo. La mosca burladora hace eses frente a sus ojos y Cipriano se inquieta, se remueve en el asiento, busca su pañuelo del moco para sacudirlo al aire y ver si puede acabar con la sobornadora masoquista. Pero he aquí que el revisor venía justo cuando el pañuelo de Cipriano se quedó en las narices del revisor. Cipriano no sabía qué hacer, cómo disculparse y el revisor sin más respuesta que la de pasarse la mano por la cara con asco, miró de mala gana al viajero.
-Por favor el billete.
Cipriano gastó tiempo buscándolo sin encontrarlo. Mientras la mosca bailaba muerta de risa sobre su cabeza.
-Pues mire usté que lo llevaba aquí…
-Tiene que pagar el billete y la multa por no llevarlo.
Cipriano avergonzado, le pagó el billete y la multa y lo que hubiera hecho falta y se guardó el pañuelo del moco en el bolsillo, todo avergonzado.
Le salieron colores a su piel de labriego.  Posó su mano sobre su rodilla y la mosca encontró nuevamente su jardín de azúcar-piel. Cipriano sintió un cosquilleo y alborotó de nuevo a la mosca que, en su pueblo la llaman cojonera.  Así llego dos paradas más a su lugar de destino que, le había costado más del doble aquel día. Al levantarse vio en el suelo del asiento de enfrente el billete tirado. Sin duda al sacar el pañuelo del moco se le había caído sin verlo.

Sintió rabia, sabía que lo negativo era siempre movimiento.  La mosca lo siguió no se sabe donde, seguramente se cansó de seguirlo por el camino de la estación hasta su huerta. Pero como era una mosca que no sabía volar de frente, en uno de esos vuelos de sobresalto, cayó de lado al río. Cipriano no pudo oír cómo pedía auxilio mientras ella se ahogaba.

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LAURO 

Aquella mañana le picaba demasiado la cabeza. No. No tenía caspa, una ligera escamilla, casi polvo, quedaba entre sus uñas rapadas a tijera. No dejaba de rascarse una y otra vez buscando en la raíz de los cabellos algún tropezón de costra seca. Le producía sueño. Era como un placer extraño, cómodo, tocarse los cabellos sin ser observado por los compañeros. No había dormido lo suficiente. La niña había llorado casi toda la noche. Había llegado tarde a la oficina. La ducha había sido demasiado corta y su mesa-escritorio, estaba llena de papeles. No. No sabía por dónde comenzar su trabajo.
Marcó un número de teléfono:
- Espere un momento por favor. Si desea hablar con… marque uno. Si desea… marque dos… si… marque tres. Si no desea, espere.
Lauro esperaba paciente la respuesta mientras una voz melodiosa cantaba en inglés: “I will always love you, I will always love you” …
- Espere un momento por favor.
Si desea… espere. Espere… espere por favor… “I will always love you, I will always love you…”
Su mano izquierda había recorrido cada palmo de cabello mientras la derecha mantenía el auricular en el oído, por el receptor Lauro escuchaba la canción de nuevo: “I will always love you…” Entre la música y el placer de rascarse, parecía que entraba en uno de los más dulces trances de su vida o mejor dicho, de la primera hora laboral de aquel día, uno más, en lo que debería ser una jornada productiva, eficaz y de un desarrollo profesional adecuado, en el entorno de sus grandes posibilidades o en el proceso de tomar decisiones de alto mando. Y aquel tenía que ser indudablemente, un día de expectativa de trabajo, de rendimiento personal, de productividad y reflejos de marketing.
La verdad es que a Lauro le había seducido la canción, pero siempre la cortaban y era repetitiva. Se sentía orgulloso de su inglés interrumpido y roto en el desván de sus recuerdos.
Experimentaba un gran placer porque entendía lo que cantaba Whitney Houston, “I will always love you, I will always love you”.
Qué pena que siempre lo cortaban, sentía deseos de seguir practicando las amorosas frases de la canción. Y en esa postura cómica, diferente, rara, con una mano en la cabeza y otra en el oído, terminó tarareando el mismo estribillo aunque con acento latino “I will always love you…”.
- Si desea hablar con… Espere por favor “I will always…”
- ¡No! No y no! Ya está bien de tomadura de pelo.
Lauro colgó el teléfono indignado y de malas maneras, miró el reloj y ya habían pasado cuarenta y cinco minutos queriendo hablar con aquella oficina central de eme…
No le había dado tiempo a nada, ni siquiera a tomar un café en aquella mañana negra. Y menos mal que su exesposa se había llevado a la niña a la guardería. Lauro sacó su peine secreto, volvió a cerrar el cajón, y muy suavemente se dejó el cabello tal como debía estar. Se sacudió la caspa de la solapa y se fue a la cafetería más cercana. Encendió un cigarrillo y tomó un café negro, bien cargado, sentía un sabor amargo en la boca, pero quería despejarse un poco. Los acordes de la Banda Sonora Original de “El Guardaespaldas” seguía vibrando en su cabeza.
“I will always love you… I will always love you” Era lo único que había hecho durante esa hora de llegada a la oficina, sólo la música había transformado el trasfondo de su ocupada vida laboral. Sólo esa frase había sido agradable, le rozaba la piel muy suavemente y trastocaba su condición física e intelectual. Mientras perdía su mirada a través de los cristales de la cafetería, se preguntaba pensativo si él amaba realmente a alguien o si alguien le había amado alguna vez. No. No era el momento de planteárselo ahora. El camarero lo sacó de la reflexión.
- ¿Qué te pasa Lauro? Estás hoy jodido.
- No. No. He pasado mala noche con la niña.
Lauro miró el reloj y habían pasado otros cuarenta y cinco minutos. Tenía que terminar la contabilidad, debía hacer más llamadas y hasta organizar su mesa. El trabajo estaba muy, muy atrasado. El café no había sido suficiente,
Lauro se veía a sí mismo casi con lástima, como si de repente hubiera descubierto que él era su propio espía observándose, informando a su esencia existencial de la propia locura que lo envolvía, locura no; apatía, caos, estupidez, soledad, añoranza. Nada lo dejaba llegar a la meta deseada, su estado vital era desechable y aquello lo sumía en la más absoluta inactividad.
Regresó a su silla cómoda, flexible, volvió a marcar, esta vez apoyando los codos sobre su escritorio, dispuesto a preguntarle al Director General por el proceso a seguir con los números que había que cambiar para ajustar las cuentas del departamento financiero.
Y se encontró con la misma respuesta: “Espere un momento por favor. Espere… Espere… Si desea… Marque dos. Hablar… con… espere. Y Lauro esperaba paciente la respuesta, y la sensual voz de Whitney Houston repetía lo mismo, “I will always love you”
Con gesto de fastidio Lauro colgó de nuevo. Si al menos tuviera quien le amara, pensó. Su oficina se asemejaba a un laberinto y él se había quedado como en espera de algo, de alguien que nunca llegaba. Lauro suspiró hondamente y pensó que sería bueno abrir los ventanales que daban a la gran ciudad, que entrara un poco de aire fresco, estiró sus brazos y miró sin mirar y voló sin volar, y suspiró sin saber por qué o por quién. Su exmujer estaría perdida en una de esas calles después de haber dejado a Carla en la guardería.
De repente… Lauro se sintió invadido por los ruidos de los automóviles, las sirenas, los repentinos frenazos, las voces de la gente, el ir y venir de los murmullos y la condensación de un aire pesado en el ambiente. Ni siquiera se distinguían las torres de la Iglesia de Los Jerónimos por la densa contaminación. Y así en un estado místico-burocrático, pasaron otros cuarenta y cinco minutos. Cerró las ventanas y encendió el ordenador, había decidido enviar un correo electrónico al Director General ya que era imposible hablar con él. Lo encendió, pero ¡Oh desdicha! No había línea.
Mientras buscaba los balances entre su desordenado escritorio pasaron otros cuarenta y cinco minutos. Y otros cuarenta y cinco en ponerlos en orden. Afortunadamente los compañeros se encontraban haciendo inventarios y aquella mañana estaba solo.
¿Solo? No. El electricista estaba en el despacho vecino instalando unos cables. La taladradora agudizaba sus gritos y en la pequeña distancia que los separaba, Lauro, sentía que unas veces el martilleo era como un llanto de velatorio, otras, parecían los gritos de una mala soprano con la garganta irritada. Por momentos, Lauro quiso ponerse tapones en los oídos y hasta sintió que alguien le estaba gritando. Habían pasado una, dos tres horas, cuarenta y cinco minutos de ruidos. No podía concentrarse. Encendió un cigarrillo, hincó los codos sobre el escritorio y volvió a marcar el número que le llevaba en directo a Whitney Houston, quería volver a escucharla. Aunque fuera una frase, el tono de su voz era lo único que inquietaba su afán, su personalidad cambiaba de semblante escuchándola a ella, era la definición de sí mismo, porque él había sido un hombre abierto, agradable, amable, detallista y todo eso estaba impreso en la voz de Whitney Houston. Sí. Él sabía amar y podía amar siempre, el “will…” es lo que se le atragantaba. El always le parecía una fantasía. Y el you no sabía todavía quién era. Lauro, en uno de esos lapsus, se sintió como Robinson Crusoe, en su isla desierta, en su océano Pacífico. Lauro, perdido en su día laboral, tenía que ingeniárselas para sobrellevar su apatía y ni siquiera sus necesidades que eran muchas, podía calmarlas. Pero no, no hay abismo entre el siglo XVII y el XXI, ningún abismo para Daniel Defoe si tuviera que volver a escribir la odisea de un solitario en medio del desierto de cosas que envuelve a la sociedad moderna, la isla es la metáfora del cazador y del pescador, sin agua, sin aire, sin bosque, sin aves.
Un desierto de números, donde la economía es la reina, la clave para resolver las tensiones de esas necesidades. Pero a Lauro se le iba el alma por otros bienes casi olvidados. La organización, la distribución del trabajo, el consumo de energía vital era de un tiempo inútil. Pasaron una, tres horas más. Estaba a punto de finalizar sus ocho horas, pero no podría salir de la oficina sin conectar con aquel maldito despacho, se quedó inevitablemente dormido. Cuando despertó habían pasado dos horas extras que ya serían extraordinarias en su nómina. Sin esperanza, volvió a marcar el mismo número. Los dedos le temblaban, ni siquiera se había comido un bocadillo. Al abrir los ojos sintió el vacío de aquellas palabras increíblemente seductoras… “I will always love you”. Nadie podría amarle nunca…
Se decía a sí mismo mientras metía su dedo corazón en el orificio del disco selector de llamadas; cuando la corona llegaba al tope, Lauro se paraba absorto en alguna otra galaxia, así marcó dos, tres, cinco veces sin escuchar señal alguna. Por fin una voz disonante y distante anuló toda canción romántica.
- Secretaría General. ¿En qué puedo servirle?
- Soy Lauro Amorós. Quería hablar con el Director General.
- ¡Lauro! El Director se fue hace una hora. Estaba muy irritado porque Vd. no se dignó llamar en todo el día.

©Julie Sopetrán

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DESDE EL SILENCIO 
Estoy oyendo el paso de la luna por tus ojos negros y las hojas de mis geranios me regalan el verdor ácido de la noche.
Huele a cantueso, el olor me viene de los montes, me lo trae la brisa calladamente hasta mi ventana. Las estrellas entran a mi regazo alborotando luces en mis ojos. Afuera, los gatos tienen frío, pero no protestan, se acurrucan en círculo junto a su propio rabo inamovible, sueñan como yo, las bienaventuranzas. Ni siquiera los búhos hablan. Dejo pasar mi estima por las cosas, apreciar lo que tengo, acariciar un libro de la infancia, buscar una palabra, cuidar el pensamiento, estallar un suspiro, soñar, hacer un hueco a lo posible… leer, soñar, sentir, estar… Y me quedo pensando en todo aquello que no le dije a nadie y tú sabes un poco a medias. De repente se alborota la llama en el pabilo de la vela, como si quisiera gritar su enfado, le gusta que la mire sin pensar en nada, fijamente, me sonrío, hoy me recuerda aquel otro momento, aquella cena, aquel detalle, aquel gesto que no necesita palabras. Tantas cosas bonitas que tal vez nunca pasaron pero que se crearon al azar, sin tiempo, y son vestigios de otras vidas, o tal vez no, es tan sólo la coincidencia que se manifiesta en el misterio, o el misterio que nos elige para hacernos únicos.
Escribo, apenas se oye el lápiz a pesar del movimiento de mi mano, y los contactos con el papel se aguantan las voces de la página en blanco. Me voy metiendo al fondo de mis sueños, se han dormido las quejas, disimulo las ganas de hablarte en voz alta, no quiero que se enteren las sierpes que puedo amar tan hondo.
Y el corazón no deja de latirme, de conectarse con el cosmos. Cómo disfruto los sosiegos, las pausas, el entramado del ritmo en la garganta, la soledad de mi silencio, el mío… en el espacio de mi esencia o en la esencia de un espacio tan próspero y placentero.
Me gustan estos ruidos tranquilos de la noche que van tan a la par con mi vivencia. Apago mi vela, veo cómo allá al fondo, las tinieblas se estremecen. Cierro los ojos, los abro entremezclo mi día con mi sombra, el placer de verte me arrulla la conciencia como si fuera nana, tus brazos me recogen en el aire de un beso, todo me habla en colores, me voy, me voy, te espero, volveré en la mañana para decirte, que si, claro que si, gracias a este silencio, todos estamos vivos.
©Julie
Esta historia me la contaron un día. Es posible que sea cierta. He cambiado los nombres, los lugares… me impresionó. Es posible que esta persona exista y que su historia sea un ejemplo de vida. Lo he convertido en cuento. Pero toda coincidencia es ajena a mi voluntad.
 

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SOR LEANDRO


 Por Julie Sopetrán

Pensaba mucho en él. En Leandro. Todo había sido tan rápido. Tan horrible y a la vez tan claro que no pudo hacer nada. Sólo recuperarse. Vivir y revivir momentos tan hermosos como trágicos. Sor Leandro, que así se llamaba la Hermana, se metía en el dolor y en la felicidad intermitentemente sabiendo que tenía que afrontar su destino con una gran decisión. Pero nada era fácil aunque el psicólogo decía que lo iba superando y notaba cómo las fuerzas se iban incorporando a sus manos, en esa voluntad debilitada que no la dejaba dar un paso hacia adelante. Llevaba días sin poder rezar. Ella no era una monja de rezos sino de acción. Se acusaba de ello ante la Madre Superiora una y otra vez. Aunque aquello era normal después del accidente, rezar o no rezar no tenía importancia en ese momento.

-         Es normal hija mía, después de lo sucedido, su vida es ya una oración.
-         Sí. Han sido demasiadas cosas en dos años, Madre.
-         Ahora sólo debo pensar en ponerme bien y en salir adelante.
-         Estoy mucho mejor.
Muchas tardes, se iban en la furgoneta hasta el Cerro del Fortín. Desde allí, Sor Leandro, podía contemplar la belleza de los valles centrales de Oaxaca. La Congregación tenía instalada en la ciudad una Casa de Reposo para las monjas más ancianas y para las más enfermas, algunas venían de África con graves enfermedades obtenidas en las misiones. Todos le habían ordenado reposo a Sor Leandro, descanso absoluto, lectura, distracción. Y era así como el Gran Hacedor quería que Sor Leandro afianzase más su vocación religiosa y la voluntad de Dios se hacía patente en su vida. Pero era difícil afrontar la situación. Sor Leandro daba repaso a su vida y extrañaba el pasado… 
Muchas veces extraño mi casa, mi abuela, mis sobrinos, todos. Todo queda lejos allá muy cerca de Higueruelas, de La Olmeda y Las Rinconadas, nací, crecí en Santa Cruz de Moya, un pueblo de la provincia de Cuenca., mi pueblo divide lo que fue el reino de Valencia con el de Castilla y Aragón. Aquellas llanuras de Landete y Manzaneruela, aquel horizonte tan profundo, y el río Turia, mi río, provocando armoniosamente la estrecha y fértil vega donde se cosechaban la gran variedad de frutas, gracias al micro-clima de la hondonada. Aquellas retorcidas carreteras vienen a mi mente con las copas de los pinos y las sabinas bordeando los ricos bancales de trigo y de viñas. Y los almendros en flor y los espliegos y los tomillos y el romero… Todo aún impregna mi alma del místico escenario de mi infancia y de mi pueblo. ¿Cómo estará mi casa? Y La Manuela, que es mi madre y Alberto y Manuel y yo… Que nací con la ayuda de Ramón “El Practicante”, mi madre dice que pesé cuatro kilos. Fui la única chica de la familia. Y mi padre, Andrés, tan dedicado al campo. Las piñas, los polvorones, las fiestas de San Blas, las ruinas romanas de Ercávica y el embalse de Buendía que ofrece un paisaje espectacular en la Alcarria Amiga, donde el color dorado de los mimbres y las mieles se mezcla con el sabor dulce de la familia. Llevo tantos años deambulando fuera, que ya apenas recuerdo y, tanto ellos, como yo, estamos habituados a la mutua ausencia… Viene a mi mente aquel cerrito del Monte Calvario y la llamada Peña del Castillo, un risco elevado de millones de toneladas de piedra viva, desde su loma dominaba todo el paisaje y quería siempre echar a volar… Aquella cuesta de la Atalaya y Rambla del Almendrolero y el cementerio, con los cipreses y las cercanas higueras, viñas, albaricoqueros y el miedo que me daba pensar en la Cueva de las Cabras, allá por el alto del Pelelló. Mi infancia, mis recuerdos del Turia, sangre vital de la vega del pueblo encerrado por las cuestas de La Solana, el desfiladero, y los frutales, los manzanos, los perales que florecen dos veces por año. Las ovejas, las gallinas, los conejos…  Salí de casa con el afán de estudiar medicina. Siempre fui muy inquieta. Me interesa el ser humano. Soy muy curiosa. La enfermedad me sorprende. La muerte me intriga…Pero aquellos momentos en mi pueblo son raíces tan profundas como los olivares o ese cantar de los jilgueros y los pardillos que nunca ya se va de las entrañas. Las baladas de los rebaños. Las inmaculadas aguas de los arroyos, los cascos de los mulos sonando por las calles empedradas o el murmullo de las dicharacheras gentes del pueblo en la plaza. 
Sor Leandro, se quedaba pensando largos ratos sobre las vivencias de su pueblo, y no podía evitarlo traía a su mente los juegos de la infancia, tan claros, tan vivos todavía en el recuerdo, y aquellas personas de su familia que formaban un todo en su vida.
Y empezó a pensar en las fiestas, en los chicos que la habían pretendido, en las amigas, en el colegio, sus profesores, sus clases de anatomía, aquellas primeras clases que tanto le decían y habían influido en su decisión de estudiar medicina, pensaba también en su profesora, Doña Lucila, tan anciana y sabia. No podía olvidar ningún detalle de aquella niñez, de aquella adolescencia que había formado su carácter fuerte y controversial.
Sobre todo recordaba las matanzas, esa fue su primera lección de anatomía que recuerda, era algo muy fuerte, salvaje, pero que lo veía al trasluz de la distancia y las emociones. 
Vienen a mi mente aquellos labradores que para poder abrir el pedazo de terreno era preciso rescatar de los terraplenes y laderas, de las atalayas, sustentadas por inmensas paredes de piedra, un puñado de tierra; recuerdo lo que me contaba mi abuelo, que tenían que deshacer con el pico y el mazo los riscos y las piedras. Eran los garlitos, esos pequeños pedazos de terreno que no superaban los cinco metros cuadrados, los que se convertían en huecos fructíferos de olivos, almendros, higueras, cerezos, huertos. En el garlito, el frutal se colocaba sobre la pared, ribazo o linde, que aún permitiera arar y sembrar la minúscula tierra para poder cosechar los manojos de trigo, cebada, alfalfa, garbanzos o patatas Así yo tengo que hacer de mi vida un garlito. Y aquellas más de cien ovejas de ganado que llevaba el pastor, los juntaban todos, cada vecino tenía unas ocho o díez ovejas, así entre todas formaban un rebaño y los hombres tenían turnos diarios para dirigirlos… ¡Qué recuerdos! Apenas me costó salir de casa, me fui a Salamanca…  
Sara, su amiga del alma. La conoció en el hospital. Donde trabajaban de enfermeras diplomadas, hacían prácticas juntas y vivían en la misma casa. Era en aquella época de los sesenta, Salamanca era una ciudad tranquila, bella y también muy fría. Sara además de amiga, fue su compañera, su hermana de juegos y polémicas. Discutían por todo lo que abarcaban sus ojos en el día a día. Eran muy felices indagando sobre el ser humano, sus desgracias, sus sueños, sus secretos. Sólo se separaban en vacaciones. Sara viajaba a Bilbao para visitar a su familia y ella, Roberta, en la vida real, se iba a Cuenca a pasar unos días con la suya.
En uno de esos viajes, al pasar por Madrid, Roberta se encontró con César, Pilar y Raquel, amigos de la infancia, instalados en la capital de España. El encuentro fue muy agradable, querían estar juntos, enseñarle a Roberta, Madrid, llevarla a comer ciervo o conejo al Pardo, situado a unos trece kilómetros de la capital. Entre parada y parada, se detuvieron en un lugar llamado El Cristo de El Pardo. Entraron a la iglesia semioscura, regida por franciscanos. A la derecha, subieron unas escaleritas y allí se encontró Roberta por primera vez con Él, con Cristo yacente, herido, le impresionó tanto que sus amigos se sorprendieron. Estaba emocionada y Roberta pidió a sus amigos que la esperaran fuera, quería estar a solas con aquel Cristo, rompió a llorar inexplicablemente sin saber  por qué. Su espíritu flotaba, sentía como una voz en su alma, como una llamada al mundo espiritual. Y aquel encuentro transformó la vida de esta mujer que casi nunca había entrado a la iglesia. Cambió su forma de pensar, de ser, de estar en el Universo. Fue algo fascinante, único en su vida.
A Roberta o Sor Leandro, luego, Dios le fue poniendo cosas en el camino, buscó a un grupo misionero que había en Salamanca, pues era fácil encontrar una salida en una ciudad de conventos, iglesias, gente devota. Había pensado pedir un año o dos de excedencia en su trabajo del hospital y se lanzaría a la aventura.  Aquel fin de semana Sara y Roberta se encontraron de nuevo en casa, dispuestas a enfrentarse al trabajo y a la vida cotidiana, pero ya nada sería igual entre las dos. Roberta le contó a Sara su visita al Pardo y la importancia que tuvo para ella encontrarse con aquel Cristo yacente. Sara abrió los ojos como si no la creyera, como si le estuviera hablando de otra persona.

-         Tú hablándome de iglesias.
-         Sí. Aquel lugar es diferente.
-         Te lo inventaste todo. Es sólo una escultura.
-         No. Estaba vivo. Me hablaba.
-         No me hagas reír.
-         Ríete lo que quieras Sara. Tal vez es además una obra de arte. El artista dejó su huella en Él. Para para mí es más, mucho más, es la transformación de mi ser nuevo, es como si todo lo existente tuviera otra luz desde que lo conocí.
-         Parece que hubieras tenido un orgasmo chiquilla…
-         Mucho más fuerte. Es ahora parte de mi realidad conectada a no sé qué fibra del espíritu. Es algo trascendente, muy divino, muy dulce.
-         ¿Espiritual dices?
-         Si. Como el soplo que nos anima. Es lo humano y lo divino juntos, lo que me sucede desde entonces no podría explicártelo. Fue como si se despertada la compasión en mi. La ternura. El amor, todo eso que tenía dormido.
-         La verdad es que nunca te había oído hablar así.
-         Porque nunca había sentido a Dios.
-         ¿Pero en qué quedamos era Dios o Jesús yacente o Cristo. Mira me hago un lío en mi cabeza.
-         ¿Qué más da? Eran todos a la vez.
-         ¿No sería la oscuridad de la iglesia que te impresionó? En las penumbras hay cosas muy raras.
-         Era mi conversión. Mi verdad. Con la que ahora te hablo sin artilugios.
-         Te veo tan segura que me das miedo. Pero a la vez no te veo. A ti te gusta vivir, gozar, comer bien, beber un buen vino, fumar…  y sin embargo me estás hablando de Dios… 
Roberta aseguraba a Sara que todo aquello era lo mejor que había sentido en su vida y tenía que seguirlo, saber adónde la llevaba hasta qué esplendor o vivencia. Decía que en toda esa sensación hallaba el sentido lúdico de la muerte. La muerte que era el tema de conversación más apasionante entre las dos amigas. La veían en el hospital a diario, la tocaban sin ser vista, se escondía entre sus uniformes, las sorprendía a cada paso que daban. Notaban su presencia, la veían a medias, era lo inmediato entre sus manos. Y conversaban sobre el vacío que dejaba, el sin sentido, el dolor entre las familia. Ya de tanto verla se sentían impasibles a ella. La muerte había resucitado en aquel Cristo y Roberta no dejaba de querer convencerla incluso quería que Sara se convirtiera a la vez. Ningún enfermo era tan fuerte como aquella escultura. La impresionó más mucho más que las matanzas que veía elaborar a su familia cuando era niña. Eran las manos del artista, su sensibilidad, los matices, la expresión del rostro, su forma de decir lo imaginario, era Él, seguía siendo ÉL desde entonces…
Siento hoy la misma reverencia el mismo tacto la misma luz, la voz, el desbordamiento de mi alma entre las lágrimas, la emoción, el sentimiento. No, la escultura no es el mero objeto, es lo profundo para mí, es algo que va más lejos del tiempo y del espacio. Sara no me entendía. Es normal no me había visto entrar en la iglesia, hablar de esas cosas. Ella sabía cómo me gustaban los hombres. Ella sabía que salí con Carlos dos años seguidos. No era una niñata ingenua. Y tampoco había crecido en una familia religiosa…En aquella riqueza del campo, mi abuela me había enseñado a rezar el Padrenuestro. Intenté recordar el Credo, pero no me fue posible terminarlo. ¿Qué habría de hacer con mi vida si ni siquiera sabía rezar?

Se acercaba Semana Santa, cuando las procesiones y cultos de su tierra le gustaban a Roberta, más por el vino y las amistades, que por el verdadero significado del rito religioso. Reconocía que apenas le interesaba la religión. Eran muchas las veces que discutía sobre la existencia de Dios con Sara, pero nunca había entrado a una iglesia a rezar. Tenía sus dudas acerca de la conducta de muchos sacerdotes y siempre creyó que había un abismo entre lo que se llama Iglesia, como tal institución y lo que se llama Dios. Sin duda aquella Semana Santa fue distinta, le sirvió a Roberta, para contactar con los recuerdos más hondos de su infancia, para meditar acerca de su formación como mujer y para saber lo que quería en el futuro. Los recuerdos de su niñez eran tan decisivos que no podía evitarlo, era el momento de su vida en el que sabía lo que quería hacer.  .
Mi familia era práctica, buscaba lo que necesitaba. No sé por qué me vienen imágenes de cuando era niña, hacíamos cada año la matanza como en cada casa de vecino de Santa Cruz, allí lo llamaban “mata gorrinos” el cerdo era la comida diaria y se mataban hasta cuatro o cinco gorrinos y hasta el señor cura tenía su mata gorrino, curiosa y ancestral costumbre. Por el día de San Antón un vecino le regalaba al cura un lechón, recién destetado, que diariamente y por riguroso turno, entre todos los vecinos del pueblo se engordaba hasta la matanza. Lo recuerdo y  veo cómo fue la última vez que estuve en la matanza, el veintiocho de diciembre se celebró el mata gorrino, me despertaron muy temprano para que fuera testigo del evento, me despertó mi tío Pedro, le llamaban el Juan-Zorras y le acompañaba su hijo Joaquín y el yerno Antonio El Borde que era el matarife del gorrino. Acudió su tío Andrés El Pelao y su primo Alejandro, que ayudaba a la tarea de dar muerte al puerco.Es la costumbre de poner motes a todo el mundo. Ponían una mesa larga de madera negra en el centro de la pequeña cuadra, el “Mulo Chato” había dejado el preciso hueco y lo habían atado, fuera de la casa, en la verja de la ventana. El cuchillo-machete de doce centímetros de hoja, recién afilado, estaba ya fuera de la barza, el bolso hecho con esparto, con su correspondiente correa, para guardar los cuchillos y útiles de la matanza, todo estaba envuelto en un trapo con la pleita, que es una pieza trenzada de esparto que servía para confeccionar diversos enseres y aperos de los agricultores. En la barza esperaban las cuchillas envueltas también en trapos muy bien afiladas que servirían para afeitar los pelos que quedaran al cochino, los tres cuchillos más viejos para pelar y las tres piedras redondas de tosca para lavar el cerdo. Pero antes había que beber aguardiente en el porrón y aquellas galletas Marías. Los cuatro hombres, seguidos de mis hermanos Alberto y Manuel, y con mi primo Alejandro, bajaban a la cuadra sin llamar la atención. Pero yo me acomodé cerca del serón de los burros con expectantes ojos. Oí el gruñido desgarrador del cochino que anunciaba el sacrificio. 
Mi padre, asomó la cabeza a la gorrinera y comprobó que los inquietos cerdos estaban limpios, echó un poco de paja para que restregaran la porquería de su piel y así estuvieran dispuestos para el ritual. Aquel marrano pesó 180 kilos Antonio el Borde y su cuñado Joaquín, cogieron de las orejas al puerco, Alberto cogía la pata delantera izquierda, Alejandro tiraba de la pata trasera derecha y Manuel que ya presumía de ser muy fuerte, cogió al cerdo del rabo, mientras tanto Andrés sujetaba la mesa para impedir que se volcara cuando se elevara el cochino. Recuerdo que cundo ya se intentaba subir el gorrino a la mesa, éste de una fuerte sacudida de cabeza, logró tirar de culo a Antonio El Borde, que no tuvo más remedio que soltar la oreja, la dentellada que lanzó el aguerrido animal fue tremenda, exhibía sus cuarenta y cuatro afilados dientes, asustó tanto a Alberto, que despavorido soltó la pata del animal, se refugió junto a su padre detrás de la mesa. Con otro meneo de cabeza hacia la derecha logró zafarse de Joaquín y de Alejandro, remolcando a Manuel a su placer que era el único que todavía sujetaba al gorrino del rabo…
Me dijeron que me estuviera quieta que no me moviera del pesebre y lo que estaba es asustada. El gorrino se hacía el fuerte en el corral y no había quien lo sujetara. Antonio El Borde sugirió echar el gancho de hierro, en forma de anzuelo y terminado en afilada punta, al cochino, para evitar algún bocado del animal, -como ya le había ocurrido hace unos días a Juan El Hostasio.-
Manuela, mi madre, dejó el lebrillo de la sangre y fue hasta el gorrino y le acarició rascándole el lomo. Se volvieron los hombres a preparar la estrategia. Andrés, cogió la oreja izquierda, Joaquín, la oreja derecha, Antonio, la pata izquierda, Alberto, el rabo y cuando ya estaba el gorrino en la mesa ,Manuel sujetaba la pata trasera izquierda y Alejandro la trasera derecha, le cruzaron las patas y Antonio le clavó el cuchillo, pero no, qué va! El cochino se puso de pie. Y así estuvieron un montón de tiempo, porque el animal corría por todo el corral y no se le podía poner en la mesa para matarle. Lo intentaron de nuevo y por fin después de mucho tiempo lo cogieron en volandas y lo pusieron en la mesa. No olvidaré nunca aquella certera cuchillada que le atravesó al animal la yugular, desparramando su cálida sangre roja roja de cerdo. Los gruñidos del animal herido de muerte se oían por toda la casa, mi madre se afanaba en recoger el lebrillo, para no perder la mínima gota de sangre que luego se utilizaría para hacer las morcillas. El cuello del gorrino parecía una fuente que manaba sangre, a la vez que las manos de mi madre se agitaban velozmente para evitar que la sangre se coagulara, antes de ser mezclada con la cebolla y harina, vi como el último hilillo líquido dejó de caer al barreño. Antonio taponó con un trapo limpio la herida del cerdo y luego lo arrastró inerte su cuerpo, al centro de la mesa. Salí de mi agujero y me acerqué tímidamente a tocarle la cabeza al animal. El cuerpo del animal se estremecía y le hacía dar un salto atrás. Joaquín prendió fuego a la primera mata de aliaga, arbusto de pinchos que abundan en Santa Cruz, es ideal para quemar el abundante pelo del cerdo, lo siguió Alejandro y Manuel que con sendas aliagas, formaban encima del animal la gran hoguera purificadora. Después del socarrado, Andrés, Joaquín y Alberto, con los cuchillos viejos, rascaron la piel tostada, y sacaron las pezuñas al animal, cuando estaban bien calientes. Luego, cuando el agua del caldero estaba a punto de hervir, siguió el lavado del cuerpo del cerdo. Alejandro y Alberto con los pucheros de barro vertían el agua hirviendo sobre la piel del cerdo, era un reguero humeante que hacía saltar las escamas de la piel. Joaquín, como de costumbre, le tocó la desagradable tarea de meter la mano por el agujero del culo del animal para extraer el resto de las boñigas que pese al ayuno, aún albergaba aquella criatura en sus intestinos…pero no, no quiero recordar más, cómo limpiaban el rabo y las orejas, cómo seccionaban las pezuñas y patas, cómo le cortaron la cabeza al animal, Antonio El Borde era un verdadero cirujano, Alberto subió la cabeza a la cámara para depositarla en el lebrillo de las morcillas, cómo cortaban el lomo hasta llegar a la columna vertebral, con un hacha partían y cortaban las costillas, todo el cuerpo del animal estaba desgajado y con aquella carne se sustentaba toda la familia todo un año,¿me vendría de ahí mi afición a la medicina? todo se cortaba se le ponía sal y extendían las ascuas  de la lumbre para inmediatamente asarlo y comerlo, o probarlo.
En algunos lugares lo ponían el cerdo colgado ya sin partes interiores para que se oreara. Recuerdo cómo pieza a pieza todo se descuartizaba, los pulmones, el corazón, los riñones, la asadurilla, el tocino, la parte del cuello, la careta, las especias, la maquina de hacer chorizos, las cuchillas la manivela… Los jamones y las paletillas, los huesos, la columna…el espinazo… Todos los niños y niñas del pueblo conocíamos a la perfección la anatomía del cerdo. Sabíamos cómo se salaba, cómo se limpiaba el estómago del cerdo como se guardaba todo para hacer cocido y las tripas del intestino, todos los conductos bien lavados en el arroyo del Regajo. Las mujeres que hacían todo esto se las llamaba “las mondongueras” que trabajaban como burras en la molienda de las carnes. Y me viene a la mente las gachas que toda la familia degustaba en el almuerzo, o las migas, se hacían con harina de maíz o de almortas, se las acompañaba con el magro y asaduriílla también con uvas o torreznos y éramos más de treinta personas y también se hacía un poco de todo, somarro, careta, morcilla, picadillo…De postre teníamos las manzanas espedriegas y migüelas, de la vega del Turia y el turrón casero, elaborado con nueces, almendras, palomitas, pan rallado y miel, todo producto de la casa. Eran tiempos distintos, llenos de otra vida que ha pasado al olvido en menos de cuarenta años…
Cuando regresé a Salamanca ya sabía lo que tenía que hacer, lo iba pensando en el tren, lo vi todo más claro me marcharía libremente a América para ayudar a tantos niños pobres y enfermos que necesitan medicinas, cuidados y luego…
 Sara le había dicho que esperara más tiempo a estar convencida de su vocación religiosa. Que no la veía con los hábitos puestos. Pero a Roberta lo de los hábitos le daba igual. Había mucha gente necesitada en el mundo. Quería irse a misiones, quería ayudar a los niños, a los enfermos, a los pobres, quería entregarse a un ideal sin recibir nada a cambio, sólo le interesaba hacer el bien y esa sería la forma en que daría sentido a su vida.Pero Sara la atacaba en directo, le decía que todo eso era pura comodidad y pretexto para poder viajar. Le comentaba que a su alrededor había cantidad de gente con problemas y sin misioneros, gente que la necesitaba incluso en su trabajo donde todo el mundo la quería. Llegó a llamarla aventurera, deseosa de salir de una monotonía en la que veía morir a la gente a cada instante.Roberta incluso le daba la razón con tal de salirse con la suya. Pero se sentía muy bien interiormente al tener una confidente a quién contarle sus ideales de vida religiosa. Sara dudaba de ella, creía que fantaseaba, quería pensar que no se separarían nunca. Esto la ponía muy inquieta a Sara. Cuando Roberta le dijo que había encontrado a un grupo misionero, Sara estuvo tres días sin hablarla. Sin comer. De mal genio. Sara incluso le dijo a Roberta que se estaba metiendo en una secta. Pero Roberta sabía que su amiga la quería mucho, que ella era, había sido durante años su mejor amiga y tendrían que separarse. Sara se vino abajo, comenzó a llorar una tarde cuando estaban sentadas en el salón de la casa. Y todavía hoy Roberta, desde Oaxaca, la lleva en su corazón, su amistad persiste allí donde va. 

Oaxaca me trae recuerdos tan íntimos de España… aunque es otra identidad más compleja y diversa, sin embargo posee ese poder de introducir en el ánimo la nostalgia y también me calma las vivencias. Es su clima suave, sus selvas, sus valles, sus ríos, sus cañadas. Son llanos en flor, montañas que poseen el embrujo de algo muy rico que me asombra. Sí. México es el mundo porque lo tiene todo. La dulzura transparente de su brisa. La hospitalidad tan acogedora. La serenidad de su semblante… No sabría decir qué me gusta más de este lugar… 
Sor Nati, no sabía qué hacerse para agradar a Roberta. Sor Nati es una monja oaxaqueña, especializada en depresiones. La galanura de su acento, de sus gestos, flotaba en el ambiente cada vez que ella se acercaba, humilde, servicial, sonriente, sana de alma y corazón. Todas las tardes ponía en marcha la furgoneta para llevar a Roberta hasta El Cerro, hacía sus encargos y luego la recogía. Así Roberta podía respirar fuera del convento un aire sano que la reconfortaba y también avivaba su memoria, era una brisa zapoteca o mixteca o mexica o tal vez española.  El río Otoyac, el Monte Albán, sus ruina, los colores de los valles, las casas coloniales, los mercados, la solemnidad de las calles, el color verde de las casas, por eso llaman a la ciudad la Verde Antequera, todo contribuía a renovar el espíritu abatido de Roberta. Y la llamaban la atención las ermitas, los conventos, las iglesias, los templos de los Hermanos Dominicos, tan importantes en la historia de Oaxaca. Santo Domingo, hoy, museo. Santa Catalina y tantas congregaciones que aquí se afincaron como los Juaninos, los Jesuitas, los Franciscanos, los Agustinos, los Filipenses, los Carmelitas… La iglesia dejando su rastro, mezclándose con la riqueza prehispánica. A Roberta le llamaban poderosamente la atención las mujeres indígenas, mostrando una belleza natural, incomparable. Sus trajes regionales bordados por ellas mismas. Los hüipillis, que van mucho más allá de los hábitos religiosos. El rebozo, tan variado, tan bello. ¿Adónde van estas mujeres portando cestos llenos de flores y colores sobre sus cabezas? Roberta admiraba el equilibrio impreso en sus miradas, las profundidades de sus gestos tan auténticas. Casi había conseguido olvidarse de ella misma al mirar la ciudad, una ciudad jardín, una ciudad llena de gente integrada, asida a sus calles y zócalos, una etnia que es herencia de siglos y Patrimonio de la Humanidad.Sor Nati siempre quería saber más de Roberta, a veces no se atrevía a preguntar. Ella era zapoteca del Istmo de Tehuantepec, aunque presume de que su abuelo era tamate de la costa, de ahí su color casi negro.
-       ¿Cómo lo ha pasado hermana?
-         Estoy muy tranquila.
-         Pues claro. Se la ve mucho mejor hoy.
-         ¿Ya hizo sus compras?
-         Si. Llevo atrás dos guajolotes. Me los regalaron al verme con los hábitos. Pues ni modo, a veces tiene sus ventajas el ser religiosa.
Sor Nati hizo reír a carcajadas a Roberta y esto fue una noticia en todo el convento. De regreso Sor Nati había parado la furgoneta en La Alameda de León, lo que antes llamaban la Plaza de Cántaros. Se le había olvidado algo a Sor Nati, y es que tenía que comprar chile para la hermana de la cocina. Mientras la esperaba, Roberta contempló la estatua de bronce en honor al héroe de la Independencia Don Antonio de León. Siguieron por la calle de la Independencia hasta Crespo. Y desde allí les era más fácil llegar hasta el convento y por el camino Sor Nati, por fin, se atrevió a preguntarle a Roberta.

-         ¿Es verdad Hermana que se casó? Roberta se quedó sorprendida, tartamudeó un poco y por fin contestó…

-         ¡Ah! Pueee…esss sí, sí, sólo estuve casada unas horas. Con una sorpresa incontenible en sus ojos, Sor Nati frenó la furgoneta. Apoyó sus manos sobre el volante y miró a Roberta intensamente sin decir palabra. Luego reaccionó…
-         ¿Tantito se divorció como en las películas? Esta vez la risa de Roberta fue tan estrepitosa que una mujer desde la calle se las quedó mirando.
-         A ver Hermana Nati. ¿Ve muchas películas en el convento o es que ha estado en Las Vegas?
Las dos se rieron a carcajadas y Sor Nati se sintió muy feliz de ver a Roberta reír así pues ya se le había olvidado hasta por qué reían.  Parece como si la depresión hubiera desaparecido por arte de magia. Roberta le prometió a Sor Nati contarle la historia, pero con la condición que ella no se lo contaría a nadie.  Sor Nati, hizo la promesa y puso la furgoneta en marcha hasta llegar al patio ajardinado del convento. Sor Nati instaló a Roberta en su habitación y regresó a por los guajolotes que pesarían unos doce kilos cada uno, con sus cabezas redondas y pequeñas, con sus alas grandes y cóncavas, de colores variados y metálicos, con sus hermosas plumas…
Aquella noche Roberta descansó mejor que ningún día, sentía una especie de alivio en el alma. El psicólogo le había retirado una medicina y aún así durmió una hora más de lo normal y se despertó con gratos recuerdos. Aquella noche había soñado con Sara. Un olor a jazmines entró a su habitación cuando abrió la ventana. Recordaba su sueño con ella, aunque era bastante confuso. Sara seguía trabajando en el hospital, en Salamanca. Recordaba su tristeza cuando se despidieron. Fue un verdadero caos para ella.Y fue en Salamanca donde Roberta conoció al Padre Víctor, que le preparó el camino hacia Bolivia. Fue un año y medio de experiencias, de cambios, de congregaciones. Roberta se había entregado a los niños, a los ancianos, a las comunidades de los aymarás.
Las costumbre de ese país la enriquecieron, sus creencias se fundieron y asimilaron lentamente, ya que el pueblo indígena trata de ocultar su verdadero origen. Eran desconfiados y esquivos y a la vez muy ceremoniosos. Roberta les tomó un gran cariño, especialmente a los campesinos, todos vestidos con sus trajes blancos, el hombre lleva un cinturón de cuero, en ese cinturón portan con orgullo el trazo o machete. La mujer, sin embargo aún usa el tipoy que es como una bata larga, escotada y muy adornada en la parte del cuello. Se la ajustan a la cintura. La gente de los valles usa distinta ropa. Los niños usan las capa polleras, a los siete años les cambiar el traje.
Era como una ceremonia, no llevan pantalones, llevan una camisa larga de bayeta o de lienzo, según qué clima habiten, es muy ajustada en el cuello y las mangas largas. Sobre esta camisa ajustan una faja tejida a la cintura del niño y encima, le ponen la capa pollera. –una capa amplia que lleva dos hileras en los extremos con los que envuelven la cintura. Su calzado es como abarcas de cuero. Recuerdo los vestidos fabricados por ellos mismos, vienen ahora a mi mente como algo mágico. Aprendí tanto de ellos… Seguro que mucho más que ellos de mí. Aprendí a hilar la lana, aprendí algo, muy poco, su idioma, tan difícil como hermoso podía imaginarlo. Su riqueza era más grandiosa que la mía. Yo no podía caminar descalza como ellos. Yo no resistía tanto el trabajo. Yo no podía seguir sus pasos en esas largas caminatas ni tampoco conocía los secretos de la naturaleza, las hierbas con que ellos se curaban… Pero reconozco que ellos eran más felices que yo. Y no necesitaban tanto como yo había pensado. Su moral se basaba en la ley de causa y efecto. El aymará es vegetariano. Aprendí tanto de sus comidas. Todo cambió mi espíritu misionero… Roberta se había dado cuenta que era ella la que necesitaba más de ellos. El indígena miserable es aquel que se va a la ciudad y no se integra. Pero el autóctono boliviano sólo es un extranjero cuando conoce a la gente de afuera en el seno de su propia tierra. ¿Quién habla su lenguaje? Roberta se dio cuenta de cómo ellos nos compadecen a nosotros. Son muy devotos de la naturaleza y viven en familia. Pocas veces se veía a una mujer sola. Hasta para bañarse ellas formaban un corro y se iban metiendo al río cogidas de la mano. Formaban un círculo y entraban despacio hasta que el agua les llegaba a la cintura. Se vestían con pollera corta, un phullu, que es como una manta de lana que tejen ellas mismas, se lo ponen sobre los hombros, y es así como disfrutan del agua.
Nadie como el aymará conoce nuestras debilidades, para vencernos, nos descalzan. Pero al mismo tiempo nos admiran, porque fuimos los españoles los que los liberamos de los kechuas, sus grandes enemigos.
Roberta pensaba en su estancia en Bolivia con mucho cariño, ella vivió allí y se le quedaron muy vivas las costumbres. Nunca llegó a entender por qué se avergonzaban de su sangre. Por qué querían cambiar sus verdaderos apellidos por otros que fueran españoles. No tomaban ningún interés por su ascendencia. Se ponían nombres de animales y de cosas. Por lo tanto allí no era importante el nombre ni la identidad individual, sino el lugar y la procedencia, y también lo que hacían en la vida. Estoicos, resignados, misteriosos… y también egoístas. Era tan difícil aprender su idioma que Roberta desistió, precisamente porque si cometes un error ellos no se molestan en corregirlo. Y la verdad es que tampoco querían que lo aprendieras. Los aymarás son los grandes guardadores de secretos. Pero al tiempo prestan mucha atención a los demás y les gusta aprender. Se ríen mucho de lo ajeno pero nunca de los suyos. Tienen su propia religión, ritos y ceremonias ancestrales. Los misioneros se afanan en enseñarles el cristianismo que luego, mezclan lo que les conviene con sus propias creencias. Todas las cosas tienen para ellos un dios creador, un dios conservador y otro destructor.
 …Recuerdo aquel día de mi cumpleaños, cuando conocí a Leandro, todos brindaban por mi en la comunidad, digo todos, a un grupo de trabajo; antes de brindar, derramaron un poco de alcohol sobre la tierra a la que llaman la Pacha Mama, de esta forma el bienestar era efectivo, pero antes que nadie, debe de beber la tierra que pisamos. Esto me conmovió hondamente. También me hacía mucha gracia cómo trataban a los santos. A Santiago, según su conveniencia, a veces le insultaban y a veces le agradecían favores, todo dependía del tiempo que hiciera y cómo fuera la tormenta favorable o no para sus campos. Le insultaban ole bendecían. Yo veía que muy poco o nada podían hacer los misioneros con este grupo étnico de Bolivia.  Leandro quería ser sacerdote. Estaba entregado de lleno a la comunidad donde estaba Roberta y colaboraba con los misioneros de Salamanca que tenían allí su centro de actividad. Su mirada vivaz inquietaba a Roberta y finalmente la sedujo.
A Roberta, Leandro le parecía un hombre justo, equilibrado, diferente. Su gran virtud era el silencio y la acción. Él no hablaba, actuaba. Cuando Roberta daba la comida a los niños se quedaba fijamente mirándola, se paraba con una gran olla entre sus brazos y no se sabía si quería decirle algo o si estaba pensando. Todos se reían, pero todos sabían que Leandro sentía una gran admiración por Roberta. Con él a Roberta le pasaba algo parecido a lo que le ocurrió en El Pardo, nada más que la afinidad era humana, tangible, la gran diferencia es que Leandro era de carne y hueso, se movía, se insinuaba a veces con su amplia sonrisa, a la que espontáneamente Roberta correspondía. Para ella fue algo salvador conocerle, ya que había pasado por diversas congregaciones y ninguna le gustaba, en todas encontraba problemas, no se adaptaba. Pero enseguida intuyó que Leandro y ella buscaban los mismos caminos de participación, de justicia social, de encuentro comunitario, por eso actuaban con el mismo entusiasmo y en una de esas idas y venidas a la cocina por fin entablaron conversación…
-         Agradezco mucho a Dios que esté aquí Hermana.
-         Yo también estoy muy contenta de haberle conocido.
Roberta enrojeció, sintió algo especial, tal vez fue el tono de su voz, tal vez el significado de las palabras o la forma como las decía, o un acercamiento a la realidad que se hacía presencia, pues cuando él no estaba Roberta lo buscaba con la mirada y cuando ella faltaba, Leandro se sentía nervioso. Así estuvieron varios días trabajando juntos en la cocina y el comedor, enfermería y en las escuelas. Una tarde, hablaron más largamente de muchas cosas que tenían pendiente o en común y al cabo de seis meses los dos se habían confiado en secreto el gran amor que sentían el uno por el otro. Se habían enamorado hasta tal punto, que él estaba dispuesto a dejar el Seminario y ella a no volver a España nunca más. Y como dos seres civilizados también tenían que sopesar sus propios valores, su entrega misionera y toda esa filosofía profunda de la vocación religiosa. Aquello que parecía una amistad maravillosa, llegó a ser algo conflictivo por lo que tenía de atrayente.Ya se iba a cumplir el plazo de excedencia de Roberta en el hospital de Salamanca, y tenía que pensar qué iba a hacer, si regresar a España o quedarse en Bolivia. Ante la situación que estaba viviendo y que era nueva para ella, decidió regresar a España, pues Leandro la volvía loca, y aquello más que una felicidad era un infierno, y lo decidió por él, para que terminara su sacerdocio. Siempre me dejé llevar por la voz interior de aquel Cristo Yacente de El Pardo. Él me aconsejó que regresara a España, que reposara un poco aquel fervor desbordado por Leandro. Es cierto que este hombre tenía un poder asombroso sobre mí, y terminaba ganando las batallas de mi corazón, batallas dialécticas de nuestras lecturas, críticas y discusiones y momentos de verdadera atracción física que era difícil soportar estando juntos. Lo admiraba tanto porque sabía mucho de todo, me convencía, nos podía el amor. Pero luego siempre surgía el conflicto, el arrepentimiento, la lucha contra tantas emociones carnales, devastadoras. Y en realidad nunca me gustó asumir lo fácil por eso tomé la decisión aquella noche… 
Ya había preparado su billete a España, a Roberta le costó dar el paso. Pero se sorprendió de su firmeza. Pensó que los dos estaban entorpeciendo su vocación y por ello no podían seguir juntos por más tiempo. Mientras cruzaba el Atlántico, imaginaba a Leandro en su Jacha Ajayu, que en aymará significa la parte más vital y más importante del ser humano. Metido dentro de su propia alma, leyendo la carta que Roberta le dejó en su buzón particular de la comunidad y estaba segura que la leería una y cien veces:                              Querido Leandro: Es mejor poner distancia a nuestros sentimientos.Lo primero es nuestra vocación religiosa. Lo nuestroes imposible. Medítalo. Verás cómo tengo razón. Talvez no volvamos a vernos nunca más. Pero nos quedael recuerdo de habernos conocido. Es mejor separarnos ahora. Lo entenderás después. No te enfades.Hasta siempre, te quiere,                             
Roberta
 la religiosa se había olvidado del tiempo transcurrido. Unos golpecitos en la puerta de su dormitorio le hicieron sobresaltarse, volver a la realidad. Era la Madre Superiora. Quería saber como se encontraba Roberta.
-         ¿Ha descansado bien hija mía?
-         Sí. Madre, incluso dormí una hora más.
-         ¡Ah! Qué bueno, ¡hijolé! Eso quiere decir que está haciendo efecto el tratamiento.
-         Eso parece.
-         Le he dicho a Sor Nati, que hoy la lleve de excursión a Monte Albán, que yo creo Vd. todavía no lo conoce. Hay tanto que ver allí o si lo prefiere vayan al Tianguis de Tlacolula, que también merece la pena conocer, es caso es que esté distraída y siga teniendo así de bien la mejoría Hermana. Disfrútelo Sor Leandro, disfrútelo, que ya le vendrás después las tareas del trabajo y para ello ha de estar muy fuerte y recuperada.
-         Si Madre. Me pondré en manos del Señor y de Sor Nati.
-         Ándele, hija mía, cuídese, porque ella es cuate de lujo. Pero no se pierdan y vayan despacio manejando.
A Roberta la mimaban por orden del médico y esa fue la única forma de recuperarse. La Madre cerró la puerta muy suavemente, se perdían sus pasos haciendo eco y luego se podía escuchar de nuevo el silencio y algún que otro pájaro en el jardín. Roberta suspiró hondo y volvió a retomar sus pensamientos. Aún faltaban dos horas para que Sor Nati fuera a buscarla.Así aprovechó para recordar su reencuentro con Sara cuando Roberta volvió de Bolivia a Salamanca. Lo celebraron con champán como en los buenos tiempos. También fue muy acogedor el volver a ver a sus compañeros del hospital. Siempre habían pensado mal de Sara y ella, la complicidad de las dos dio lugar a habladurías de todo tipo, que si estaban liadas, que si eran lesbianas, que a saber lo que se cocía en el apartamento donde vivían… Pero no sabía la gente que la amistad de estas dos mujeres eran auténtica y nada de lo que se decía era cierto. Roberta sintió con agrado que en el fondo todo la seguían queriendo y que eran los que había conocido siempre.  Retomó su vida en el mismo trabajo queriendo olvidar para siempre su encuentro con Leandro. Yo estaba feliz, pasaron dos, tres, seis meses y en el fondo me era imposible olvidarlo. Recuerdo que era junio, mi mes favorito, todas las tardes después del trabajo, pasaba un rato a la capilla del hospital, me sentía vacía, sin saber adonde dirigirme, sin vida espiritual, sin aliento. Le pedía a Dios luz, le daba gracias por tenerla, estaba confusa, no sabía qué hacer realmente fuera del trabajo. Extrañaba América y en el fondo sentía grandes deseos de volver a Bolivia con Leandro. Me mentía a mi misma para poder olvidarlo. Sí. Sólo quería olvidarlo para siempre. Pero había quedado con Sara en la Plaza Mayor para tomar unas cervezas y luego dar un paseo o ir al cine. Hablamos de trabajo, de viajes, de religión, de política, de los pacientes y también de la muerte. Me sentía cansada y decidí volver a casa sin dar el paseo, ella se fue al cine. No sé si existen los milagros, pero creo que si, que los milagros existen cuando existe el amor. Me disponía a abrir la puerta de mi casa y alguien se acercó a mí y me dijo:
-         Hola. Agradezco mucho a Dios estar aquí contigo.
-         ¡Leandro! 
Permanecieron largo rato abrazados. No se dijeron nada. Parecía imposible verlo en España. A su lado.
-         ¿Cómo es que has venido? ¿Quién te ha dicho dónde vivía? ¿Por qué lo has hecho?
-         Después de recibir tu carta, no he sabido hacer otra cosa que arreglarlo todo para estar contigo. Te he buscado. El Padre Víctor me dijo dónde estabas. Qué hacías. Dónde vivías. Quiero casarme contigo. Luego dedicaremos nuestras vidas a las misiones. En América o en África donde Dios quiera.
-         ¡Eres incorregible!
-         Sí. No. No sé…
Roberta se quedó mirándolo. Pasearon un rato sin rumbo. Aún recuerdo sus gestos, su mirada dulce, su sentido del humor, sus manos frías, su sinceridad. Su Jacha Ajayu, su animismo indígena, su complacencia, su ofrenda, su coraje, ese coraje que su pueblo lo llama la kamasa o la sombra. El Padre Víctor le ayudó a establecerse en Salamanca por un tiempo para que estuviera cerca de mí. Sí. El daba respuestas a todas mis dudas a todos mis problemas. Empezamos a vernos todos los días. Hacíamos muchos planes para el futuro. Casarnos. Formar una familia misionera. Parece que esa era entonces la voluntad de Dios, la voluntad de Leandro y la mía. Y para eso tendríamos que ponernos a prueba. Aunque la idea no me disgustaba. Mi pensamiento se perdía en Bolivia con Leandro, allí conocí más de cerca la naturaleza, su familia aymará, sus rasgos indígenas, esbeltos, definidos, sus ojos almendrados, sus cabellos lacios, su carácter frío, pero firme, su nariz recta su voz melodiosa… Leandro le traía a Roberta los recuerdos de aquel altiplano andino, tan inclemente, tan limado por el viento de la grandiosa Puna. Su idioma tan difícil para reclamar sus propios derechos en la gran ciudad, dónde todo indígena se siente un verdadero extranjero. Roberta sabía cómo él quiere instruir a los demás, a sus hermanos, a su propia gente que se siente indefensa. Ella sabía cómo Leandro sufría por la injusticia de su país. Pero no se inmutaba ante la muerte, su educación, su filosofía estaba basada en la gran muralla del sufrimiento. Nada ni nadie le iba a hacer cambiar sus decisiones. Roberta conocía su Amor, su gran Amor a su tierra, a sus viejos ancestros. Le abrumaban los quechuas (los kichalas) y los blancos. Sin embargo se sometía a todo porque Leandro es muy creyente, él cree en su Dios abstracto, en su Cosmos, en su Naturaleza y también cree en Jesús. Por eso Leandro quería ser sacerdote, porque él en sí es un ser religioso, sincero, puro. Ha heredado la grandeza de sus abuelos (los Achachilas).
Roberta sabe que aunque es católico, sigue practicando sus ritos ancestrales, lo hace en forma individual. Su iglesia es la montaña y su corazón está siempre en contacto con la tierra, la Pacha Mama. Roberta también le hablaba a él de su pequeño pueblo y el brillo de sus ojos aumentaba cuando ella le contaba historias de su pueblo.
-         ¿No te conté lo del pajar?
-         No.
-         Lo vi arder era el pajar de mi casa que estaba en un pequeño cerro cerca de la era. Esto ocurrió en verano. Y es uno de los recuerdos más vivos de la infancia. Un rayo traspasó el palomar y la chispa eléctrica provocó el fuego y se quemaron todos los nidos.
-         ¿Y siguen teniendo ese pajar?
-         Sí. Mi padre luego tuvo un rebaño de ovejas allí. Pero estaba todo quemado por la parte de arriba. Tuvieron que ir los bomberos de Cuenca a apagar el fuego.
-         ¡Qué fabuloso! Tienes que decirle a tu padre que te deje ese para a ti, aunque no heredes otra cosa de él.
-         ¿Por qué?
-         Porque allí donde cae un rayo es un lugar sagrado para siempre. Es como un santuario, nosotros así lo veneramos, incluso hacemos allí ofrendas de flores y oraciones especiales. Es como si Dios hubiera tocado la tierra y todo el infinito se hubiera posado en ese lugar. ¿Puedes entenderlo?
-         No.
-         Nosotros ofrecemos incienso y mirra en estos lugares tan sagrados. Y cuando los visitamos estamos obligados a ser mejores. Cuando vaya a Cuenca tienes que mostrarme tu pajar sagrado.
-         Te lo prometo, a pesar de lo ruinoso que mi familia conserva el lugar a las afueras del pueblo. Un día les presenté a mis padres. Se quedaron sorprendidos ante su respeto, su conducta, su consideración por los ancianos y con los niños. Las normas de conducta del aymará siempre me gustaron, respetan mucho la naturaleza y los animales. No creen ni practican el aborto. No roban y el adulterio está muy mal visto en la comunidad, así como el homicidio. Los jueces de su justicia son los más ancianos. Sin duda allí con mis padres.
Leandro me pareció un ser muy distinto, muy especial. Realmente seguía enamorada de él… No le daba importancia a lo material, eso es lo que más me gustaba. Su espiritualidad, su observación de la naturaleza, su mundo interior que es también lo que había mamado de su cultura.
 
La bocina del furgón o furgoneta cerrada de Sor Nati, sacó a Roberta de sus pensamientos, haciéndole regresar del pasado a la realidad en un sobresalto. El día estaba hermoso. Después de oír misa, la hermana había desayunado fruta fresca y se dejó llevar de un sábado prometedor en las manos de Sor Nati que la esperaba impaciente.  Subieron hasta Monte Albán, las ruinas reconstruidas de los zapotecos, es un lugar dado a las confidencias ya que está situado en lo más alto para estar, si es posible, más cerca de Dios, como así lo pensaban los antiguos indígenas cuando lo construyeron. Sor Nati, había preparado una especie de cesto repleto de frutas tropicales, agua fresca y a saber qué sorpresas culinarias.
-         ¿Está dispuesta a ver tumbas?
-         ¿Tumbas?
-         Sí. ¿Qué es Monte Albán sino eso? Yo creo que fue una ciudad dedicada a los muertos.
-         Pero también habría otras cosas allí según tengo entendido. Además de un pueblo ancestral donde habría casas, cuarteles, templos ¿no?
-         Bueno, ahorita todo son ruinas, escaleras, una explanada verde, muy verde. Es el recuerdo gráfico de nuestra Mesoamércia.
-         ¿Quiere decir que vamos a contemplar un horizonte cultural.
-         Manita. Llámelo como quiera. Eso me suena muy lírico o literario. Pudo ser desde una fortaleza a un observatorio donde también se contemplaba el cielo y se estudiaban las estrellas. Aquí viviría mucha gente, pues es grandote. Imagino las casas de carrizo, de ramas, de madera, de adobe, en las faldas de estos grandes cerros y arriba del todo, el corazón grandote, el centro religioso, la gran plaza, el palacio de los grandes señores. Lo estoy viendo todito su placer de vivir, sus conocimientos, su amor al arte y a todas las cosas. 
Sor Nati ponía mucho énfasis en sus palabras, a Roberta le gustaba oírla según iban llegando a Monte Albán. Las dos hermanas revivían el pasado tan vivo y tan ausente. Por un momento, sólo se oía la furgoneta y un remanso se apoderó de ellas, Sor Leandro aprovechó para mirar hacia el paisaje y ver los valles, tan verdes, un hombre sujetaba sus puños en un arado romano tirado por dos bueyes y alguna oveja pastaba libre a su alrededor, oh! No, eran cabras… No pudo evitarlo su recuerdo se hizo más vivo. …es lo primero que hice en mi vida, llevar a pastar una cabra a la que llamé“Roya” y ella amamantaba a tres corderos Lucero, Veloz y Cacharrillo, hasta que pesaron veinte kilos, mis padres los vendieron a Atilano el Carnicero, mi padre con ese dinero de los cien duros, pagó el mulo Chato. Yo tendría ocho, nueve años, antes de ir a la escuela a las diez de la mañana y después de salir de la escuela a las cinco de la tarde, guardaba mi pequeño rebaño por las huertas. Cómo me gustaba ser pastora, me hacía sentir útil a mi familia y disfrutaba de una libertad que no he vuelto a tener en mi vida. Me tendía sobre la mullida hierba y miraba al cielo, me llevaba mi enciclopedia Álvarez, que era mi libro preferido, entre las nubes pasaban mil cosas desde el Cid Campeador con su flamante caballo blanco expulsando a los moros, hasta el mar infinito con Cristóbal Colón descubriendo América y yo triunfadora entre miles de indígenas enseñándoles el Catecismo… Qué distinto a la realidad, ahora estoy aquí viendo otras cabras y sin querer enseñar el catecismo, sino ayudar, simplemente ayudar a los más necesitamos como mi Maestra, la Madre Teresa. Pero aquel recuerdo de Roya, mi cabra, es alentador, viendo este paisaje, Roya me asustaba a veces comiéndose la piel del manzano de Vicente, el Terolano. Mi padre me decía que esas heridas ya no suelen curarse en el árbol, a veces cogía un puñado de barro y lo pegaba a los mordiscos de Roya… me pasaba la vida soñando. 
-         Bueno, qué, ¿le gusta este paisaje Sor Leandro?
-         Sí. Sí. Me trae recuerdos de la infancia.
-         Pues como le iba diciendo, éste era un pueblo muy sabio. Siempre me fascinaron las pirámides. Aquí abundan. Tal vez se comunicaban unos pueblos con otros como Teotihuacan, el Tajín, Yucatán… ¿No cree?
-         Claro. La artesanía esta todavía muy definida… Pues supuestito que sí. Y cultivaban calabazas, frijoles, maíz, algodón, cacao, chile… pintarían murales, harían esculturas en la piedra, crearían cerámicas preciosas. Se conservan algunos glifos, urnas, objetos de jade, de cristal de roca, de concha, todo esto lo vamos a ver en el museo.
-         Admiro este paisaje, es tan distinto al de España y al de Bolivia.
-         Como puede ver hermana, aquí tenemos también montañas, a Oaxaca la cruza la Sierra Madre del Sur. En el centro se encuentran los tres valles, el de Etla, Tlacolula y el de Zimatlaán. Los zapotecas ocuparon el Valle de Oaxaca y fundaron estos lugares que ahora recorremos. Zaachila, Etla, Totitlán del Valle y Monte Albán. A este monte lo llamaban el Monte del Tigre. 
Las dos religiosas entraron a uno de los pueblos del camino, les interesaba ver cómo vivía la gente, qué hacían, eran en su mayoría artesanos, practicaban la alfarería, tallaban la madera,  cambiaban animales en los mercados, es gente que vive de sus pequeños puestos, de las pequeñas milpas. Sor Nati se interesó por lo que hacía la gente en España y Sor Leandro tuvo otro motivo para regresar a Santa Cruz, su pueblo de Cuenca. 
-         ¿En España también viven así?
-         En mi pueblo, cuando yo vivía allí había mucha diferencia entre algunas familias y otras, como también ocurre todavía hoy, y aquí, supongo es igual. Por ejemplo hay familias que viven muy ajetreadas, como la de Los Sastres de mi pueblo que en nada se podía comparar a la de Damián el Remendón, en la escala social de Santa Cruz de Moya, Los Sastres, destacaban entre los más pudientes, tenían cinco fincas, treinta oliveras, un par de mulos, cinco gorrinos, cincuenta ovejas, treinta gallinas, una casa, dos corrales y un pajar más que la media vecinal. Eso quería decir que el plus de los Sastres, me refiero a posesión, les permitía vivir durante todo el año y no padecían las carencias de las orzas del frito del cerdo, aceite, patatas y algún que otro cordero, lo que la media del pueblo no tenía, que teníamos que equilibrar para llegar a la siguiente campaña. Y claro su hacienda era lo que convertía en esclavos a los demás.
-         Igualito que lo que ocurre aquí Hermana, muchos españoles son dueños de la mitad del terreno y el resto, sus criados.
-         Aún recuerdo a Pedro, le llamábamos el Sastrecillo, iba calzado con sus medias abarcas y su raída chaqueta de pana, acompañado de su pareja de mulos, cargados con el arado y sus aperos, para dirigirse hasta que quedara una gota de luz, iba a roturar la finca de la Muela, para poder sembrarla de trigo, provisto de la hogaza de pan relleno de tocino, y la bota de vino. Su hermano Juan se iba al ganado para todo el día y sus hermanas cuidaban la piara de cerdos, gallinas, conejos, preparaban la comida y limpiaban la casa, sin contar con que les tocara el turno de riego o se fueran a escardar algún campo, además de atender al abuelo que había perdido ya un poco la cabeza. Esta era la vida cotidiana allí Hermana Nati. Había otros que vivían en el barrio de lo que llamábamos “La Zanahoria”, un pequeño huerto anexo y con algún garlito de oliveras. Remedaban las sartenes, los pucheros y las ollas agujereadas con unas barritas de estaño, y así vivían. Damián vivía allí tenía el problema del vino empinaba demasiado el codo, le sacaban de la taberna y a su mujer la llamaban La Rumba, Magdalena ¿qué habrá sido de ella?, tenían tres hijas, y cuántas veces le acostaban a su padre a dormir la ¨moña”. Ella era una buena mujer. Todo el mundo la quería. Era una familia que aunque no tenían dinero, sabían todos disfrutar de la vida y vivían de las migajas de los demás…
-         ¿No ve Sor Leandro? No es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita. Como se dice a veces…
-         Si Sor Nati. Aquí y allí es todo lo mismo.  Estos paisajes son diferentes pero la vida es igual en todas partes.
-         Más o menos. Pero si estamos casi llegando. Esto si que es volver a la historia hermana, Aquel cerrote es Monte Albán. Adentrémonos en otro mundo y en otro tiempo el de los indígenas, el de meso América.
-         Me pregunto si le hubiera gustado vivir en esa época.
-         Clarito que sí. Hasta creo que usted y yo lo hemos vivido, por eso ahora vamos juntas hasta su cumbre.
-         Que no la escuche la reverenda madre.-         Usted pudo ser un Jefe Supremo, judicial o militar…
-         Y usted Sor Nati, un Gran Sacerdote que modificaba mis decisiones…
-         O sea que pertenecimos supuestamente a la clase más alta de la sociedad zapoteca…
-         Quien sabe o en otras épocas anteriores o posteriores, seguramente fuimos gente privilegiada, comerciantes, artesanos, agricultores… ¡Qué gracia!
-         ¿Y cuales eran nuestros dioses?
-         La misma Naturaleza.
-         Claro, alguno se llamaría PijeTao o el dios del maíz; o el de la lluvia, Cozijo. O el del sol o el otro dios murciélago, que antes fue jaguar, el señor del inframundo adonde se entra por unas cuevas y cavernas muy miedosas.
-         No. Es muy posible que fuéramos danzantes vestidos de fiesta llevando las ofrendas a las tumbas.
-         Sí, sí, eso mejor, como en la Guelaguetza. La fiesta de los lunes del Cerro. Se celebra esta fiesta los dos lunes siguientes al 16 de Julio. En esta fiesta participa todo el pueblo, pobres y ricos. Esta fiesta dicen que nació en el templo de las Carmelitas. ¿Conoce esta fiesta?
-         No. No la conozco. Pero puede contármelo.
-         Pues es muy hermoso, la Iglesia del Carmen Alto, está construida en las faldas de un cerro llamado en zapoteco de la Bella Vista. Allí se celebraba la fiesta del Corpus el domingo siguiente al 16 de Julio, como le decía y se repetía la “octava”. Los indígenas se unieron a las celebraciones, y todos los pueblos de alrededor a Guaxaca, que era la capital del marquesado del Valle, dado a Hernán Cortés por el rey de España, llegaban a celebrar las tradiciones, tantos unos como otros. Los indígenas rendían culto a Centéotl, la diosa del maíz tierno, llamado también elote, a esta diosa le hacían honores y ofrendas. Las Carmelitas al Cuerpo de Cristo. Así esta fiesta complacía a los dos ritos y el sentido era el de compartir. Se dejaron así los Lunes del Cerro y consiste en la fiesta más bella del Estado de Oaxaca.
-         ¿Por qué?
-         Porque destaca el espectáculo de música, danza y cantos llamados Guelaguetza.-         ¿Qué significa esa palabra?
-         Es una palabra zapoteca que quiere decir tomar parte, contribuir, participar de alguna manera. Es como un regalo, como un don libre, como la expresión de la generosidad, de lo recíproco. Vienen a celebrarlo todos, los grupos de las siete regiones que componen estos Valles Centrales, la sierra de Juárez, Tuxtepec, la Mixteca, la Costa del Istmo de Tehuantepec. Cada pueblo presenta una demostración de lo que tiene, es su patrimonio cultural que lo expresan a través de sus bailes, música y cantos propios de la tierra. Pero lo más bello es la indumentaria, la elegancia, la gala de sus trajes. Hacen regalos de su “Guelaguetza” que son los objetos característicos de sus tierras. Es una fiesta preciosa. No se irá de aquí sin admirarla. Se llena todo de gente, se hace la Calenda con la “marmota” que es un farol esférico cubierto de tela. Los “gigantes”, las “chinas oaxaqueñas” con sus flores, las bandas de música, los coheteros, las delegaciones con su personalidad propia. Le va a encantar esta fiesta nuestra.-         ¿Y donde se celebra?-         En la Plaza Central con la elección de la representante de la Diosa Centéotl, que es la que preside las fiestas. Cada delegación tiene su aspirante. Se escoge la más bella o la más ostentosamente ataviada o también a la que mejor conoce su pueblo. Se celebra la historia que se llama el “Bani Stui Gulal” que quiere decir: repetición de la antigüedad. Luego se levantan muy temprano, en la madrugada del lunes y se oyen los “chirimiteros” que tocan las mañanitas al cerro para despertarle ¿se lo imagina? Tambores, pitos, chirimías… la gente acude por todas partes y a la hora del almuerzo todo el mundo come y se prepara para llenar el auditorio, y todo animado por la música, la marimba sobre todo.
-         Según me lo cuenta hermana, casi lo estoy vi viviendo.
-         La Guelatguetza comienza a las díez de la mañana y por la tarde se representa la leyenda de la Princesa Donají, hija del rey zapoteca Cosijoeza y de la princesa mexica Coyolicatzin.
-         No podría quedarme con esos nombres. Pero me imagino el entusiasmo popular.
-         Oaxaca es una fiesta, gastronomía, arte, costumbres, conciertos, bailes… todo se da cita en esa fecha. Lo vivimos todos. Desde la región del Istmo, con sus mujeres bravas y alegres que muestran los trajes de oro, seda y encajes. Interpretan “La Mareña”, que es una danza que realza el trabajo diario de la pareja en la recolección de los huevos de la tortuga.
-         ¡Qué curioso!
-         Eso es sólo una muestra Sor Leandro. La Danza de la Pluma es preciosa. Simboliza la lucha de los mixteco-zapotecas en la conquista de los españoles. Sale Moctezuma, ya sabe que es el último monarca mexica y símbolo de la justicia entre los mixteco zapotecas. El colorido es inimaginable. Otra danza de la Guelaguetza es la exhibición del cántaro de Coyotepec. Es una melodía que ensalza los contornos del cántaro hecho con barro negro, típico de San Bartolo Coyotepec. El traje, la música y la cerámica se combinan. Cada región muestra lo suyo. Como la de la Costa, su ambiente tropical, sensual, caliente de San Pedro Pochutla. En esta danza, la mujer lucha por el ser amado, a la brava o a la buena, se vale del mezcal. Ellas danzan los sones de El Perro, el Cotón, el Arriero, el Zopilote, el Toro y el Borrachao… Los valles centrales, con El Jarabe Chenteño, con su alegre picardía del amor. Las danzas del río Papaloapan. La mujeres danzan la “flor de piña” que muestra el gozo por la buena cosecha de piña. Y la región de la Mixteca, donde se cree que los hombres descienden de los árboles de Achiutla y cantas las penas y alegrías de su pueblo. El “jarabe mixteco” es precioso, y esa otra región de La Cañada, con los sones mazatecos, es una danza muy suave, las sacerdotisas bailan para su diosa, bajo las influencia de los hongos alucinógenos de Doña María Sabina. Y creo que me dejo alguna región.
-         ¿Cuántas son en total?
-         Creo que nueve.
-         Ah! Claro, me falta nombrarte Sierra Juárez, con los sones y jarabes de San Melchor Betaza. La mujer luce su huipil y la falda blanqueada con semilla de “pipe”, llevan un ceñidor rojo en la cintura sobre su bellísimo vestido. Sus aretes son espectáculares. Su peinado consiste en dos trenzas muy grandes con adornos de listón negro y lleva un rebozo bordado con bellísimos colores… El hombre muestra su pantalón y su camisa blanca, huaraches muy toscos y el sombrero con piel de panza de burro. Bailan los jarabes de Mixixtlán. Esta es una región donde los hombres se sienten muy orgullosos de no haber sido conquistados nunca, ni por los zapotecas ni por los españoles. Es un grupo que no se sabe de dónde procede dicen que si son de Perú y que vinieron a la Sierra Norte buscando el cerro de las siete divinidades o sea el Cerro del Zempoaltepetl. Sor Leandro y la Hermana Nati se iban de un tema a otro fácilmente y apenas si se daban cuenta, pero así es México el México lindo de Sor Nati. Estaban hablando de aquellos viejos tiempos donde tal vez las dos lo que hacían es hermanarse más en la convivencia.
-         ¿Y allá por sus tierras celebran también fiestas?
-         Pues claro hermana. En Santa Cruz, no es tan hermoso como acá, pero le diré que Después de la Santa Misa los domingos, por la tarde, celebrábamos un baile precioso para los casados y los solteros, lo amenizaba el famoso acordeonista Luciano, se alternaba con partidas de cartas, allí se jugaba mucho al guiñote, la gente celebraba las fiestas todos los domingos y en la taberna de la Tía Librada, se pasaban las horas los hombres y los mozos, y por tres pesetas, cuando yo vivía allí, se podía ver una película con nodo y todo.-         ¿Qué es eso de nodo?
-         Era una especie de noticiero ilustrado. Pero eran famosas las hogueras de San Antón, del dos al siete de febrero era fiesta en honor a la Virgen de la Candelaria. San Blas Obispo es el patrón del pueblo y también Santa Bárbara y Santa Águeda. Los mozos del pueblo tenían costumbre de adornar el tejado o la ventana de sus damas preferidas, cogían ramas floridas de los árboles silvestres o frutales y las ponían en las ventanas y luego cantaban canciones para ellas, se llaman, ¨los mayos¨ Recuerdo una que me cantaba un muchacho…  ¨Ya estamos a treintadel Abril cumplido,alegraos damasque Mayo ha venido,viene tu galáncon el florido mayoprometido…” y si la muchacha se portara mal con el mozo, entonces le ponían en la ventana una gavilla de sarmientos secos. Esa noche del treinta de abril suponía estar en vela a ver qué le decían los chicos a las chicas de Santa Cruz de Moya, un mal augurio suponía que los mozos no se detuvieran en la ventana de la muchacha. Son costumbres que se van perdiendo.
-         Ah! España, debe ser lindo ir allí, mi abuelo se llama Mendoza, con eso le digo todo hermana.
-         Claro, claro, todos somos familia. Yo habré vivido aquí alguna vez o algún antepasado mío y usted habrá vivido en España… ¿quién sabe? Todo es como una brisa cósmica que lleva y trae vivencias… algo así.
-         Sin duda, Sor Leandro.
-         Que a saber lo que hemos sido por estos lugares, porque seguro que hemos vivido por acá y hasta tantito confeccionaríamos el calendario, ¿no cree?
-         Humm claro.
-         Enrique González Martínes, un poeta que sabe mucho dice que “la vida es un camino…”
-         Sí y en el camino nos encontraremos, como decimos en España. Qué imaginación tiene usted Sor Nati, cómo se le ocurre que hasta podríamos ser astrónomos.
-         No vaya a pensar que cometemos un pecado, ni modo, que no.
-         No. No. Si lo más gracioso es que no lo pienso, me dejo llevar por sus locuras. La verdad es que me ha encantado escucharla y el viaje así es más ameno, se me ha hecho muy corto llegar hasta acá, pues me hizo olvidar que soy una monja enferma.
-         Pero a nada, ya verá que le vamos a quitar ese mal que le aqueja tanto.
-         Me encuentro mucho mejor gracias a ti, a la comunidad, a todos sus cuidados conmigo. La Madre Superiora, el psicólogo, Vd., todos están pendientes de mi y no saben qué hacerse. No merezco tanta atención. Son demasiado amables conmigo hermana.
-         ¿Y no será porque usted se lo merece? Ya podemos verlo todo desde aquí. Esa estatua que se ve es de Alfonso Caso, el que ha reconstruido las ruinas.  
Dejaron estacionado el vehículo y comenzaron a caminar hacia la cumbre de Monte Albán. El calor era soportable. Corría una brisa silenciosa y todo empezaba a tener sentido en la vida de Sor Gustavo. Llegaron fatigadas a la cima y desde allí contemplaron los restos de una ciudad sagrada, una de las primeras ciudades de Meso América. La explanada estaba verde, algún que otro árbol perdido. Los basamentos de los templos y el cielo azul, tan azul y tan limpio realzaban este lugar mágico y ancestral. Les llamaba la atención el colorido, las paredes anaranjadas, lo que este pueblo hizo con instrumentos de piedra y madera, cómo transformaron la montaña, tal vez, cincuenta mil, cien mil personas podrían haber vivido en Monte Albán en pleno auge de su cultura.
-         Doy gracias a Dios por conocerlo, por darme este privilegio de vivir y de contemplar y de ser en este aquí y ahora.
-         Esta es la enorme Plaza con su montículo que rompe con toda simetría, es conocido como El Observatorio y como ve, desde aquí, se ven mejor las estrellas.     
Sor Leandro se echó a reír a carcajadas, decidieron comer un poco de fruta.    Rezaron el Rosario. Cotillearon a los turistas y a los vendedores de cerámicas auténticas, que se intuyen supuestamente falsas. El caso es sacar   dinero de alguna parte para mantener a la familia. Se sentaron en unos de       los escalones y Sor Nati se atrevió a preguntar.
-         Siempre me he preguntado, desde que vino al convento, por qué la llaman Sor Leandro. No es nada normal que a una monja la llamen con nombre de hombre.
-         Todo tiene un por qué hermana.
-         ¿Me lo contará? Estoy muy curiosa.
-         No me quedará otro remedio que saciar su curiosidad. De lo contrario no creo que me lleve al Mercado de Tlacolula. Pero nada es lo que se piensa.
-         Me dijo que había estado casada unas horas nada más. Desde entonces no duermo creando historias sobre su vida.
-         Le puedo resumir mi vida en un pequeño párrafo hermana.
-         Me interesa el final. Sé que nació en España. Que fue enfermera en Salamanca. Que estuvo en misiones en Bolivia. Que estudiaba medicina. Que ingresó en nuestra orden. Que se recupera de algo fuerte. ¿Tal vez un rayo?
-         Ja ja ja ja ja ¡Qué imaginación tiene! Lo ha resumido casi todo. El final también. Un rayo. O parecido.
-         Verá Sor Nati, cuando estuve en Bolivia conocí a Leandro, los dos trabajábamos en la misma comunidad y me enamoré de él. Luego lo dejé, quería salvar mi vocación religiosa y la suya, pues él quería ser sacerdote. También se enamoró de mí. Yo regresé a España y él me buscó, un día se presentó en casa y con el nuevo encuentro se afianzó más nuestro amor, nos quisimos casar, lo hicimos sobre todo por la familia. Nosotros sabíamos lo que queríamos, dedicarnos a los demás, juntos. Preparamos la boda en mi pueblo de Cuenca. Todos estábamos felices, vinieron mis amigos a la boda, mis compañeros de trabajo del hospital, mis sobrinos, mis hermanos, el pueblo entero compartió nuestro amor. Fue un día precioso Sor Nati, inolvidable, nuestros proyectos de ser misioneros también lo eran. Nos casó un amigo entrañable, el Padre Víctor, misionero entre España y América, testigo muy cercano de nuestras crisis y acercamientos. Comimos en un gran restaurante. La familia de Leandro vino desde Bolivia. Todos estábamos felices. No te he hablado de mi familia pero gocé muchísimo. Esa misma noche, regresábamos a Salamanca desde Cuenca, queríamos preparar nuestro viaje a Bolivia y allí comenzar una nueva vida y dedicarnos a las comunidades o ver más claro el camino a seguir juntos.
-         ¿Y qué pasó?
-         Tuvimos un accidente de coche. Él murió instantáneamente. El mismo día de la boda. Yo estuve un mes en coma. Fue un accidente horrible. Un camión nos dejó sin apenas vida. Pasó tiempo hasta poder andar de nuevo, recuperarme. Cuando me ordené religiosa pedí permiso para utilizar su nombre y me lo concedieron, de esa forma siento que él todavía está conmigo, me ayuda, me ayudará a emprender un nuevo camino. He sentido grandes depresiones, pesadillas, deseos de morir. Pero ahora ya acepto la voluntad de Dios. He tenido que salir de un abismo y ahora quiero prepararme para irme África, a Bolivia o donde Dios me quiera a su servicio Sor Nati se quedó paralizada, como si de repente le hubiera pasado algo. Sor Leandro, apretó sus manos.
-         ¿Le ocurre algo?
-         Discúlpeme Sor Leandro. Lo había pensado todo menos eso
-         Claro. ¿Quién lo iba a pensar? Pero no es lo más importante la consumación del matrimonio. Lo más importante es el Amor. Y cumplir la voluntad de Dios es el testimonio de nuestra vida y tenemos que aceptarlo sin excusas.
-         A eso lo llamo yo ser una mujer valiente, como pura mexicana de tierra caliente.-         Hufff! ¿Ha visto qué hora es hermana?
-         Regresemos o nos echarán de la comunidad. 
Regresaron al convento cansadas. Monte Albán había sido uno de esos rincones hechos para lo confidencial y Sor Nati había saciado a medias su curiosidad, ella siempre quería saber más. Pero ahora sabía por qué Sor Leandro era Sor Leandro y eso le hacía sentirse como la dueña de un secreto ancestral o muy especial.Sor Leandro, aunque cansada, también empezaba a ver la luz más cerca para recuperar todo ese tiempo apresado por el dolor y la fatalidad. Quería retomar sus conversaciones con la Madre Superiora para encauzar sus caminos misioneros hacia África. Los recuerdos la habían ayudado mucho a recuperar su presente y en México se sentía más segura. Ahora le parecía que su carga era más llevadera, sin duda había sido muy bueno hablar con Sor Nati, porque Sor Leandro se sentía reconfortada como si fuera otra persona nueva, capaz de afrontar de frente su propia tragedia.                                                   FIN  

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      SUTILEZA

                                                YO   

Y no sabíamos nada el uno del otro. ¿Pero cómo expresar éste mecanismo del alma

o del cuerpo o de la lógica que, evidentemente, es locura cuando algo, alguién, interfiere como una iluminación espontánea en tu vida?Es como si la verdad se pusiera de frente para decirme: hola, existo, habito, soy, estoy, te busco, te encuentro, aunque llegue tarde… ¿Y qué sucede? Todo se borra excepto ese foco que la mirada goza en el instante.Yo exponía tres cuadros en una de las ferias de arte más renombradas a nivel nacional. Me había acostumbrado a la rutina de ver pasar la gente por mi lado sin apenas mirarme.  Algunos se paraban a contemplar mis cuadros, otros ni eso, todos llevaban prisa.  Observé que se interesaban más por los folletos que por las obras. Lo recogían todo, papeles de distintos colores, publicidades muy diversas, creo que para mí, inservibles. La gente cargaba bolsas llenas de pliegos y de planas, carteles, octavillas, carpetas, papelotes, rollos, mecheros, bolígrafos, pegatinas, personas-carro de papel servido gratis en los puestos, las mesas, las plataformas. Todos arrastraban esa gran indiferencia. Esto me dolía. La crisis cultural me afecta, me entristece.  ¿De dónde parte tanta apatía por la lectura, por el aprender a ver? ¿Es culpable el artista o los políticos?  No sé. Tal vez el público, este público que pasa nauseabundo sólo con ganas de invadir el espacio y recoger toda clase de basura sólo porque es gratis. ¿Qué lenguaje podría yo utilizar para transmitir algo en mis trazos, en mi obra, en el lienzo donde he vivido y sufrido tanto? Esta ausencia de emotividad me destruye. Me considero un artista hecho desde la nada, desde el sacrificio, desde la soledad. Ahora hago lo que quiero hacer porque puedo hacerlo. Sí. Me dejo guiar por el alma. Mi alma en lejanía siempre, alejada de este grande o pequeño público que me atormenta a la hora de incrementar mis ingresos. Y ahora hasta quiero pintar a un ser que arrastra una bolsa cargada de papeles y que no va a ninguna parte. Un público que sólo piensa en comer papel y más papel. Y aquí estoy esperando.
Mendigo una mirada. Busco el romanticismo. Estoy, me siento perdido en mi propio arte y quiero gritarlo pero me quedo mudo, absorto, tragándome la voz, el eco, las palabras. ¡Vengan! ¡Vengan a ver mi obra! Aquí está mi gran Amor, al que he entregado mi vida ¿No me oyen? ¡Miren qué belleza! ¿Adónde van tan rápidos?  Me paseo triste alrededor de los stands vecinos. Todos tienen las mismas caras. Sólo el puesto de jamón y cerveza está lleno de hambrientos. Hacen cola. Y yo que me creía distinto. Sí, claro que soy distinto porque tengo libertad… Pero ellos también la tienen, utilizan su tiempo para nada, para llenar sus bolsas de papeles…sus estómagos de embutidos. ¡Qué absurdo si lo comparo con mi gozo de crear!  Pero… ¿A quién le importa esto?
Silvia, mi esposa, todas las noches me pregunta lo mismo:-         ¿Has vendido algo?-         -No. Estoy decepcionado. Habrán pasado miles de personas por mis narices y sólo dos me han preguntado precios.-         ¿Pero querían comprar?-         ¡Qué va! Creo que se hacían los importantes.-         No te desanimes. ¿Y tus compañeros han vendido?-         Tampoco.-         Hay que tener paciencia. Nada es fácil. Tú vales mucho, amor… Ya sabes que tu estilo no es comercial. Eres auténtico y sé  que venderás.-         Tendría que cambiar el mundo ¿A quién le interesa realmente el espíritu?-         A mucha gente, a ti, a mi. Alguién vendrá a ti y te comprará lo que haces ¡Ya lo verás cariño! -         Me gustaría creerte ¿Y a ti cómo te ha ido en el trabajo?-         Un día más. No fue muy bien.Comíamos sin apenas gana. Nos mirábamos con esa ternura de la conformidad adaptada a la costumbre.  Sí. Nos queríamos serenamente. Indagábamos en nuestras emociones, aunque somos muy distintos. Hemos encajado en lo habitual. Yo sé cómo Silvia admira mi arte. Cómo me empuja a buscar clientes, galerías, revistas, viajes, congresos… He conseguido muchas cosas, pero lo más importante es lo que ella me ha dicho sobre eso de ser yo mismo en mi propia línea de trabajo. Mi estilo. No. No es fácil conseguirlo, conocer mi propio color, ser novedoso, profundo, rico en matices, exhibir lo que siento desde siglos, pensar y crear algo que me emociona y que yo creo que puede comunicar a alguién que esté en mi propia sintonía, o despertar al otro un ápice de admiración,  a los que también tengan alma para sentirlo. Pero no, no puedo evitarlo, me preocupa el tedio, el de los otros y hasta el mío propio, el de mi esposa, el de mi arte en relación conmigo. Esta feria me motiva a pensar en mí, en mi propia creación. En estos tres días sólo he conseguido contactos y algo que me roba la paz. Sí. Ha sido rápido. Lo instantáneo, lo sorprendente, lo inesperado.  ¿Cómo podría pensar que entre miles de personas me encontraría con ella? Su mirada. Surgió una luz entre la basura, entre montañas de papeles acumulados. Allí estaba un brillante. La casualidad, el eco de la distancia aproximándose para abrazarme. No es el cliente sensible a tus valores artísticos que comprende tu obra. No es el coleccionista que encontró lo raro. Es más fuerte, más profundo, una luz que entraña en tus raíces y resurge en lo fantástico de lo humano. Un chorro de agua fresca en pleno fuego, una realidad que enriquece el aliento. Lo posible. Lo que creías perdido para siempre o nunca hubieras pensado que existiera. Es algo que dá sentido a la vida y fuerza y esperanza y viento y fuego a tu ser. Silvia y yo nos hemos acostumbrado el uno al otro pero siento que a veces me falta algo, me ahogo, no sé si a ella le pasa lo mismo. Hoy lo supe todo de golpe, era la otra, la que no se parece a nadie, tal vez a mí mismo, ella la que no estaba en mi vida y aparece de golpe, de frente. Nos miramos, sólo nos miramos y no pudimos decirnos más, había muchas cabezas de por medio, pero lo sabíamos todo, todo al vernos. La emoción, según nos acercábamos no nos dejaba hablar. Eramos torpes pero los dos sabíamos que algo había pasado más fuerte que la vida.Estuve unos días que apenas podía comer. Dormir era más difícil. Pensar… sólo pensaba en ella. Todo era ella, ella en el arte, ella en las paredes, ella incluso en Silvia. Sus ojos casi negros, seductores, su piel brillante, su cabello suelto, apenas llevaba maquillaje, el color de su tez rosada y sus labios rojos me fascinaron. Pero no es precisamente el físico, hay algo en su porte que le hace resplandecer el rostro. No lleva joyas. Sus uñas muy bien cuidadas. Reconozco que es una mujer muy elegante, graciosa, muy joven, calculo que tenga unos veintiseis años. Es algo más delgada que Kate Winslet, la actriz inglesa, no sé por qué la encuentro un ligero parecido con ella. Su sonrisa me deslumbra, su sensualidad me llega al alma, su cortesía me abruma, su seguridad me atonta.  Por fin nos saludamos aunque no hacía falta. Ella era una de las organizadoras de la feria, había sido modelo, licenciada en Arte y Biología. Nada más ver mis cuadros lo sabía todo. Sus manos me quemaban y un nudo en la garganta me aprisionaba, me oprimía. Se quedó mirando mi obra largo rato. Luego me dijo: -         Parece hecho en el cielo.Me sonreí. Nunca nadie me había dicho algo así, ni siquiera Silvia. Inmediatamente vino a mi mente aquella película, no recuerdo ahora de quién: “Hecho en el cielo”…-         ¿Te gusta?-         Mucho. Esta es mi pintura. Es lo lúdico. Es el color. Es la luz. La inmersión creadora como fuente de conexión con mi espíritu. Es lo que me conmueve de veras. Son tus realidades iluminándome. Me envuelves. Me seduces. Estuve aquí ayer, cuando no estabas. Nada más mirar tu obra ya estaba unida a ti… -         ¿De veras?Creo que me salieron los colores como si fuera un adolescente. Pero hacía tanto que nadie me decía cosas así. El encuentro fue tan fuerte, tan seductor, tan obvio, que ya no importaba tanto vender o que los demás ignoraran mi obra. Pero no, no podía dejarme llevar así tan plenamente por la pasión, por el corazón que me latía tan fuerte al verla. Quería irme hacia otro lugar y no podía, todo era una excusa para buscarla y sabía que ella sentía y hacía lo mismo, al menos me lo insinuaba, hasta tal punto que yo quería preguntarle algo pero ella me contestaba sin apenas yo abrir la boca.  Nuestra complicidad era tan fuerte como espontánea. En estos días me mentía mil veces a mi mismo para verla, para sobrevivir a la comezón del pensamiento.  Necesitaba saber que ella estaba allí aunque no nos dijéramos nada. Era como sentir la experiencia de existir en un mismo plano, tan semejante al Arte. Nuestra sola presencia unía nuestras almas, como si fuera una música que se revela dentro y nos embriaga. Sé que ella había estado en el paro, este era su nuevo trabajo. Sé que me vuelve loco. Sé que no puede ser. Que tengo que frenar mis impuslsos. Sé que no puedo engañar a mi esposa, quiero mucho a Silvia, esto es otra cosa, y sé que si se lo cuento me comprendería, pero sé también que sufriría mucho. Es mejor que me olvide de ella aunque me ha dejado su teléfono y yo también le he dejado el mío. Reconozco que han sido unos días de entrega total a su hermosura y por ello he comenzado de nuevo a crear, por ella, para ella, con ella. Es como si hubiera vuelto al Arte desde una constelación ardiendo, desde un logos que me ensambla con la expresión más bella y depurada. Es el pensamiento de mi obra unido al más puro silencio que habla. Pero no puedo, no debo entregarme tan plenamente a esta confluencia de luz que no conozco. Es demasiado grande. O es un proceso de mi propia autonomía. Qué razón tiene Platón cuando dice que, “todas las cosas grandes encierran un peligro”. Yo sé que este encuentro ha sido demasiado peligroso. No estaba preparado para la inesperada entrega a sus encantos. No puedo seguir jugando…Cuando acabó la feria, nos dijimos adiós de una forma plena, fui a darle un beso inocente, tímido, aparente, pero ella me abrazó tan fuerte que todavía tiemblo al recordarlo ya en mi estudio y ni siquiera nos dimos cuenta de la gente. Ahora recuerdo ese otro momento cuando ella me sonrrió en la distancia levantando su mano. La saludé, y en el gesto se me fue la vida o esas ansias locas de abrazarla, de sentirla a mi lado. He decidido olvidarla, si es que puedo dejar aparcados esos momentos mágicos y fugaces. Vivir con mi romanticismo, saber, cuando esté triste, que otra persona existe, no sé dónde, que siente y tiembla conmigo, con mi Arte. Esto es ya el elixir que curará mi náusea, mi tedio y el de los demás. La vida empieza a tener otro significado, otro horizonte, empiezo a dominar el aburrimiento, la soledad, empiezo otra fase creativa más fuerte, más vivaz, porque ella está conmigo muy sutilmente,  para siempre. Ella es ya mi obra sin apenas notarse, sólo yo podré contemplarla a mi antojo en esta secreta y a la vez desnuda dimensión del Arte.                                                     

A la rutina del trabajo, me gustaba ponerle imaginación. Mi compañero Alberto, de vez en cuando jugaba a los barcos conmigo, cuando no había ningún jefe en la oficina. Otras veces hablábamos de muchas cosas. Hoy es uno de esos días íntimos: casi todos los jefes están de viaje menos nosotros que llevamos bastante avanzado el trabajo.

 -         Así que tu esposo es artista. Apenas te pregunto por él.-         Sí. Es muy bueno.-         Con qué seguridad lo dices.-         Si yo te digo que es bueno, es bueno.-         Cualquiera le hace una crítica delante de ti. -         Ni se te ocurra.-         Se vé que lo quieres mucho.-         No lo dudes. Él es además, mi amigo.-         ¿Tenéis hijos?-         No. ¿Para qué? No los necesitamos.-         Qué segura estás de todo. ¿Os conocéis bien el uno al otro?-         Creo que sí. Aunque nunca se sabe…-         ¿Eres celosa?-         Mucho. Lo he sido más. Ahora menos. Yo sé que se fijan en él. Mi esposo es guapísimo. Interesante. Ameno…-         No sé. No me lo imagino. Descríbemelo.-         Pues mira, en primer lugar es muy afectuoso. Eso da lugar a la mayor belleza para mí en un  hombre. Tiene una sonrisa muy comprensiva, muy dulce. Su cabello es negro-canoso-atractivo, lleva una barba muy bien cuidada, barba cana, claro. Sus ojos son oscuros, su nariz perfecta. Viste muy bien, es muy pulcro y muy profundo en sus pensamientos. Se sumerge a veces en grandes filosofías, se adentra en los caminos, en las viejas leyendas, en las catedrales, en las ruinas , en la simbología y después de conseguir un gran conocimiento de las cosas, se entrega a su obra con verdadera pasión de artista, crea, se manifiesta  como es y como buen artista, también es un romántico.-         Parecéis una pareja estupenda.-         Nos admiramos mutuamente. Afrontamos juntos las dificultades. Nos dejamos llevar por nuestros impulsos particulares, los compartimos.-         ¡Jo! Eso es algo no visto hoy según están las parejas.-         Bueno ¿Y tú qué sabes si no tienes pareja? A ver que te has creído, también tenemos nuestros baches, pero los superamos.-         ¿Te la ha pegado alguna vez?-         ¿Qué si me ha sido infiel?-         Eso.-         Me imagino que sí. O tal vez no. Allá él con su conciencia.-         ¿Y tú le has sido infiel a él alguna vez?-         Me estás preguntando demasiado. Sabes que soy incapaz de irme con otro, creo. -         Pero no estás segura.-         Afirmo todavía el Amor. Nos ha costado tiempo conocernos como para tirarlo todo por la borda. Ahora sabemos lo que pensamos. Lo que queremos, lo que tal vez fingimos. Ya sabes que el amor es lo más subjetivo -         que hay. Pero hablamos, intentamos comprenderlo todo, ser amigos, no herirnos, la amistad es siempre más real, más clara, más fácil. Él es muy sentimental, yo trato de bajarlo de las nubes. -         ¿Discutís mucho?-         Sí. Si no discutes… ¡Qué aburrimiento! Lo bueno es no perdernos el respeto, en eso somos como niños.-         ¿Y funcionáis bien en la cama?-         Tu quieres saber demasiado.-         Te lo pregunto porque dicen que el 80% de los divorcios es por el distanciamiento a raíz de que funcionen o no las relaciones sexuales.-         Yo no lo creo. Existen otros motivos más graves.-         ¿Cómo qué?-         Por ejemplo la indiferencia. El cansancio. El desprecio. El alejamiento. La falta de interés por el otro… son muchas cosas.-         Si. Tal vez vosotros soís un poco felices pero es porque no tenéis hijos.-         Es posible. Nos dedicamos más el uno al otro. Nos conocemos mejor. Nuestros hijos son sus obras de arte.-         Dirás que son los hijos de él. A no ser que tú seas su musa…-         Yo comparto con él su obra.-         ¿Estás segura? Creo que tendrías que ser artista también o haber estudiado arte. ¿Cómo puedes saber en quién piensa él cuando pinta un desnudo? Tal vez es otra la que le inspira.-         ¿Y por qué tiene que ser siempre una mujer lo que le inspira?-         El puede pintar un bosque, un camino, aquello que se imagine entre unas ruinas, un coche, una ilusión, él crea su propio tema sin la ayuda de nadie físico, él percibe la imagen sin tocarla… -          Hummm! Qué bonito! Pero si está bien contigo, pintará mejor ¿no? Si le dejaste satisfecho en la cama, su obra tendrá otro matiz.-         ¿Por qué todo lo asocias con la cama, con el sexo?-         Porque tiene que ver Silvia, porque funcionamos así.-         Tienes el sexo en la cabeza.-         Y yo presiento que no estás satisfecha sexualmente.-         ¿Y cómo lo sabes, en qué te basas para decirme eso?-         Porque te observo,  porque estás conmigo más que con tu atractivo marido.-         Eres un exagerado. Estoy contigo porque tengo que estarlo por obligación pero eso no significa nada. ¿Qué quieres decirme con eso? No me voy a la cama contigo precisamente.-         Que somos  compañeros -         Claro, de trabajo. Me deja pensando Alberto. Es buena persona, a veces va sin afeitar… no se define, es todo lo opuesto al verdadero artista, a mi esposo. Me divierte a veces. Es muy joven. Sí. Sí estoy agusto con él, mi trabajo sería horrible sin su presencia. ¿Adónde va a parar con sus preguntas? Es tremendo. Pero no, no me conoce. ¿Qué puede saber él de mi? Quiere sacarme las palabras, lo que siento. No le diré nada… Aunque viene dispuesto a seguir el diálogo.  -         ¿Me presentarás a tu marido?-         Cuando quieras.-         Es simple curiosidad. Tiene mucha suerte contigo. Porque tú trabajas mientras él se dedica a pintar. -         Su obra está muy cotizada. Ya te darás cuenta que él es muy especial.-         No lo dudo.-         Cuando vende un solo cuadro ganamos más que trabajando yo todo un año. Ha tenido varias exposiciones en el  extranjero. Se lo gana a pulso.-         Me muero por ver su obra. Aunque ya sabes que lo que a mi me interesa es el cine. Sí. Alberto es capaz de presentarse en mi casa. No quiero que vaya. Tengo que separar el trabajo de mi intimidad. A mi marido no le gustará que vaya, pero soy tonta. ¿Por qué me preocupo tanto? Mejor me pongo a hacer las facturas. Mi vida sexual es mía  y a nadie le interesa. Alberto quiere meter sus narices en todo. A   veces me siento intimidada por él. Me mira intensamente. Le doblo la edad. No puede ser. Es mentira. Me iré a casa directamente. Hoy no tomaré café con él a la salida del trabajo. Es imposible. Estoy casada. Soy feliz.                                                 ELLA No sé si me llamará por teléfono. Estoy todavía fascinada. Necesito volver a ver su obra.Está casado. ¿Cómo será su mujer? Lo amo. Fue muy breve. Es muy atractivo. -         ¿Estás hablando sola?-         No. Pensaba en voz alta.-         ¿Y quién es él?-         Un pintor. Me encanta su obra. Además es un hombre muy atractivo.-         Me parece que ya tengo rival.-         Has de saber que me gusta más que tú.-         No puedo negar que al menos eres sincera.-         Es el hombre de mi vida. Aunque me dobla los años.-         Eso no importa, mejor sabrá. ¿Te puedo ayudar?-         Sí. Ya lo estás haciendo ahora. Necesitaba hacer el amor contigo, estar juntos. Pero si te digo la verdad no puedo soportar su ausencia. Y sé que a él le pasa lo mismo aunque esté jodiendo con su mujer.-         ¡Ah! ¿Pero está casado?-         Sí.-         Hoy te encuentro más hermosa que nunca. ¿No has podido traértelo a tu apartamento? Me hubieras llamado. Habría sido muy fácil. -         Fue imposible. Primero se me hizo un nudo en la garganta. Sentí un ansia infinita de tenerlo, de entregarme a él. No pude invitarlo. Creo que a él le pasó lo mismo conmigo.   -         Eres fantástica. ¿Estás bien?-         Sí. Sí. Me gusta lo que me haces. Acaricias muy bien. Me relajas un montón.-         Pero no me amas.-         Ya te lo he dicho. No seas tonto. No eres el hombre de mi vida. Es delicioso estar contigo pero no te amo. Tampoco te niego que me estoy acordando de él. Tú eres mi gran amigo.-         ¿Tanto te has enamorado?-         Sí. Sí. Lo triste es, que tal vez, nunca más vuelva a verlo.  Victor y yo, nos vemos con frecuencia, siempre que él o yo necesitamos eso que dicen: hacer el amor. Somos amigos desde hace mucho tiempo. Nuestra amistad nació en el Instituto, nuestros padres ya se conocían cuando éramos niños. Él siempre quiere que yo sea feliz y eso me conmueve, le digo que salga con otras mujeres, y sale, pero dice que no es igual, que a mi me lo cuenta todo y que las otras no le comprenden. A veces pienso que, terminaremos juntos, me conoce, tiene tanta paciencia conmigo… Pasamos muchas noches en casa, jugando, en la cama, juntos, tomamos copas, hablamos de trabajo, le conté lo de la feria. Era el primer trabajo serio en mi vida.  Al hacer un resumen de todo, siento que lo más importante ha sido él, haberle conocido, saber que existe. Victor me dice que lo llame. Que salga de dudas. Prefiero no hacerlo todavía. Esperaré. El azar decidirá nuestros destinos. Lo verdaderamente hermoso ahora, es recordarlo.                                                ÉL

Estoy deseando llegar a casa. Me harta la oficina. Si no fuera por Silvia no soportaría ni un minuto más tanto papel. Y menos mal que el idiota del jefe se fue de viaje. Siento que Silvia no es sincera conmigo. Hay algo que no me cuenta. No sé, coño, no sé…! Esconde cosas. Como tarda el autobús hoy… Me lo contará todo. Yo haré lo posible para que me lo cuente. No he llamado a Mónica.  Necesito tiempo.  Silvia podría ser mi madre pero tiene algo que me seduce. Es simpática. Es guapa. Atractiva. Me gustan maduritas y además a ella le gusta el cine. ¡Por fín ya viene este gusano!

-         ¿Mamá estás en casa?-         Hola hijo. Hoy vienes más tarde. -         Ese puto autobús…-         ¿Vas a salir esta noche?-         No. Me voy a quedar a ver una película que me han dejado. Cenaré pronto.-         Estás enviciado con el cine.-         No es nuevo para ti, Mamá. Ya sabes que me gusta.-         ¿Qué vas a ver hoy?-         ¿Te acuerdas de “La Heredera”? ¡Es estupenda! La que interpretó Olivian de Havilland, Montgomery Clift, Mirian Hopkins y Ralfp Richardson.-         Creo que sé cuál es… ¿La historia de una joven tímida y feucha…?-         Esa, esa, le dieron un oscar a Olivia de Havilland por la interpretación.-         ¡Claro que me acuerdo! Esa joven era la heredera de una gran fortuna, se enamoró otro de ella por el interés…-         Sí, él era el estupendo Montgomery Clift, tu favorito.-         Pero el propio padre la despreciaba.-         ¡Exacto! El padre era Ralph Richardson.-         Menudo melodrama, hijo mío, no sé cómo te gusta tanto el cine.-         No me niegues que tiene una gran sutileza psicológica.-         ¿Quién dices que la dirigía?-         William Wyler, y los guionistas creo que eran Augustus Goetz y su esposa Ruth.-         Como lo sabes todo de cine… ¡A saber quiénes eran esos!-         Mamá tengo que saberlo, llevo toda mi vida leyendo, estudiando, viendo películas, me gusta mucho más que ir a esa maldita oficina, pero te diré que he cambiado de idea y esta noche voy a ver “Washington Square”, dirigida por la polaca Agnieszka Holland.-         ¡Qué barbaridad! Vaya nombrecitos. ¿Pues no me has dicho “La Heredera”, en qué quedamos?-         Mamá, es otra versión de la novela de Henry James. El título original de “La Heredera” es precisamente “Washington Squere” novela en la que se basan las dos películas.-         ¡Ah! Ya… Entonces serán otros actores.-         Sí Mamá. En ésta el seductor es Morris Townsend, muy muy distinto a Montgomery Clift.-         A ver cuando me buscas esa que te dije de Montgomery.-         Ya no recuerdo… ¿Cuál?-         “Un lugar en el sol” en esa película mi actor trabaja con Elizabeth Taylor.-         ¡Ah! Sí, me encanta la banda sonora de esa gran película, es de Franz Waxman, me refiero a la música.-         ¡Qué horror! No me podría quedar con esos nombres. Te he pedido esa película mil veces. -         Te la buscaré, te lo prometo.-         ¿Por qué no cenamos antes y luego te quedas hasta que quieras?-         Es muy buena idea. -         Hijo. ¿Sigues escribiendo guiones?-         Ya los terminé. Se los he mandado a Willy.-         A ver si tienes suerte. -         Es muy difícil. Pero ya le he mandado tres.-         Nunca se sabe. ¿Y Mónica, no sales con ella ahora?-         No me ha llamado.-         ¿Y tú le has llamado a ella?-         No. Que me llame ella a mi.-         Así nunca tendrás novia, hijo mío.-         No te preocupes tanto de mi. No tengo prisa.-         Tú sabrás lo que haces. Mientras te duchas, preparé la cena.Me he quedado nuevo. El agua caliente me relaja. ¿Le habrá contado Silvia a su gran hombre, nuestra conversación? ¿Existe el Amor? Definitivamente Mónica no me llama. No pienso hacerlo por mucho que me riña mamá. Tengo hambre.-         La cena está lista, Alberto!-         ¿Judias verdes y pescado?-         Menos tienen los de Africa.-         Está bien, está bien.-         Suena el teléfono.-         Contesta tú…-         ¿Quién es?…  Un momento… Es para ti…-         Hola. No. No tengo ganas de salir esta noche. Voy a ver una película. Dile a Jorge que otro día le veo…  Ya, ya, lo de siempre.  Trabajo. Ver películas. Escribo algo.  Si quieres otro día. Nos llamamos. Vale. Adiós. -         ¿Quién era?-         Mónica.-         No sé cómo se atreve a llamarte esa criatura. Y con esa conversación de besugos…-         Mamá. No te metas en mi vida.-         No quería ofenderte. Pero hay algo más que el cine y es la realidad.Adiós adiós, hasta mañana.                                    ELLO TULANo me resulta fácil hablaros de mí. Yo soy ello. Me llaman Tula. No. Ni soy bruja, ni tengo que ver nada con Unamuno. Soy una gata blanca, pelicorta, europea y más bien fea. Una raza muy común. Claro, soy doméstica y lejanamente mantengo mis antecedentes egipcios guardados en el subconsciente instintivo gatuno. A veces, quiero parecerme a la gata balinesa, porque soy muy coqueta y me gusta bailar frente al espejo de la puerta del salón. Son puras ilusiones. Vivo con el artista del que ya os han hablado algo y con su esposa Silvia. Sé que soy una gata cazadora. Pero me cortaron las uñas. No puedo negar que lo paso muy mal. Tampoco tengo gato que me haga compañía o se monte en mi lomo en los días de celo. Ellos me quieren, son mis dueños, eso se creen. Yo los conozco tanto o más que ellos a mi. Sé cuándo se engañan y cuando se dicen la verdad. Estos días apenas ha pintado nada, hasta le he visto llorar, masturbarse, quedarse con los ojos cerrados, una, dos horas largas… Es lo que se llama: un hombre romántico. Soy para ellos un ello anímico muy gratificante. He llegado a creérmelo tanto que ya me considero su placer. Cuando viene alguna visita me pongo furiosa. Me molestan.  Siento el fuego llameante de sus manos en mi apreciado lomo. Quiero ser feliz con algo, con alguién y como no tengo gato… Me he acostumbrado a vivir de mimos. De impulsos. De tendencias fantásticas. De energías desbordantes. Soy cómo la pequeña mansión de una descarga eléctrica que se mueve en torno al ambiente de sus amos. He observado que todos, humanos y animales, queremos ser de otro. Sí. Soy el más vivo objeto erótico a su lado. Soy el silencio que habla. Hablo en el silencio pero nadie me escucha. Las manos del yo me acarician. A veces mi sexo se enciende. No necesito masturbarme. Me lo facilitan todo. ¿Qué puedo hacer sin uñas? Estiro mis patas y vuelo. Ella me riñe más, me utiliza, me manosea. Me habla. Me convence. Palpo sus instintos sexuales. Se reprime. Le da miedo. No sabe saciarse como debe. ¡Cuántas ambivalencias en sus emociones no contadas! La piel humana transmite el halo de su conciencia. La debilidad, el pulso, el miedo. Se da miedo a sí misma. No hay entrega en su emoción. Son muy raros los humanos. Sienten. Sufren. No transmiten. Todavía les dá vergüenza de lamerse el culo. Se odian. Se aman. Yo soy la causa, el  ello  de sus celos tontos. Soy el pretexto para no entregarsen y también soy lo contrario. Me utilizan. Los utilizo. Me he vuelto neurótica. Me sacian pero necesito un gato que no sean ellos. Los sacio pero necesitan más sexo para que estén satisfechos de sí mismos. No se sacian. Lo sé. Todo es cuento sin contar. Lo que más temo, es que un día de estos Silvia me lleve al veterinario. Quieren esterilizarme. Les molesta que joda. No me puedo escapar. Me horroriza oirles. Procuro no mostrarles mi erotismo para no darles envidia. Para que no me lleven allí. Cuando no se dan cuenta me subo por las paredes. Me froto el sexo en el suave cristal del espejo. Verme así de tonta, me gusta. Porque yo soy ello, por eso prefiero sentir. Sola o con ellos.  Yo. Yo que soy el sexo, verme esterilizada… No me lo merezco, ¡Qué vergüenza! Nunca, nunca más podría ya bailar frente al espejo de la puerta que da al salón. 

EROS

 Soy el perro, de ella. Sí. Todo un mito polivalente y muy complejo que emana su presencia y lo notas al entrar a su apartamento. Mi familia es muy caótica. Porque el yo de mi padre es grifón y el ello de mi madre, una cóker spniel muy dulzona. Soy lo que se dice entre los perros como una sublimación de la libido por excelencia. Me identifico con los dos y hasta con mis tatarabuelos que seguramente serían de otras razas.  Soy un perro original porque mi dueña me lo ha hecho creer así. Dicen que soy muy cariñoso. No necesito masturbarme, pero lo tengo fácil, ella con la punta de  su pie me lo hace muy bien y hasta se ríe y se lo cuenta a sus amigos. Vivo muy bien y antepongo mi super-yo a la violencia de los otros perros, menos afortunados, claro, esos que me voy encontrando por la calle. Ella me dijo el otro día que me va a buscar compañía, que no puedo estar sin perra. Es muy comprensiva. Quiere que sea tan feliz como ella quiere serlo. Y desde que ha dicho eso, me voy meando por todas partes. Ya habéis notado que mi dueña es muy erótica, espero que no me presente a un bulterrier. Conoce mis gustos y sabe que prefiero a los afganos. ¡Vaya mezclas! Pero la pubertad es la pubertad. Aprendo de mi dueña, sus costumbres. Ella es una persona realizada sexualmente. Fornica a su gusto con su amigo y a la vez habla del otro en el postre. La conozco muy bien. No se reprime nada. Ama mucho y hay algo salvaje en su estilo. Por eso me mima tanto. Paseamos juntos y siento su placer de vivir. Jugamos, corremos por el parque. No se siente culpable por casi nada y eso me hace sentir un perro libre. Deseo ser amado lo antes posible. Tropezarme con esa mirada dulce, amorosa de los románticos, ese es mi sueño más perro. Reconozco en mí a todos los Eros cuando ella me mira ausente. Claro, se me inflama el corazón al verla. Pero no puedo expresar lo que quiero. Sólo ladro. Sé que mi voz es muda en sus oídos. Aunque me oye. Me oye y nunca me contesta.  

CUPIDO

 Soy Cupido. Así me llama la madre de Alberto. Soy una marmota doméstica, una rata de trigo o Hámster. Mi neurosis suele ser obsesiva. Alberto , al principio me quería mucho. Luego se cansó de mi. Me quiso por un rato, lo que dura un orgasmo. Me fue abandonando poco a poco y me dejó por el cine. Mientras yo le husmeaba los calcetines y le hacía cosquillas en los dedos de los piés, él se dormía viendo una u otra película repetida, le gutaba, se reía mucho y yo con eso sólo con eso, me sentía feliz de ser su ello. Pero se cansó. Le distraje un poco con mis juegos y me dio un puntapié. Tuvo que rebobinar la película. Se había perdido un momento erótico. Vi cómo se le empinaba el pene. ¡Qué horror! Y yo queriéndole hacer cosquillas… No supo aprovecharme. Le importa más la pantalla. Así me fui volviendo un poco solitario, idiota. Su madre me cuida, sólo me cuida. Me falta el cariño de él  a ella no le importo y él no sufre por mí. Si al menos me hiciera una caricia, se olvidó. O tal vez no sabe, no tiene facultades para el tacto. Le da miedo. Busca la experiencia de otros. Se le va la fuerza por la boca. Le falta iniciativa. De vez en cuando me mira con desprecio. Como si yo le debiera algo.  Ya se ha olvidado de cuando me compró. ¿Ya le vale! Ni siquiera tres mil pesetas pagó por mí. Ahora me limito a soñar con otros agujeros. Necesito ratones. Necesito ser madre. Me cansa siempre la misma comida. No puedo roer. Me persiguen. No juego. Un día me metí en el cajón donde están sus calzoncillos, les hice algunos agujeros y la que se armó. Fue la única vez que me cogió del rabo. Pero él no sabe que yo necesito hacer agujeros grandes, agujeros que me den libertad, que me lleven al campo. La angustia comienza a debilitarme. Moriré sin nadie a mi alrededor. Sin familia que me lama el hocico o husmee mis barbas. ¿Adónde está el queso que me prometió al verme? Empiezo a sentir fobia por el cine. Este es el error y el horror de las estancias hechas por los hombres. La casa ya me resulta un peligro de muerte. Su madre es buena. Yo necesito algo mejor. Soy una rata con muchas posibilidades. Además mi deseo sexual aumenta. Aquí no veo nada propicio para la fecundidad. Ni siquiera me apetece echar un polvo. Tengo que hacer algo para irme. Quiero ver lo exterior. Me estoy volviendo histérica. Me niego a morir… sin gozar.                                    NOSOTROS Somos los que pasamos. Los que estamos entre el uno y el otro. Entre ella y  él. Unos tenemos mascotas, otros no. Nos aguantamos el ello o lo sufrimos solos. Entre tú y yo. En el vacío de esta inmensidad, somos y estamos porque hemos nacido. Los que, muchas veces intuímos la verdad y otras muchas, la ignoramos. La verdad a secas que es un cuadro colgado de frente, de lado, de espaldas. Nosotros, los indiferentes a tantas miradas tristes de cada uno, encendidas, a oscuras. Nosotros, encogidos en un rincón del pánico que contemplamos los fondos de luz que se encidenden y se apagan. Nos gusta oír o intuir la intermitencia de las posibilidades. Los cotilleos se quedan para los otros, los que no entienden de comunicación.  Nos gusta ver y apreciamos cómo gotea la pintura manchando las paredes: sangre del corazón maltratado o tal vez arte de vanguardia. Sí. Es una crisis, un tedio, un vértigo, una locura… o el verdadero éxtasis de lo que merece la pena y que tanto nos cuesta aceptar como tal.  Nos quedan los símbolos, esos monstruos con historias manoseadas, enmascaradas y sus múltiples origenes e interpretaciones que nos perturban. Necesitamos aprender a ser sencillos. Vamos muy cargados de papeles, de naúseas y cuando llegamos a la supuesta casa, refugio, hogar, nos quedamos en blanco con algunas imágenes que se evaporan en un tiempo perdido. Y casi automáticamente nos convertimos en alumnos de la televisión, porque es más fácil saber que nos distraen. ¿Y, para qué leer si lo sabíamos todo o casi todo y la mirada del artista nunca va impresa en la propaganda… ¿A quién le importa lo que piensa o siente ese tarambana? Y si, lo recogemos todo menos la buena conducta. Lo tiramos todo porque somos creadores de basura. ¿Qué nos incumbe eso de intuir el arte? Nos sobra el poema. Sólo comemos noticias. Lo que nos dan porque somos incapaces de profundizar en el engaño. El ornamento de la realidad, es tan multicolor que ya no nos sorprende el Arco Iris.  Estamos enfermos de hastío. A todos nos pasan cosas. El misterio de una mirada estallando emociones… ¿A quién le importa? Estamos muy cómodamente comprometidos con la ignorancia. Nos han dicho que es peligroso pensar, sentir, soñar. Sabemos que siempre falla algo en las relaciones y existe el riesgo de sufrir, sufrir por alguién. ¿A quién le gusta esa responsabilidad? Ya no sirve nada que no pague algo. Somos tan diversos y eso nos hace libres o cómodos. Nos asusta amar, comprometernos. Nos cansamos de ver. Vamos cargados de todo y no tenemos nada a la hora de irnos. ¿Y quién realmente sabe lo hay más allá? El tiempo de ser se esfuma con la prisa. Yo, tú, él, ella, ello, nosotros, somos parte de una posibilidad investigadora, vivencial, humana, dulce, fiera, palpitante, sabia… que, tal vez nunca realizaremos. Buscamos lo posible en lo imposible y todo está tan cerca, en el instante, adentro. Queremos abarcar la música del universo y todavía no nos hemos puesto la mano en el corazón para sentirla tan cercana… Nuestro espíritu avanza, se esfuma en los miedos, en la cobardía de no querer ser niños, siempre niños para crear Amor. Si nos dicen que nos aman un poco, nos asustamos, echamos a correr y vamos gritanto que eso no es cierto. No damos la oportunidad porque no somos oportunos. Podemos sacar de esta materia personal, esa luz que unifica vivencias más auténticas, y no lo hacemos. Nos olvidamos que la materia se transforma. Le ponemos mil dificultades a los sentimientos y rompemos lo mucho que se nos da en esta hermosa sutileza de la vida que es tiempo y espacio para amar y ser amados.  Nosotros . Esta intimidad sacrificada sobre la tierra. Nosostros. Somos nosotros, los únicos protagonistas de todo lo que no vivimos.                                                                         ELLO  

No sé por qué me han citao en este lugar tan extraño. No. Si no tenía que haber venido. Miau miau marramau mau mau… ¡Qué asquerosidad de vida! Con lo bien que estaba yo en el sofá lamiéndome los morros y por aquí sólo hay cacas de perro.

-         Hola.-         Hola Guau guau guau-         Hola. ¿Llevan mucho tiempo esperándome?-         No. No tenemos relojes. Las ratas y los perros no medimos el tiempo. Yo sólo en los agujeros. Espero que ustedes no me persigan. Soy el más pequeño. Pero hemos venido a hablar de algo importante ¿no es así?-         Si. Sí. De nuestros amos. Guau, guau, guau! Pero mejor nos   presentamos.  Empieza tú gatita que pareces la más presumida y la más       delicada.-         Oh! Gracias por los cumplidos. Trabajo me ha costado salir de casa. Mi nombre es Tula. No soy bruja pero aspiro a ello. Soy muy blanca como podéis ver. Mi pelo es corto, mi raza ni se sabe, creo que muy común. Me han domesticado.-         Andáaaa ¿Y eso qué es?-         Guau Guau que la han educao muy bien sus amos.-         ¡Qué fina!-         Sí. Soy muy coqueta. Me gusta bailar frente al espejo de una puerta. Será porque vivo con un artista. Su esposa es Silvia. Intento afilarme las uñas en las alfombras de la casa, pero desgraciadamente no tengo uñas. Me las cortaron o mejor me las arrancaron de cuajo y lo paso muy mal. ¿Vosotros tenéis uñas?-         Yo sí, guau guau, míralas, míralas!-         Yo no. Yo no. También me las cortó la madre de Alberto.-         Tampoco tengo ningún gato que se monte en mi lomo o me haga compañía. Sí, ellos, mis dueños me quieren, son mis dueños, pero son unos guarros se engañan mucho y no son del todo felices, creo que se engañan o me lo parece.-         ¿Cómo se engañan?-         Pues como lo hacen los hombres y las mujeres. Se mienten. Mi artista estos días, no hace más que suspirar y llorar. Luego se toca su pilila y se queda con los ojos muy cerrados. Yo lo contemplo y me da pena. Luego viene su mujer y le dice que ha estado toda la mañana trabajando y yo sé que es mentira.-         Guau, guau… ¿Y tú no le puedes decir nada?-         Claro que le digo, marramizo, ronroneo, hago fufú y fu a solas, maullo que es como si le gritara, pero él no reacciona, sólo me acaricia. Me gusta su mano, tiene mano de gato sin uñas. Me he acostumbrado a vivir de mimos. Silvia es igual, también vive a su aire, en el baño se toca eso…-         ¿Qué es eso?-         Mira ratita, ya es hora de que te enteres. La rajita. Los hombres y las mujeres hacen todos lo mismo que nosotros nada más que se esconden. Se esconden de ellos mismos, no de nosotros, piensan que no les vemos. Yo puedo verlos desnudos y no importa. Son muy raros. Sin uñas apenas me siento feroz. Silvia me manosea mucho. Me convence siempre con sus palabras cariñosas. A veces le pido leche y me da granos. No entiende muy bien lo que le digo en mi maullido. Sé que no está satisfecha sexualmente, lo siento cuando me acurruca en su vientre. Sienten. Sufren y hasta les da vergüenza lamerse el culo. -         ¡Cómo habrá humanos así! Guau guau.-         Requetemiau, porque no se aman nada más que con palabritas finas.-         También es porque no tienen patas como nosotros.-         Guau y porque llevan bragas y calzoncillos.-         Reconozco que soy una gata neurótica. Quieren saciarme con sus manos pero yo necesito gato y ellos necesitan más vida sexual, me dan lo que les falta, eso, más… mete y saca. Lo trágico, lo verdaderamente trágico es que Silvia quiere llevarme al veterinario.-         ¿Para qué?-         Quieren esterilizarme. Y no puedo. No puedo escaparme.-         Guau, guau, guauuuuu Hoy te has escapado. No vuelvas. Queremos ayudarte Tula.-         Eso. Eso. Queremos ayudarte.-         Me aguanto las ganas de todo para que no me lleven, si me ven formal no me llevarán. Me froto el sexo en el cristal limpísimo de la mesa bajita y así voy tirando. Me gusta verme tonta.  Pero esterilizada, no, eso no… ¡Qué vergüenza!-         Guau, guau, ¿y tú cómo te llamas?-         Cupido.-         ¡Ah! Pero eres ratón.-         Sí.-         Yo creía que eras una rata.-         Debo ser las dos cosas. A veces tengo inclinaciones homoxesuales. Pero la madre de Alberto me bautizó con ese nombre y me gustó mucho. Cupido es bonito. Soy una marmota, pero también marmoto. Cómo has dicho tú Tula… ¿damestitodo?-         ¡No sabes hablar! Requeteguau guau guau-         Tura dijo domesticada. Así que tú eres un domesticado.-         Eso. Damoestilado. Soy un ratón de trigo, ellos dicen que soy Hámster. Tabmién teurótico, como tú, Tula. Soy muy obsesivo, según afirma mi dueño Alberto. Son palabras raras que no llego a entender, lo entiendo por la repetición. Al principio Alberto me quería mucho. Luego se cansó de mi. Por un rato era su distracción, luego me cogía del rabo y me tiraba por los aires insultándome.-         ¡Qué bestia! Miau, miau… ¿Y no lo denunciaste?-         ¿A quién? Me abandonó por el cine. Yo le husmeaba los calcetines. Le hacía cosquillas y le gustaba. Le soplaba en los dedos de los pies que los tiene muy largos. Se reía a carcajadas. Y con eso, sólo con eso me sentía feliz, mi colita se movía sola de gusto y requetebien. Le distraía con mis juegos erroticos.-         Se dice eróticos  guauguauguauuuu-         Eso. Erráticos… Hasta que un día se hartó de mí y con su pie grande casi me aplató y luego me tiró hasta la puerta.-         Te dio un puntapié. ¿Y no lo mordiste fuerte? Miau miarramiauuu?-         No. Mi amor es ciego.-         Guau, guau, yo le hubiera mordido en los cataplines.-         ¡Qué lenguaje! ¿En los cata qué….?-         … plines. Lo que está al lao del pito gua guau. Merece tu dueño tener un cerdo en vez de un ratón amable como tú.

Si. Veía películas porno. Se le empinaba mucho el pito. No supo nunca aprovecharme, se quedaba mirando a la pantalla y así se pasaba horas y horas, tocándose por aquí por allá. Y eso, todas las noches. Por eso me volví un ratón solitario. Y menos mal que su madre me cuida. Vivo gracias a ella. Pero me falta la atención de él. Me importa. Sufro. Si al menos me acariciara un poco… Pero no. No sabe, le dá miedo el contacto físico, todo contacto. Se fija en lo que otros hacen. Le falta experiencia. Eso que llaman impulso vital. Y me mira con desprecio como si siempre le doliera algo.

-         Miau, miau, ¿por cuánto te compró?-         Ni llegó a tres mil pesetas.-         Valiente cochino. ¿Y cómo te las arreglas guau guauuuu?-         Sueño que hago agujeros. Pero necesito ser padre. No puedo roer. Un día me metí en un cajón a curiosear sus calzones. Hice varios agujeros, me descubrió me cogió del rabo, pedí auxilio a grito pelado, imité a los grillos y a las chicharras con mis chirridos, a ver si se apiadaban de mi ¿y sabéis qué hizo?-         Guau guau ¿qué hizo?-         Dilo, dilo, qué hizo… miau miau?-         Me tiró contra la pared y me rompió un diente. Él no sabe que yo necesito hacer agujeros, grandes, prequeños, medianos. Necesito irme lejos, al campo…-         Así no puedes seguir viviendo Cupido, por mucho amor que sientas. ¡Guauuuuu!-         Es muy fácil hablar, ¿pero dónde está el queso? Siento fobia por el cine. Cuando pone películas me dan mareos, naúseas… Es el error de todas las cosas que hace este hombre, y lo que necesita es una hembra. Se le va a desgastar el pito de tanto tocárselo. Su casa es un peligro para mí. Moriré-          sin familia que lama el hocico. Y aquí no veo ni una rata. Tengo que irme. Me estoy volviendo tonto. Me niego a morir… sin gozar. -         Guau, guau, guau, ¿qué te pasa Tula?-         Miau, miiiiiaaaauuu  requetemiiiaauu, estoy llorando. Cupido me ha tocado los bigotes, las venas más sensibles. El corazón me late ¡Ay! Ayyyyyyy! Qué amos tenemos Cupido y nadie lo sabe…  Pero tú no nos has contado nada perrito, a ver, dínos ¿cómo te llaman? Que no hacen más que hablar y aún no te has presentado.-         Guau, guauuuu, guau gua  Yo soy Eros, el perro de ella. Creo que yo soy el más feliz de los tres. Vivo en un apartamento que es para mí solo. Mi padre era un grifón, mi madre una coker spaniel muy sumisa. Mi dueña me quiere mucho, me alborota el pito con la punta de su pie y se ríe muchísimo y yo me lo paso bomba, luego se lo cuenta a sus amigos y a mi me encanta eso, ladro como loco de felicidad, gruño, aúllo, me arrufo, ululo y hago piruetas y todo. Sus amigos la joden como quieren y poco más y ella tan erótica como las perras.-         ¡Qué envidia nos das Eros! Miau, miau… Y le gustarían los gatos a tu dueña?-         ¡Quién fuera perro!-         En vez de cortarme el pito, me ha dicho que me va a buscar una perro perra y desde que lo ha dicho, me meo por todas partes. Espero que no me presente a una bulterrier…-         ¿Y eso qué es?-         Miau, miau, miarramiau, eso es una marca de perro. Estás muy limitado con el lenguaje Cupido y eso que ves tantas películas…-         No me riñas Tula, es que no damos para más los ratones. ¿Te parece poco las cosas que nos hacen? Siempre estoy corriendo de los gatos, tú eres una excepción.-         Oh! Gracias Cupido, a mi no me gustan los ratones, sólo para jugar. Aunque tuviera mucha hambre nunca te comería. Miau, miau…-         Guau, seguro que me presentará a un afgano. Conoce mis gustos. Ella hace una cosa que llaman fornicar, que es lo mismo que hacemos nosotros pero -         en fino, claro, nosotros no usamos esas palabrotas. Ella todo lo hace a su gusto, como quiere y le da la gana, primero duerme con su amigo y luego se enamora de otro. Es muy salvaje. Pero estamos mucho tiempo juntos y yo le soy muy muy fiel. Mi dueña no se siente culpable de casi nada, por eso soy un perro libre. Me siento dueño de su casa y es por eso que os he buscado, quiero llevaros allí. Tú, Tula podrás conservar tu sexo intacto, sin miedo a los veterinarios. Tú, Cupido, podrás hacer agujeros por donde quieras, yo sé uno por el que podrás entrar y salir a la calle y tener tu habitación propia hecha por ti y te daré todos los calcetines que quieras. Pensarlo y veniros conmigo a mi casa. Sois mis amigos ¿no?-         ¿Tú qué opinas Tula?-         Miau, miau, miau, miau. Es muy difícil elegir. Protestamos. Queremos vida sexual y ya ves, ahora dudo. No puedo dejar a mis dueños. Soy muy muy esclava de lo que siento.-         Eso. Eso. De lo que sentimos. ¿Qué diría la madre de Alberto?-         Guau, guau, guau: hagamos una cosa. Os doy una semana para pensarlo. ¿De acuerdo?-         De acuerdo. Miauuuuu-         De acuerdo. Chirs… chisss-         ¿Qué has dicho ratoncito Cupido?

-         Nada, nada… era una especie de rebuzno.

 Pasó una semana. Yo los estuve esperando en el sitio acordado. Pero ni Tula ni Cupido acudieron a mi cita. Volví a casa muy triste. No hay derecho a que unos seamos tan libres y otros tan esclavos. Somos nosotros mismos los que podemos elegir una vida mejor. Pero nos coaccionan. Nos dejamos… la costumbre es odiosa.                                                               

6 respuestas

19 10 2007
Mary Andrade

Julie:
Es hermoso que regales al universo tu poesía y aun más hermoso es envolvernos en ella.

27 10 2007
María Mateo

Julie me sorprende tu prosa porque nada tiene que envidiar a tu poesía. No sé con cual quedarme. Son dos amantes tan distintos pero al mismo tiempo tan necearios. Sigue escribiendo así, nos reconfortas el corazón

30 10 2007
amalia molinos

Julie: Todos los días leo algo de “El tiempo habitado” y ¿sabes lo que echo de menos? tu voz leyendo. Tengo cercano el recuero de la presentación de uno de tus libros en el Palacio del Infantado…
Hoy leí las “Prosas” y me emociona el apego a tus raíces, el campo y sus gentes. Aquí también me faltaba tu voz.
Tanto la poesía como la prosa, un lujo.

17 11 2007
Alejandra Parreiro

julie: me ha encantado Mauro..Felicidades, sigue escribiendo y regalándonos parte de ese genio que llevas dentro.

1 05 2008
Gaia

Eres Magia y Corazón. te qiero

8 09 2008
Aurora Cervantes

oye me gusto mucho y espero que tengas muchos mas por que me gustaron los cuentos para niños todo gracias por darnos algo en que entretenernos y nos sirve muchisimo
thanks

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